Carta a mi juez, Georges Simenon

Luis de Caralt, Barcelona, 1963


George Simenon publicó en 1951 una de sus tantísimas novelas: Carta a mi juez. El nombre infiere, a simple vista, su rasgo más peculiar: la novela es una carta, una única, que tiene la exacta extensión de la novela. Con esta carta, el autor belga arma un relato policial que sufre, una vez más, una variante singular. Si en todo relato del género, hay un enigma a develar por, básicamente, el lector, aquí el enigma es saber cuál es ese enigma. Hay un crimen, eso sí, y queda claro desde las primeras líneas. También que el doctor Charles Alavoine, quien remite la carta, es el autor de tal crimen. Lo que es incógnita es saber a quién asesinó y cuál fue, a fin de cuentas, el móvil.
Por eso, esta novela trastoca los elementos tradicionales del policial, o siquiera la ortodoxa cronología narrativa: aparece un muerto – hay indicios fácticos o teóricos – se descubre el asesino. En Carta a mi juez, el orden es el inverso.
La carta de Alavoine es una confesión a su juez, como aquella que deja el suicida dando cuenta de sus decisiones finales, o como aquella que apoya con sigilo en la mesa el desamador antes de cerrar por última vez la puerta, o como el hijo que abandona el hogar sin mirar atrás. Será por eso que esta novela fue tratada en su momento como un excepcional relato psicológico. Quizás lo sea, pero lo que sí puede firmarse es que es una carta, la coartada del desesperado, el hiato que le permite correr antes de que una mano amiga interrumpa lo que ya se le ha vuelto inevitable.

Mi madre empezaba a hacerse vieja y, negándose a admitirlo, se consumía en las faenas de la mañana a la noche.
Bien. Le seré absolutamente sincero. Si no, mi juez, no vale la pena escribirle. Le voy a resumir en dos palabras mi estado de ánimo de entonces.
Primero: cobardía.
Segundo: vanidad.
Cobardía, porque yo no tenía el valor de decir no. Todo el mundo estaba contra mí. Todo el mundo, por una especie de acuerdo tácito, me empujaba a aquel matrimonio.
Ahora bien, yo no deseaba a aquella mujer tan sorprendente. Tampoco deseaba especialmente a Jeanne, mi primera mujer, pero, en aquella época, yo era joven, y me casé por casarme.

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