Bartleby, el escribiente, Herman Melville

Buenos Aires, La página, 1991


En los primeros años de la década del 90, el jovencísimo diario Página/12 de Buenos Aires, los días domingos, traía consigo un libro ligero. Domingo a domingo, esos muchos libros fueron conformando una colección casi sin nombre pero que muchos leyeron sin épica y como sin querer. Ya no eran las épocas doradas de, por ejemplo, la colección “Capítulo” del Centro editor de América Latina.
Las colecciones dan de sí una mano a los lectores populares porque hay un camino que se les abrevia: otro elige por uno lo que deberá leer. Y eso, la mayoría de las veces, resulta un dedo que señala, una mano que acompaña. Y eso saben los directores de colecciones, siendo concientes también de que una mala elección hará que el lector esté tentado a retomar su soberanía.
Uno de esos títulos de la “Biblioteca Página/12” fue Bartleby, el escribiente. Luego de un prólogo que compara esta obra con Moby Dick y a su autor con Kafka, y al cumplirse 100 años de la muerte de Melville, comienza la historia de este hombre inanimado, que repite ante cualquier demanda de correrse del lugar en el que está: “prefiero no hacerlo”.
Más allá de la serie de sinsentidos que empujan a la narración y no al protagonista, la nouvelle se cierra con un epílogo interno al relato, que cuenta un rumor de la vida anterior de Bartleby, su antiguo oficio antes de ser escribiente en ese estudio jurídico de Wall Street: empleado de la Oficina de Cartas no Reclamadas de Washington. Cartas muertas son como hombres muertos, dice el narrador, cartas que se queman a carretadas, como Bartleby, como la humanidad.

A veces, del papel doblado, el pálido empleado saca un anillo –el dedo al que estaba destinado quizá se está convirtiendo en polvo en la tumba; un billete enviado con la caridad más diligente –al que podría aliviar, ni come ni siente hambre ya; perdón por aquellos que murieron desesperando; esperanza para aquellos que murieron sin esperanza; buenas noticias para aquellos que murieron ahogados por calamidades no aliviadas. Con mensajes de vida, estas cartas se precipitan hacia la muerte.

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