París, 13 de marzo de 1856

Querido amigo, ya que los sueños le divierten, he aquí uno que, estoy seguro, no le desagradará. Son las cinco de la mañana, de modo que está muy fresco aún. Tenga en cuenta que es apenas uno de los mil ejemplares que me asedian y no necesito decirle que su completa singularidad, su carácter general, que es absolutamente extraño a mis ocupaciones o a mis aventuras personales, me inclinan siempre a creer que son un lenguaje casi jeroglífico del que no tengo la clave.

Eran -en mi sueño- las dos o tres de la mañana y me paseaba solo por las calles. Me encuentro con Castille que tenía varias diligencias que hacer y le digo que lo acompañaría y aprovecharía el coche para hacer una diligencia personal. Tomamos, pues, un coche. Consideraba como un «deber» ofrecer a la dueña de una gran casa de prostitución un libro mío que acababa de aparecer. Al mirar mi libro que tenía en la mano «resultó» que era un libro obsceno, lo que me explicó la «necesidad» de ofrecer esa obra a esa mujer. Además, en mi espíritu, esta necesidad era en el fondo un pretexto, una ocasión para hacer el amor, de pasada, con una de las muchachas de la casa, lo que implicaba que, sin la necesidad de ofrecer el libro, yo no me habría atrevido a ir a una casa semejante. No dije nada de todo esto a Castille, hice detener el coche a la puerta de esa casa y dejé a Castille en el vehículo, prometiéndome no hacerlo esperar demasiado. Después de llamar y entrar, me doy cuenta de que mi pene cuelga por fuera de la bragueta del pantalón desabotonado y juzgo que es indecente presentarme así, incluso en un lugar semejante. Además, sintiendo los pies muy mojados, me doy cuenta de que tengo los «pies descalzos» y que los he puesto en un charco húmedo en los bajos de la escalera. ¡Bah! -me dije-, me los lavaré antes de hacer el amor y antes de salir de la casa. Subo. A partir de ese momento ya no se tratará del libro. Me encuentro en vastas galerías que se comunican, mal iluminadas, de un carácter triste y marchito, como los viejos cafés, los antiguos gabinetes de lectura o las ruines casas de juego. Las muchachas, esparcidas en las vastas galerías, charlan con los hombres, entre quienes veo a algunos colegiales. Me siento muy triste y muy intimidado. Temo que me vean los pies. Los miro y me doy cuenta de que hay «uno» que lleva un zapato. Algún tiempo después, me doy cuenta de que los dos están calzados.

Lo que me sorprende es que los muros de esas vastas galerías están adornados con dibujos de toda clase. No todos son obscenos. Hay incluso diseños de arquitectura y figuras egipcias. Como me siento cada vez más intimidado y no me atrevo a abordar a ninguna muchacha, me entretengo examinando minuciosamente todos los dibujos.

En una parte escondida de una de esas galerías encuentro una serie muy singular. Entre muchos cuadros pequeños veo dibujos, miniaturas, pruebas fotográficas. Representan pájaros coloreados con plumajes muy brillantes, cuyos ojos están «vivos». A veces «sólo hay mitades de pájaros». Representan a veces imágenes de seres extraños, monstruosos, casi «amorfos», como «aerolitos». En una esquina de cada dibujo hay una nota: «la muchacha fulana de tal, de edad de…ha dado a luz este feto tal año»; y otras notas de este género.

Me viene a la mente la reflexión de que este género de dibujos es poco apto para dar ideas de amor.

Otra reflexión es ésta: no hay verdaderamente en el mundo sino un solo diario y éste es Le Siècle, que pueda ser tan estúpido para abrir una casa de prostitución y para poner al mismo tiempo una especie de museo médico. En efecto, me digo de repente, Le Siècle ha puesto los fondos para esta especulación de burdel y el museo médico se explica por su manía «de progreso, de ciencia, de difusión de las luces». Entonces reflexiono que la estupidez y la tontería modernas tienen su utilidad misteriosa y que con frecuencia lo que ha sido hecho para el mal, por cierta mecánica espiritual, se vuelve hacia el bien. Admiro en mí mismo la precisión de mi espíritu filosófico.

Pero entre todos esos seres hay uno que ha vivido. Es un monstruo nacido en la casa y que se mantiene eternamente en un pedestal. Aunque vivo, hace parte del museo. No es feo. Su figura es incluso bonita, muy bronceada, de color oriental. Hay en él mucho de rosado y de verde. Se mantiene en cuclillas, pero en una posición rara y retorcida. Hay además alguna cosa negruzca que se enrosca varias veces a su alrededor y alrededor de sus miembros, como una gran serpiente. Le pregunto qué es eso y él me dice que es un apéndice monstruoso que le sale de la cabeza, algo elástico, como de caucho, y tan largo, tan largo, que si él lo envolviera en la cabeza como un moño de cabello, sería demasiado pesado y absolutamente imposible de soportar y que, por eso, está obligado a enrollarlo alrededor de sus miembros, lo que, por otra parte, produce un mucho mejor efecto. Converso largamente con el monstruo.

Me cuenta sus preocupaciones y sus penas. Desde hace muchos años está obligado a permanecer en esta sala, sobre este pedestal, expuesto a la curiosidad del público. Pero su principal disgusto es a la hora de la comida. Por estar vivo está obligado a comer con las muchachas de caucho del establecimiento, debe caminar vacilante con su apéndice hasta el comedor, donde es necesario que lo conserve enrollado en torno a su cuerpo o lo coloque como un rollo de cuerda sobre una silla, porque si lo dejara arrastrar por el suelo le derribaría hacia atrás la cabeza. Además, está obligado, él, pequeño y encogido, a comer al lado de una muchacha grande y bien proporcionada. Por lo demás, me da estas explicaciones sin amargura. No me atrevo a tocarlo, pero me intereso por él.

En este momento (esto ya no pertenece al sueño) mi mujer hace ruido con un mueble en su alcoba, lo que me despierta. Me despierto fatigado, roto, molido, en la espalda, las piernas y las caderas. Presumo que dormía en la posición contrahecha del monstruo. Ignoro si todo esto le parecerá tan extraño como a mí. El buen «Minot» tendría mucha dificultad, presumo, en encontrar una adaptación moral. 
Todo suyo,


Ch. Baudelaire

Publicado en www.lainsignia.org


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