Abel Sánchez, Miguel de Unamuno

Buenos Aires, editorial Salim, 2012


Unamuno es uno de los autores fundamentales que tematizó, a través de su obra, el sentimiento trágico de la vida. De hecho, una de sus obras ensayísticas más reconocidas lleva ese título justamente. En la novela Abel Sánchez, un amigo cela al otro de manera obsesiva: envidia su vida, su suerte, su mujer. Joaquín Monegro es quien padece de manera enfermiza la envidia que tiene por su amigo Abel y, a partir de tanta complejidad interior (y exterior), es en quien se fija el punto de vista de la novela. Esto se transforma en demasía cuando Abel decide casarse con Helena, aquella joven de quien Joaquín había estado desde siempre enamorado. Tanto que el propio Joaquín deja a un lado el interés en su propia esposa y en su prometedora carrera profesional de médico.
En paralelo con la narración, se insertan sus llamadas “Confesiones”, que no son más que la interpretación íntima del tormento que le escribe, para una lectura póstuma, a su hija. Ahí, en esa carta fatalmente sin respuesta, se iluminan los pliegues de la personalidad del protagonista, la justificación de tanto odio.
Esta novela de Unamuno, Abel Sánchez, lleva por subtítulo “Historia de una pasión”. “Pasión” llamaban los griegos a las emociones, es decir, aquel aspecto irracional de los seres humanos que provocan intensas alegrías y devastadoras tempestades. Si no fuese así, ¿cómo puede explicarse lo de Joaquín con Abel en esta novela?, ¿lo de Caín con el otro Abel en el viejo testamento?  La carta que sobrevive a la muerte del remitente, otra vez, se transforma en radiografía de esa pasión, coartada del atormentado y del relato.


(M. N.)

“No es posible, hija mía, que te explique cómo llevé a Abel, tu marido de hoy, a  que te solicitase por novia pidiéndote relaciones. Tuve que darle a entender que tú estabas enamorada de él o que por lo menos te gustaría que de ti se enamorase sin descubrir lo más mínimo de aquella nuestra conversación a solas, luego que tu madre me hizo saber cómo querías entrar por mi causa en un convento. Veía en ello mi salvación. Sólo uniendo tu suerte a la suerte del hijo único de quien me ha envenenado la fuente de la vida, sólo mezclando así nuestras sangres esperaba poder salvarme.
Pensaba que acaso un día tus hijos, mis nietos, los hijos de su hijo, sus nietos, al heredar nuestras sangres, se encontraran con la guerra dentro, con el odio en sí mismos. Pero ¿no es acaso el odio a sí mismo, a la propia sangre, el único remedio contra el odio a los demás? La Escritura dice que en el seno de Rebeca se peleaban ya Esaú y Jacob. ¡Quién sabe si  un día no concebirás tú dos mellizos, el uno con mi sangre y el otro con la suya, y se pelearán y se odiarán ya desde tu seno y antes de salir al aire y a la conciencia! Porque esta es la tragedia humana, y todo hombre es, como Job, hijo de contradicción.
Y he temblado al pensar que acaso os junté, no para unir, sino para separar aún más vuestras sangres, para perpetuar un odio. ¡Perdóname! Deliro.
Pero no son sólo nuestras sangres, la de él y la mía; es también la de ella, la de Helena. ¡La sangre de Helena! Esto es lo que más me turba; esa sangre que le florece en las mejillas, en la frente, en los labios, que le hace marco a la mirada, esa sangre que me cegó desde su carne.
Y queda otra, la sangre de Antonia, de la pobre Antonia, de tu santa madre.
Esta sangre es agua de bautismo. Esta sangre es de redentora. Sólo la sangre de  tu madre, Joaquina, puede salvar a tus hijos, a nuestros nietos. Esa es la sangre  sin mancha que puede redimirlos.
Y que no vea nunca ella, Antonia, esta  Confesión;  que no la vea. Que se vaya de este mundo, si me sobrevive, sin haber más que vislumbrado nuestro misterio de iniquidad.”

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