Carta a Gianfranco, de Marco Denevi

Querido Gianfranco:

me voy a París el lunes Así como suena: a Paris y en avión. Debe ser el lunes porque acabo de leer en el diario que todos los lunes parte a las once de la noche un avión para París, y yo a los aviones subo sólo de noche y a las once. ¿Y por qué justamente a París? Porqué no justamente a París, diga más bien. A París se termina por ir como a una boda o a un entierro, con ganas o sin ganas, fatalmente. Apenas llegue le mandaré una tarjeta postal con la torre Eiffel y una frase cursi: Querido Gianfranco, me vine a París el lunes, y en París mi primer recuerdo es para usted. 

Me alojaré en un hotelito que hay en una novela de Francis Carco. El hotelito está situado en un barrio de mala fama, en una calle tortuosa pavimentada con adoquines rosados y ásperos, a la vuelta de un bistró donde se reúnen prostitutas, apaches y bohemios. La propietaria del hotelito es una señora que chapurrea el portugués, se llama madame Pomargue y en su juventud fue artista de varieté, así dice ella. Esa señora no se opondrá a que yo lleve a mi habitación a los hombres que me persigan por los bulevares o en el bistró me conviden con un coñac barato. Al contrario, me dará un dormitorio con espejos estratégicos y cortinados rojos de casa equívoca, me prestará su escandalosa ropa interior de cuando trabajaba en el circo y me enseñará el argot de los arrabales. A la mañana me traerá el desayuno en la cama y querrá que le cuente mis aventuras de la noche anterior. Según Francis Carco es una señora muy simpática pero la enloquecen los enanos. Trataré de que ninguno de mis amantes sea enano porque madame Pomargue se pondría celosa y buscaría la manera de quitármelo. La creo capaz de asesinarme por un lindo liliputiense.


Todavía no sé de dónde sacaré el dinero para el pasaje. Casi seguro que subiré al avión sin pasaje aunque con cara de sentirme ya un poco harta de tanto viajar a París todos los lunes por la noche. Cuando allá arriba aparezca el inspector y pida los boletos y yo le conteste que olvidé el mío en casa, ¿usted cree que me arrojarán al espacio por el ojo de buey? ¿Serán tan groseros con una mujer que va sola a París y al hotelito de madame Pomargue? Yo en cambio pienso que me considerarán una invitada de honor, me servirán caviar y champán y cuando lleguemos al aeropuerto pondrán para mí una escalerilla alfombrada de rojo. Ya habrán cablegrafiado desde el avión y en el aeropuerto estará esperándome una multitud de muchachos jóvenes y buenos mozos, especialistas todos en sudamericanas y en poetisas solteras, todos con nombres de galanes de cine y sobrenombres de gigolós y de macrós. Pero yo me iré del brazo de uno que sea rubio como usted, alto como usted, tenga los ojos como usted, por dentro verdes y por fuera dorados, y le gusten como a usted las mujeres como yo. 

Me siento muy feliz ahora. De golpe me entró la loca de escribirle una carta y se la escribo. Por la radio oí que decían que había dejado de llover y que había sol. Mentira, Gianfranco. Es una trampa para que usted y yo salgamos a la calle y nos ahoguemos en alguna alcantarilla. Quieren hacernos morir antes de que nos encontremos como siempre en el bar de Paraguay y Maipú, para que después los basureros nos levanten como a dos montones de hojas secas, como a dos ratas. Sigue lloviendo, Gianfranco. La lluvia se repite, es siempre la misma, como una comparsa de ópera. Baja por un lado, sube por el otro lado, vuelve a bajar y así seguirá hasta que el agua se le gaste. No vale la pena mirarla. Usted quédese en su habitación y yo me quedaré en la mía. En la mía yo le escribo esta carta y en la suya usted la lee. 

En la suya hay una estufa de leña y en la estufa un gran fuego encendido. Usted tiene puesto un pijama de seda cruda y sobre el pijama una bata rameada color malva. No sé cómo es el color malva, pero muchas veces leí «un cielo color malva», «el vestido malva de Valentina», y me imaginé un color tan hermoso que no he podido atribuirle nunca ningún color en particular. Gianfranco, usted está un poco despeinado pero le queda bien, le da un aire de adolescente situado entre la angustia y el ardor, entre la indiferencia y el capricho. Desde aquí huelo su perfume, ese perfume que usa, ese aroma de tabaco rubio, frutas cítricas y maderas nobles que lo envuelve como si usted mismo lo exhalase, como si usted estuviese hecho no de carne y hueso sino de algún otro material que despide esa fragancia. Es que usted no es un hombre como los demás, Gianfranco. No tiene sus vulgaridades, sus libidinosidades. Usted no es el fétido jabalí que son ellos. Usted está todo formado de espíritu. 

No salga, testarudo. No ha llegado el mediodía. Llueve y cuando llueve todas las horas del día son horas sin citas ni compromisos, son horas para escribir una carta o para leerla. Tampoco hoy es martes ni ninguno de los días de la semana. Cuando llueve es un día filtrado entre dos días como un amante entre el marido y la mujer. De modo que siéntese en su poltrona junto al fuego, cruce las piernas, no, las piernas las cruzan las mujeres y algunos hombres muy flacos y muy tristes, usted coloque el tobillo derecho sobre la rodilla izquierda, échese hacia atrás, apoye la nuca en el filo del respaldo y así, en esa postura que lo exhibe como un arreglo floral, sostenga con una mano el cigarrillo y con la otra mi carta y léame Gianfranco, léame. 

Aquí no hay calefacción. Luego de cinco días de lluvia mi cuarto ha empezado a derretirse y a chorrear como una vela de sebo. Las paredes se han puesto esponjosas y como miga de pan, los muebles están blandos y del techo caen lentos goterones. Cinco días que no abandono casi la cama. Se me terminaron las galletitas, el queso y el café, pero no importa porque con la humedad las galletitas ya eran de felpa vieja, el queso sabía a jabón de tocador y el café a purgante. 
En estos días sólo he leído los diarios. Son todos diarios atrasados pero tampoco me importa. Al contrario, me hace bien leer diarios atrasados. Me siento a salvo de los crímenes, las muertes y las catástrofes que a los demás los han ido alcanzando y en cambio yo los leo en los diarios que dicen hoy sucedió, hoy se cayó tal avión, hoy hubo un incendio, hoy estalló una bomba, hoy, hoy, hoy, y para mí es ayer o antes de ayer, y aquí estoy, salvada, al margen de ese hoy que se come a los vivos. Leyendo diarios viejos me siento casi eterna.

Leí hasta los avisos clasificados. Qué alivio leerlos y pensar que esas vacantes ya están ocupadas y que no debo levantarme temprano para conseguir empleo. Antes yo los leía en el riesgoso hoy y siempre caía en la trampa. «Señorita culta con redacción propia se necesita», e iba. Pero ahí me las encontraba a ellas, tan altas, tan educadas y tan despiadadas, vestidas a la última moda, con sus párpados ocres y sus uñas de mandarínLo primero que hacían era preguntarme la edad. Yo les decía a veces treinta y ocho y a veces cuarenta y dos. Algunas enarcaban las cejas finas de coré griega y rezongaban: «Pero el aviso pedía secretarias menores de veinticinco años». Otras, sin mirarme, pero con una expresión de disgusto como si yo las importunase con mi sola presencia, me daban un papel. El papel era la solicitud de empleo. Estudios cursados, idiomas que domina, cuáles son sus pretensiones en materia de sueldo. Y referencias. Yo nunca sabía qué poner en las referencias y lo ponía a usted. Después ellas me tomaban la solicitud sin leerla, sin mirarme, y mirando por la ventana o descifrándose las uñas de Lingunchang me decían: «Nosotros la llamaremos, buenas tardes». Pero nunca me llamaron para darme el empleo. ¿Comprende por qué, Gianfranco? Porque esperaban que yo leyese el próximo aviso, volviese a ir y ellas pudieran preguntarme otra vez la edad. Era una emboscada. Felizmente he abierto los ojos. Y lo que ellas no saben es que las engañé. Porque jamás en la solicitud de empleo dije que en 1961 me dieron un premio de poesía y que César Tiempo escribió en Davar que mi libro parecía una colección de estampas (no sé si estampas o miniaturas) coloreadas e iluminadas por los Limbourg. Pero ellas no lo saben ni saben quiénes son los Limbourg.


Los diarios traen también la lista de las conferencias y de las exposiciones de pintura. Yo antes iba a las conferencias. Por fin he comprendido que todas las conferencias son una broma estúpida que nos hacen los conferenciantes. Simulan hablar de Ortega y Gasset o de la problemática de la novelística latinoamericana y en realidad repiten durante una hora frases sin sentido, mezclan párrafos tomados al tuntún de los manuales de literatura. Todas las conferencias son la misma conferencia, sólo que los conferenciantes cambian el orden de las palabras y las pronuncian como si estuviesen convencidos de lo que dicen y hasta hacen ademanes. Y el público tan tonto ahí sentado los escucha y no entiende nada pero pone cara de entender y al final aplaude y piensa qué hombre tan inteligente ése que yo no pesqué casi nada de lo que dijo, y mientras tanto aquel farsante corre a otra sala de conferencias a repetir el mismo galimatías y a recibir los mismos aplausos. No iré más.

Para colmo yo me sentaba en la última fila, al fondo del salón que era siempre muy largo y muy estrecho, y hasta donde yo estaba la voz del conferenciante llegaba lo mismo que un hilo de orín que corriese por debajo de los pies de la concurrencia. Yo al rato me aburría y miraba a mi alrededor con mis ojos por dentro malvas y por fuera violetas, y rogaba a Dios que aquel discurso terminase y cuando terminaba me ponía de pie y salía los apurones como si corriera a una cita y se me hubiese hecho tardísimo, pero una vez en la calle me iba caminando sola y despacio hasta mi casa, mirando las vidrieras de los negocios para demorar el momento de llegar y tener que prepararme la comida para mí sola. Además, Gianfranco, le advierto: a las conferencias concurren ciertos hombres con el único propósito de relacionarse con mujeres solitarias. Se les sientan al lado, las rozan con el codo y con la pierna, les buscan conversación, les sirven una pastilla de anís y después pretenden invitarlas a tomar juntos un café pero es otra emboscada. Las enamoran, les dan una cita y luego no aparecen más, no las llaman más por teléfono, las dejan morirse de angustia y de bochorno en una esquina céntrica.

Tampoco iré a las exposiciones. Los días de inauguración están copadas por una gente siniestra que se coloca de espaldas contra la pared y contra los cuadros, hablan y hablan y fuman y a los cuadros ni los miran, los ocultan con sus cuerpos y la humareda, y al fin cuando la inauguración termina se van todos al mismo tiempo y los cuadros aparecen arañados, cuarteados, borroneados, despintados, hechos un desastre. No me explico cómo los pintores permiten que el público de las inauguraciones les sabotee así la pintura. Y después no va nadie más a las galerías, porque quién quiere ver esos mamarrachos todos descoloridos y viejos. Algún jubilado que no tiene adonde ir, solteronas, ancianos que entran para guarecerse de la lluvia o del frío y desfilan delante de los cuadros como delante de una rueda de presos entre los que deben identificar al que les asesinó a la hija. Los miran de reojo, con desconfianza, con susto y con apuro, y al fin huyen antes de ser víctimas de un ataque de esos cuadros siniestros.

Yo en un mismo día he ido a cinco y a seis de esas muestras de pintura póstuma. He mirado cada cuadro hasta odiarlo y hasta no verlo, lo miré de cerca y desde lejos, lo miré sentada y de pie, lo miré como si sospechase una falsificación o tratase de descubrir, bajo esas groseras pinceladas, alguna perdida Madonna del Renacimiento, y todo porque cuando terminase de mirarlos y de levantarme y sentarme y consultar el catálogo tendría que volverme a casa caminando sola y detenerme frente a las vidrieras- para no preparar una triste compota de manzana. Alguna vez, en un rincón de la galería, estaba el pintor, el autor de los cuadros, casi siempre con una mujer muy fea y antipática y muy varonil. El pintor me vigilaba, me espiaba para ver qué cara ponía yo. Dios mío, qué impudicia la de esos pintores que quieren descubrirnos la boca abierta de la admiración o los ojos del arrobo mientras miramos sus cuadros. Yo, cada vez que los veía ahí, acechando como rufianes mis idas y venidas frente a las pinturas, me sentía furiosa y adrede ponía una expresión de contrariedad y a él no lo miraba hasta que de golpe, al tercer o cuarto cuadro, daba una violenta media vuelta y entonces sí le clavaba la vista y salía rabiosa de la exposición como de un urinario de hombres donde hubiese entrado por error.

En la calle paso de largo frente a las vidrieras donde hay maniquíes femeninos. Detesto a esas jovencitas altas, rubias, de párpados ocres. Podría mirarlas un día entero con mirada de serpiente y ellas seguirán sonriéndose con todo su desdén, seguirán mofándose de mí porque visten a la última moda y yo ando todavía con mi ropa de hace cinco años. Tampoco me detengo frente a los maniquíes masculinos. Me dan miedo esos jóvenes de pelo rubio y largo, cara color sepia, pupilas encendidas por un fulgor de droga y el cuerpo tan duro y tan esbelto. Están ahí, altos, temibles, listos para saltar sobre mí. Yo camino delante de ellos con la cabeza gacha, trato de que no me descubran. En cambio me atraen las vidrieras de los almacenes, todas esas botellas, esos frascos, las cajas de fruta abrillantada, los cajones de ciruelas negras y de pasas de uva, las latas de caramelos. Ultramarinos. Qué hermosa palabra, Gianfranco. Almacén de ultramarinos.

Pero las vidrieras que prefiero son esas que nadie mira, mal iluminadas, tristes como habitaciones cuyo ocupante murió y nadie tocó desde entonces, esas donde hay aparatos ortopédicos, jeringas o piedras esmeriles. Las veo tan solas y tan, despreciadas que me paro a mirarlas y así me hago la ilusión de que son sitios hechos adrede para que nos juntemos los solitarios. A veces algún hombre se detiene y mira, él también, lo que yo miro. ¿Sabe, Gianfranco? Entre ese hombre y yo se establece un vínculo sutil, una simpatía, una comunión. No necesitamos hablar. A los dos nos gusta sentirnos al margen de la muchedumbre que contempla las vidrieras de los maniquíes. No nos interesan, en realidad, los aparatos ortopédicos ni los abrasivos ni esos insecticidas, pero los miramos con dolor porque nadie los mira sino nosotros. Nuestra misión es ésa: asumir el desprecio de la gente.


Necesito irme, Gianfranco. Irme a una ciudad donde los poetas seamos como prostitutas: que caminemos por la calle y los hombres nos sigan y nos ofrezcan dinero en voz baja, pero no para hacer el amor sino para que les recitemos una poesía. ¿Cuánto cuesta un pasaje a París? ¿Cien mil pesos? ¿Cómo los conseguiré? ¿Quién me los prestará o me los regalará? ¿De dónde los robaré? Venderé mis alhajas, mi piano de Leipzig, mis porcelanas inglesas y me iré a alguna parte muy lejos. O viajaré como polizón. Buenos Aires no es una ciudad para poetas. Aquí todo el mundo tiene la vista fija en un punto a mi derecha o a mi izquierda, nadie en mí. Avanzo entre esas miradas como entre las paredes de un túnel abierto sólo para mí. Qué risa, soy la mujer invisible. Gianfranco, entre yo y el extremo del túnel espero que esté Dios porque si no me volveré loca. 

Por fin sé a quién se parece usted. Se parece a Le Clézio, ese novelista tan joven y tan buen mozo que vi fotografiado en el suplemento de La Nación. Pero Le Clézio tiene los ojos por fuera azules y por dentro grises, unos ojos fríos, irónicos y creo que también crueles. Los suyos son ardientes y apasionados y al mismo tiempo castos como los de un niño. Cuando nos conocimos en la librería L’Amateur usted se me acercó y me pidió que le firmase un ejemplar de «Los rostros de la muerte» que acababa de comprarle a aquel vendedor que seguramente le dijo ésa es la autora y me señaló con el dedo, usted añadió en voz baja como si me confiase un secreto, me llamo Gianfranco, y entonces yo lo miré en los ojos y le puse aquella dedicatoria «A Gianfranco que tiene los ojos por dentro verdes y por fuera dorados» que a usted tanto le gustó. Después salimos juntos de la librera y caminamos hasta que todas las calles cambiaron repentinamente de nombre. 

Yo tenía puesto, todavía me acuerdo, mi tapado de piel de nutria y usted un pantalón de franela gris, tricota blanca de cuello alto, saco sport color miel, mocasines borravinos y medias azules con una cuchilla roja. Las mujeres lo miraban con rencor, parecía que le hacían mudos y terribles reproches. Pero usted no se fijaba en ellas. Usted iba como abriéndome paso, como quitando del medio todos los estorbos. Los demás se apartaban y usted y yo caminábamos como por una alfombra tendida sólo para nosotros dos. Yo le llegaba al mentón y sin embargo era una mujer alta, con el pelo color sangre y la voz profunda de Laureen Bacall. Cuando las calles cambiaron de nombre nos dimos cuenta de que estábamos muertos de cansancio y entramos en un café, y ahí usted siguió abriéndome paso hasta una mesita ubicada en un rincón entre mamparas de madera y plantas artificiales. 

Un café de la bella époque, dijo usted. Al mozo le pidió dos cafés pero el mozo se equivocó o no se equivocó y nos trajo dos coñac como si estuviésemos en el bistró a la vuelta del hotelito de madame Pomargue. Nos reímos mucho y después tomamos el coñac lentamente, mirándonos para ajustar nuestros movimientos. Después una orquesta en un palco empezó a tocar Brahms. Después usted tomó el libro y leyó en voz baja todos mis poemas. Después lo cerró con un ademán de sacerdote que manipula un objeto sagrado, lo colocó sobre la mesa, se puso de codos, apoyó la barbilla en las manos y me miró. Y en ese momento nos dimos cuenta de que nos amábamos porque amábamos la poesía. Pero usted no me pidió un beso como los hombres que van a las conferencias, ni me dejó sola como los que miran conmigo las piernas ortopédicas y los herrajes. Usted se quedó junto a mí hasta que todas las luces se apagaron. 

¿Y si me fuese a Nueva York? Aunque en Nueva York me disolvería como un terrón de azúcar en agua caliente. Mejor París. París o Roma o Londres. No, Londres no, Londres jamás. O quelle ville de la Bible. En Londres moriría estrangulada por un Jack el Destripador de rostro color sepia y pelo largo. No se preocupe, viajaré. Necesito no seguir siendo una mujer que en la sala de espera de una estación simula aguardar la llegada o la partida de un tren y entre tanto está ahí sentada lo mismo que una pordiosera o una prostituta. 

Los hombres que me amaron hace ocho o diez años ya no existen para mí. Aunque quisieran casarse conmigo les contestaría que no los desprecio pero que no los amo. Juan Carlos Birelli desapareció la última vez cuando en la confitería Jockey Club me pidió que fuésemos a un hotel de parejas y yo no quise ir y no lo vi más, ni él me vio más, ni me escribió ni me llamó por teléfono desde esa tarde en que yo bebí un jugo de pomelo y él un café. No puedo amarlo. Además ni sé si lo quiero o me dejé besar dos o tres veces para romper mi soledad.

Es terrible, Gianfranco. Es terrible hacer como que no se ven los defectos del hombre que nos toma una mano. Hasta que un día una no puede más y entonces se sienten ganas de vomitar. 

¿Le hablé alguna vez de Julio Wialicki? Era muy joven, muy alto, muy rubio, muy pálido pero con labios rojos de mujer. Tuvimos seis encuentros en el bar de Paraguay y Maipú. Tres los olvidé y los otros tres quisiera haberlos olvidado. Tenía los ojos de cenizas por fuera y por dentro y cuando yo lo acariciaba en la ceniza aparecía como un remolino. Al verme entrar se levantaba, me besaba en la mejilla con sus labios de goma húmeda, me ayudaba a quitarme el abrigo y me decía qué elegante estás y qué bien te queda el pelo color Tiziano. Pero no me miraba, miraba siempre las otras mesas como si buscase o temiese la presencia de alguien, y al rato ya se ponía malhumorado y yo sentía que me detestaba. Hasta que descubrí que sus miradas en redondo pasaban muchas veces por encima de algún muchachito de esos de blue jeans. Entonces me despedí de él para siempre sin explicarle por qué me despedía ni él me lo preguntó, y desde hace años me despierto pensando en él o me duermo pensando en él, pero no lo desprecio aunque no lo amo.

Usted no me besa en la mejilla ni en la boca, no me invita a ir a un hotel, nunca me ha dicho qué elegante estás y cuando me dejé el flequillo y lo corté un poco desparejo tampoco me dijo nada. Pero usted me toma la mano derecha con su mano derecha, la lleva hasta su brazo izquierdo, la hace descansar allí y la aprieta fuerte con el brazo contra su cuerpo y yo siento el calor de su cuerpo, siento sus músculos de felino joven. Pero ¿las exposiciones que visito sola? ¿Y las conferencias que oigo sola sin entenderlas y sin querer oírlas? ¿Y las vidrieras donde los maniquíes lucen los vestidos que yo nunca podré comprarme? Y mis amigos, ¿dónde están mis amigos, callados todos como olas dormidas? ¿Por qué ya no me publican mis poemas en los suplementos literarios? ¿Por qué, cada vez que les llevo un poema, me hacen esperar horas y horas en esas antesalas de piso de baldosas frías y en lugar de recibirme mandan a empleados para que pasen delante de mí y me vigilen con disimulo? Ya no publico más. Ahora escribo para mí y para los que me leerán dentro de cien años. De «Los rostros de la muerte» se vendieron noventa y tres ejemplares, y uno lo encontré en una librería de viejo de la calle Corrientes, todavía con mi dedicatoria. El nombre de la persona a la que se lo había dedicado estaba borrado pero yo sé quién es. Es Julio Wialicki o es Juan Carlos Birelli. Compré el ejemplar y me lo traje a casa, y donde estaba el nombre borrado puse el suyo Gianfranco. 

Ahora los editores me piden no sé cuántos miles de pesos para publicar «Los juegos de la locura». Dicen que los libros de poesía no se venden. Tienen razón. Pero la poesía para mí es como para otros hablar: no puedo quedarme todo el tiempo callada. Veo pasar los objetos de mi amor o de mi miedo y necesito gritarles, necesito llamarlos o ahuyentarlos, y los editores vienen a decirme que no, que me quede muda porque ellos no ganan dinero con mis voces, con mi voz, con la única voz que tengo para entenderme con los demás y conmigo misma. Me condenan al soliloquio, Gianfranco. Pero el soliloquio continuo es como el continuo diálogo: los dos conducen a la locura. No importa. Yo sé que de aquí a cien años mi poesía será el idioma de los hombres. No es vanidad, Gianfranco. Sin la ilusión de la gloria nadie escribiría nada. Y a veces, ya lo ve, nos conformamos con la ilusión de esa ilusión, con la gloria postuma. Qué heroicos o qué estúpidos somos los poetas, es verdad. Mi letra cambia de color porque cambio de bolígrafo. El anterior se me gastó. 

Oí que cuando una persona se pone de luto le parece que hay más gente de luto que nunca. A mí me pasa al revés. Cuando vivía papá y yo no tenía problemas de dinero veía pobres por todas partes. Ahora los pobres han desaparecido, las mujeres que antes caminaban con un recién nacido a cuestas y no tenían qué comer ni dónde dormir son respetables amas de casa. Y yo la única que camina sola por la calle y da vueltas y vueltas. Para mí no hay empleos, ni invitaciones, ni maridos, ni novios, ni amigos, ni automóviles, ni alhajas, ni cartas, ni llamados telefónicos. Me pregunto cómo hace toda esa gente para construirse cada uno su lugarcito en el mundo, su alvéolo, y en cambio yo soy la suelta, la mostrenca. A veces se me figura que Dios me trazó este destino. Dios no ha querido que me distrajera de la poesía. Y entonces creo que si es así, es porque mi poesía vale tanto como la de Baudelaire o la de Pavese. Pero qué precio debo pagar por ello, Gianfranco. Escribir «Los rostros de la muerte», escribir «Los juegos de la locura» y después enloquecer y morir. 

Cuando me dieron el premio de poesía tuve mi cuarto de hora de invitaciones, de amistades, hasta de citas por teléfono. Todos querían conocerme. Yo creí que venían a mí como yo iba a ellos, para vivir lo que escribíamos. Gianfranco, sé que no me diferencio de los que no son poetas sólo por lo que escribo. Sé que la diferencia se propaga a mi rostro, a mis gestos, hasta a mi vestimenta, y mis gustos, y mis ideas, a toda yo. Por eso al rato ya estaba yo callada y las mujeres, con la expresión de haber oído en el cuarto de al lado los gritos de una enferma y querer disimular, hablando todas juntas de sus viajes a Europa, del escándalo de un premio literario mal concedido o de los amores seniles de algún escritor célebre. Los hombres las miraban como si ellas repitiesen una lección que ellos les habían enseñado, cada tanto les corregían algún nombre, alguna fecha, pero también se miraban entre ellos como para ponerse de acuerdo o para recordarse mutuamente algo, y entonces uno de los dos o los dos que se habían mirado me lanzaban una ojeada de refilón como para comprobar que yo seguía ahí y que no se habían equivocado. Y yo, muda, me sonreía sin deseos de sonreir y dejaba de entender la conversación de aquellas mujeres que se quitaban unas y otras la palabra de la boca como si quisieran impedir que los gritos de la enferma de la habitación de al lado volvieran a oírse. Hasta que todos se despedían con la promesa de llamarse por teléfono y de verse otro día en otra parte, y a mí en la calle me daban la mano y me felicitaban por mis poemas y por mi premio y después subían a sus automóviles y yo volvía caminando sola a mi casa. 

Suelo encontrarlos en las conferencias y en las antesalas de los diarios. Fingimos no reconocernos. Cuando las conferencias terminan y yo me levanto y salgo, oigo a mis espaldas que se invitan a ir a las comidas de las embajadas y a los cócteles del Cinzano Club, pero yo sigo saliendo sola, sigo caminando sola por la calle y me detengo frente a la vidriera de los aparatos ortopédicos y a veces me compro un chocolate y me lo voy comiendo despacio y con lágrimas en los ojos. En las antesalas de los diarios miro fijo una pared mientras ellas me mandan sus perfumes de Christian Dior y ellos su olor a tabaco rubio, a frutas cítricas y a maderas nobles. Los empleados los saludan y a mí me vigilan con hostilidad. Alguien abre una puerta, los llama por sus nombres de pila o por sus sobrenombres, se abrazan, se besan, se dan la mano, se ríen y al fin desaparecen dentro de los hondos despachos alfombrados y yo me pongo de pie y salgo con mi último poema en la cartera. 

Tampoco quiero reunirme con esas viejas y esos viejos que se juntan en algún fúnebre café de la avenida de Mayo. Los odio. Una vez me arrastraron con ellos, me preguntaron si me gustaba Bartrina o Lorenzo Stechetti, me recitaron sus nidos de cóndores. Otra vez me pidieron que les recitase yo mis versos y yo harta les recité la Balada de Florentino Prunier de Duhamel y ellos me miraron consternados o se sonrieron con indulgencia y un viejo, ondulando como una sopa espesa, me aseguró que yo le hacía recordar a Guido Spano. Entonces me levanté y me fui y no volví más. Pero tengo miedo de que me persigan. Tengo miedo de que se apoderen de mis poemas inéditos y los transformen en acrósticos o en romances de García Lorca. Los odio todavía más que a los otros. Porque los otros me rechazan y al menos así rechazada me mantengo intacta, pero éstos me aceptan sólo para cubrirme de sus gelatinas. 

Gianfranco, ¿estoy condenada a escribir a solas, a leer a solas, a vivir a solas, a ser a solas la hermana de Aloysius Bertrand y de Lautréamont y de todos los grandes espíritus, la hermana que comprende cada una de sus palabras secretas, que comparte cada uno de sus estremecimientos y, apenas salgo a la calle, a convertirme en una mujer extraña y solitaria que no puede esperar no ya el amor sino ni siquiera la simpatía o el interés de nadie? ¿Ser un gran artista para la posteridad exige el costo de ser una criatura chocante para sus contemporáneos? No me cite, por favor, los casos que me desmienten. Déjeme con la idea de que mi rostro, mis gestos y mis ridiculeces hacen méritos frente al dios de la poesía. ¿O ese dios no permite que lo extorsionen? ¿Es indiferente a nuestro dolor, Gianfranco? ¿Indiferente como el Universo? ¿Somos nosotros los que creemos que el dolor nos asegura una compensación, y nos equivocamos? 

Enoch Soames. ¿Leyó el cuento tan terrible de Max Beerbohm? ¿Seré otro Enoch Soames, un Enoch Soames que vendió su vida al dolor con la esperanza de las monografías, los ensayos y las antologías para cien años después, y cien años después yo no tendré ni siquiera el consuelo de verme transformada en la heroína de un cuento? Pero yo lo tengo a usted, Gianfranco. Y usted, que ama a Aloysius Bertrand y a Lautréamont y lloró cuando le recité la Balada de Florentino Prunier, usted también ama mis poemas y no lo alarman mis ojos alucinados, mis vestidos y mi pelo de gorgona. Gracias, Gianfranco. Usted, que es mi contemporáneo, es también mi posteridad. Usted es mi joven secreto que se dejaría matar por mis libros. 

Estoy escribiéndole esta carta en un cuaderno. Son las tres de la tarde. Dormí un rato. Hace una semana viajé a Mar del Plata. ¿Sabía que en estos últimos años he viajado cada tres meses a Mar del Plata pero nunca en verano? Viajo sola en ómnibus, me alojo sola en un hotel miserable de La Perla, paseo sola por la rambla, miro sola el mar, almuerzo sola en un restaurante de la calle Belgrano (no ponen manteles sino papel de estraza y a menudo debo compartir la mesa con matrimonios de ancianos o con hombres solos que me miran una vez y no me miran más), a la tarde vuelvo a pasear sola por las calles céntricas y desoladas, me compro un alfajor de dulce de leche y a las cuatro o a las cinco voy al Casino. Juego a la ruleta. Gano, pierdo, vuelvo a ganar y a perder. Salgo del Casino sola, me compro otro alfajor, regreso caminando sola al hotel de La Perla, me acuesto sola, escucho sola el mugido del mar y me duermo sola. 

Pero la semana pasada me fui con cien mil pesos. El empleado del Banco me decía no cancele la cuenta, deje por lo menos mil pesos, pero yo no le hice caso y retiré todo el dinero que tenía. Estaba harta de ir todos los meses y sacar una pequeña suma y después pasar de largo frente a todas las vidrieras. Yo veía disminuir el saldo en la libreta. Primero, cuando murió papá, me pareció una suma enorme que me alcanzaría para toda la vida. Después todos los meses había menos, menos, menos Entonces empecé a leer los avisos clasificados. Hasta que la semana pasada me harté, como le dije, y fui al Banco y saqué todo lo que me quedaba en la cuenta de ahorro. Eran cerca de cien mil pesos. Pensé que iba a ganar en el Casino y con lo que ganaría iba a pagar la edición de «Los juegos de la locura» y todavía me sobraría dinero para sostenerme unos años más, hasta que me diesen el Premio Nacional y la pensión, y quizá «Los juegos de la locura» sería un best seller, se vendería más que Papillon y que Love Story y yo cobraría sumas fabulosas. No se ría, Gianfranco. Todos los autores pensamos lo mismo.

Tomé el ómnibus que sale de Constitución a las 2 y 25. Felizmente nadie se me sentó al lado. Durante todo el viaje miré por la ventanilla. En una parada comí un chocolate y en otra bebí un jugo de pomelo. Llegamos a Mar del Plata de noche y a las 9 ya estaba en el Casino. No fui al hotel de La Perla. No llevaba valija ni nada, sólo la cartera con los 96.300 pesos. A las 11 lo había perdido todo menos el dinero para el boleto de vuelta. A las 11 y 15 estaba en la estación terminal. El ómnibus salía a las 12 y 55. Esperé ahí sola como si en vez de la mujer que soy fuese una mujer sin alma y sin nombre. No sé cómo hice para estar tan silenciosa, tan sola y tan hambrienta. Desde el chocolate que había comido a las 4 de la tarde y el jugo de pomelo a las 7 no volví a probar bocado hasta que llegué a casa a la mañana siguiente. Debo ser una puta (perdón, Gianfranco) o un ángel humano porque en la estación terminal a oscuras y barrida por el viento me sentí casi dichosa pensando que soy buena, que todo cambiaría algún día o alguna noche y con mi mundo íntimo intocado por quienes no tengo interés en que lo manoseen. Al mar no lo vi ni de cerca ni de lejos pero lo oí gritar como una ballena herida. Viajé a Buenos Aires durmiendo dulcemente. Sin felicidad pero sin pedir nada a nadie. Estaba como en una cápsula de vidrio viajando sola por el espacio. 

De nuevo me dormí y ahora me desperté y no sé qué hora es. Olvidé darle cuerda a mi relojito y el relojito marca una hora que no entiendo, las agujas están abiertas en un ángulo absurdo. Marqué en el teléfono el número de la hora oficial y tampoco entiendo lo que me farfulla entre dientes esa estúpida mujer. Las radios o están mudas o transmiten siempre la misma música. No oigo ningún ruido en la calle ni en el resto de la casa. Quizá duerman todos porque es de noche, quizá sea de día y se hayan muerto o se hayan ido. Las persianas de mi habitación permanecen cerradas. Escribo a la luz del velador. Pero usted no salió de su cuarto, ¿verdad? Usted sigue leyendo mi carta y en cuanto terminemos yo de escribirla y usted de leerla me llamará por teléfono, me dirá querida voy para ahí y vendrá cargado de paquetes y de flores.


El silencio es hondo como un pozo donde todo cae desde muy arriba. No quiero salirme de mi cama ni levantar las persianas y mirar hacia afuera. Prefiero imaginarme sola en la ciudad. Hace mucho tiempo que todos se han ido a otra parte y me han dejado sola, jugando con mis poemas como con monedas en desuso. Una vez me dieron el premio de poesía para conformarme y para que no me moviese de mi rincón. Después todos se fueron de parranda por todas las costas azules del mundo y yo como una niña enferma me quedé aquí escribiendo sola mis poemas. Sé que cuando me haya muerto volverán y se apoderarán de mi poesía como de un tesoro recién descubierto. ¡Pero entre tanto yo estoy viva, Gianfranco, estoy viva y sola! Y desde mi soledad oigo el rumor del mundo como el de una fiesta a la que no he sido invitada. Dios mío, esto parece un plagio de don Arturo Capdevila. Perdóneme, Gianfranco. Cambiemos de tema. Cuando llegue toque el timbre tres veces, así sabré que es usted. Tráigame una caja de frutas abrillantadas. Tengo el antojo de las frutas abrillantadas. Y bombones. Y una botella de vino blanco. Siento sed.


Quizá mientras dormía sonó el teléfono y no lo oí, y era Julio Wialicki. A Julio Wialicki (o a Juan Carlos Birelli, ya no me acuerdo o no quiero acordarme) lo conocí en una librería. Un vendedor le dijo que yo era la autora de «Los rostros de la muerte», acababan de darme el premio, y él lo compró y me lo trajo para que yo le pusiera una dedicatoria. Pero nunca me recitó mis poemas y a la cuarta o a la quinta vez que nos encontramos ya empecé yo a hacer ver que no veía y a quedarme ahí sentada al lado de un hombre como se está al lado de un enfermo incurable fingiéndole que rebosa de salud. No los amo a ninguno de los dos y aunque me propusieran casamiento les contestaría que no. 

Como me dolía la mano de tanto escribir descansé un rato. El techo sigue escupiéndome sus salivazos coléricos o distraídos. Es el inconveniente de vivir en el último piso de una casa de departamentos. Por la radio han empezado a hablar locutores sonámbulos y a decir que son las dos y son las tres de la mañana. Apenas llegué de vuelta de Mar del Plata revisé todos los cajones, todos los bolsillos de mis vestidos y las carteras viejas y los monederos y los floreros y los costureros, pero no encontré un centavo, lo único que encontré fue la libreta de ahorro con el sello en la tapa y en todas las páginas, el sello rojo que grita cancelada cancelada cancelada. Los últimos trescientos pesos me los gasté en un taxi desde Constitución y todavía le dejé al chofer veinte pesos de propina, porque era un muchacho rubio aunque no pude verle los ojos porque no se dio vuelta ni una sola vez a mirarme. Le pregunté si le gustaba la poesía y me contestó que sí. Le pregunté si había leído «Los rostros de la muerte» y me contestó que lo único que había leído eran los versos de Homero Manzi. No me ofendí como con los carcamales de aquel café mortuorio de la avenida de Mayo. Manzi era todo un señor poeta y qué lindo que hasta los choferes de taxis lo lean. Le pregunté cómo se llamaba y me contestó que Gianfranco. 

Estoy muy cansada ahora y sin sueño. Siento que amanece. Sé que amanece porque las cosas han empezado a adelgazar y a estirarse como gatos hambrientos. Desde la calle me viene un ruido de automóviles que huyen en todas direcciones. Usted sigue sentado junto al fuego, leyéndome. Pero ya no es rubio. Ni rubio ni joven. De pronto he descubierto que todos los hombres jóvenes y rubios me desvían la vista. Usted es moreno y tiene cincuenta años. El nombre no se lo cambio porque me gustan esos nombres italianos que terminan en o y tienen una ere en el medio. Tampoco lo conocí en una librería, qué disparate. Lo conocí junto a la mesa 38 del Casino. Mis fichas eran malvas como mis ojos por dentro y las suyas eran verdes como sus ojos por dentro. Donde yo ponía una ficha malva usted ponía una ficha verde, y así estuvimos mirándonos sin mirarnos un rato largo. Los dos ganábamos, los dos perdíamos, los dos volvíamos a ganar y a perder, y siempre, sobre el paño, su ojo verde miraba a mi ojo malva. Hasta que su ojo dorado miró a mi ojo violeta y nos sonreímos. Desde entonces usted es Gianfranco. 

Sé que no vendrá a visitarme mientras yo no termine de escribir esta carta. Pero no quiero terminar de escribirla porque cuando termine tendré que empezar a pensar en lo que haré mañana para seguir viviendo. Me pararé en el atrio de San Nicolás de Bari, y cuando pase alguna de esas matronas que entran como escabulléndose bajo sus mantillas, atiborradas de rosarios y misales, la enfrentaré con mis ojos por dentro de hambre y por fuera de locura y la matrona, asustada, me dará dinero sin yo pedírselo. O estaré todo el día de pie en una esquina de Corrientes hasta que, al anochecer, un hombre vestido con sobretodo negro de auriga, maloliente de seborrea y vetustos alcanfores, se detendrá cerca de mí, pondrá cara de sufrimiento y de ganas de orinar, simulará que mira pasar los automóviles y al fin se dará vuelta y me coligará los ganchos oxidados de sus ojos. Entonces le sonreiré, empezaré a caminar y el hombre se vendrá detrás de mí. O voy a llamar por teléfono a Juan Carlos Birelli, voy a decirle que acepto acompañarlo hasta el hotel para parejas y una vez en la habitación del hotel lo mataré y le robaré la cartera. No tengo cosas que empeñar. El piano no es de Leipzig, no vale nada, está apolillado y le faltan varias cuerdas. Mis joyas son fantasías de dos por cinco. Y mis porcelanas, ninguna porcelana, loza barata. De mis libros no me desprenderé aunque me muera de hambre. Y aun sentada en una estación de ferrocarril seguiré escribiendo mis poemas en hojas de diarios viejos. ¿Se da cuenta, Gianfranco? Me resigno a todos los martirios con tal de poder jugar a la posibilidad, ni siquiera segura, de que hombres a los que jamás conoceré hereden lo que ahora amaso con lágrimas y con sangre. 

Pero también, para qué mentirle, también pienso en ese Le Clézio tan rubio, tan joven y tan buen mozo. Entonces me digo que mis rarezas de mujer tal vez no sean, como a menudo me jacto para consolarme, ninguna garantía de nada. Que creer que he canjeado mis verdugos de hoy por mis futuros feligreses es la más triste de mis fantasías, quizás un despecho rencoroso y estéril. Sin embargo, si ahora mismo se me presentase el Diablo y me propusiera convertirme, a cambio de mi alma, en una muchacha joven y hermosa, lo primero que le preguntaría es si seguiría siendo la hermana secreta de Aloysius Bertrand y de Pavese, y si el Diablo me contestase que no, yo rechazaría el pacto. Ya ve, soy como esos homosexuales que sufren los puntapiés de la sociedad y, si volvieran a nacer, querrían ser otra vez homosexuales.

Ya no sé qué escribirle, Gianfranco. Tengo los dedos agarrotados. No me iré a Europa. Me iré a un pequeño país centroamericano donde la gente sea muy dulce, muy pobre y muy buena. Vestiré trajes de hilo, calzaré sandalias y me peinaré con una trenza larga hasta los pies. Adoptaré un nombre de mujer morena, carnosa y sensual. Me llamaré Aglonga Gonuyaz. Seré la Meme Albaquime. Por las mañanas enseñaré a los niños a leer y escribir, y los padres me pagarán con cestos llenos de frutas y de confituras. Pasearé todas las tardes por playas tatuadas por las olas, a las orillas de un mar de zafiro. Y a la noche, tendida en una hamaca bajo las castas palmeras de cuello de jirafa, compondré himnos panteístas. Mulatos adolescentes y muy hermosos, de piel color de nervadura, me seguirán a todas partes, como tigres hipnotizados. Custodiarán mi sueño como perros insomnes. Mi belleza será un sol que los tostará más que el Sol de la canícula. De día sus ojos parecerán gujarros calcinados. De noche brillarán como luciérnagas de fiebre. Pero yo de día pasaré entre ellos sin mirarlos, alta, airosa, inmaculada, lo mismo que una Virgen llevada en procesión sobre angarillas. Y a la noche, envuelta en el mosquitero como en una nube de incienso, me dormiré más casta que las palmeras. 

La tinta del bolígrafo empieza a palidecer. Antes que se gaste del todo y ya no pueda seguir escribiendo quiero decirle, Gianfranco, que esta carta no es una carta. Ni usted existe ni existe esta mujer tan loca y tan infeliz. Dentro de quince o de veinte días, en alguna revista, en algún suplemento literario saldrá publicado un cuento y el cuento se llamará «Carta a Gianfranco». Incluirá este mismo párrafo que ahora escribo para desconcertar a los lectores. 

O quizá la mujer sí existió, pero la encontraron muerta en su cuarto, muerta de hambre, literalmente, o envenenada con pastillas somníferas. Entre sus manos, no, es demasiado cursi, sobre la mesita de luz estaba el cuaderno donde había escrito este fatigoso monólogo. Alguien, digamos alguno de sus amigos, uno de aquellos hombres que la llamaron una vez por teléfono y no la llamaron más, acudió citado por la policía (ella tenía su número anotado en una libreta), se apoderó del cuaderno, vio en seguida la oportunidad de aprovecharlo para un cuento, alteró nombres y lugares, modificó algunas frases y al fin publicó esta «Carta a Gianfranco» como una invención suya. O admitamos que no fue tan miserable. Pensemos, mejor, que sintió la punzada de la culpa, lo invadieron los remordimientos, quiso abofetearse y abofetear a todos los que como él no habían sabido ser el imaginario Gianfranco y publicó la carta, claro que corregida para que su autora no fuese individualizada, inútil precaución, como cantan en el Barbero, porque son muchos los poetas que podrían suscribirla. 

Hay otra posibilidad, Gianfranco. Que esta carta sea realmente una carta y usted su destinatario. La ha recibido, la leyó, y después de reelaborarla, de eliminar los datos comprometedores, de sustituir mis adjetivos por los suyos y de cambiar su nombre por el de ese Gianfranco al que se empeña en presentar como un personaje de ficción, la publica con todo desparpajo, sin saber que cayó en la celada que yo le tendí: usted será mi Max Beerbohm. 

¿Y quién habrá escrito, entonces, esta última página que pretende poner al descubierto o un robo o un recurso literario, y en la que son evidentes ciertas modificaciones en el sentido? ¿Yo, la mujer de carne y hueso, o usted? ¿Yo, para vengarme por anticipado de usted, y usted no la elimina porque, corno escritor que es, no sabe resistir la tentación de hacerles creer a los lectores que Eugenia Grandet existe? ¿O usted, por esa misma razón, por ese gusto por la ambigüedad, que, apuntando simultáneamente a la realidad y a la imaginación, está en el origen de toda literatura? 

Basta, Gianfranco. Por fascinantes que le resulten a usted, estos juegos (estas piruetas, dirán sus detractores) no interesan a nadie más que a usted mismo. Mujer de sangre y de dolor o fantasma de humo de palabras, tanto da. Lo único que exigen sus lectores es que no los engañe con lágrimas de estearina. Y usted y yo sabemos que mis lágrimas contienen toda la amargura del mar.

Y ahora adiós, Gianfranco. Ya puede salir de la habitación donde lo tuve prisionero un día y una noche. Es la mañana, hay sol, hace buen tiempo. Ojalá la tinta me alcance para poner, al pie de esta carta, mi nombre.

Marco Denevi

Publicado en Marco Denevi, Ceremonia secreta y otros relatos , Buenos Aires, Ediciones el Corregidor, 1976.

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