Yo quiero para ti un cielo diferente 
de otro color celeste. 
Ya no habré de sufrir el cotidiano 
despojo de tu gracia con los brazos cruzados. 
Ni he de sufrir la herida de tu primer arruga 
la caudalosa herida abierta de mi ternura. 
Ni ver cómo los días comienzan a llevarte 
como si lo monstruoso fuera razonable. 
Hoy estás engarzada en el recuerdo 
te hallas a salvo del dolor y el tiempo. 
El ardiente rubí se ha desangrado 
sólo la ausencia queda entre las manos. 
Siempre fui la alegría mi talismán radiante 
hoy descubro en el dolor, al diamante. 
Me abriste de la vida los portales sellados 
hoy la muerte me has inaugurado. 
A la oscura vigilia de dudar 
ha sucedido este dolor total. 
Ya tu fragilidad no me desvela 
soy de una nueva angustia prisionera, 
hoy el alma se hiere con la vastedad 
contra las rejas de la libertad. 
El alma se lastima, como un pájaro ciego 
contra tu mármol gris, ¡oh ciudad del silencio! 
Y allí estaba la fecha, fría como un cuchillo 
y allí acechaba el brazo armado del destino. 
Y bajo la sentencia implacable de Dios 
aquí está, de rodilla, mi estéril estupor. 
¿Cómo podré ocultarte el rostro de mi alma 
como toda la vida te he ocultado las lágrimas?

Encendía tu lírico perfil 
el inocente orgullo de vivir. 
Con femenina gracia, de estirpe florentina, 
como un metal precioso cincelabas la vida. 
Mientras te tuve, me creía eterna 
y hoy me siento tan frágil como un terrón de tierra. 
Mas yo no tengo miedo 
desde que estás allí, me es familiar el cielo.

Se disolvió tu alma en la tarde otoñal 
como el perfume de la claridad. 
En ancho firmamento se combará de estrellas 
cuando vuelvas nostálgicos, los ojos a la tierra.

Tu ardiente corazón, de inextinguible fuego, 
será un nuevo sol de un universo nuevo. 
Por universos nuevos, tu latina inquietud, 
visitará planetas de ardiente juventud. 
Ya todas las amarras han soltado sus nudos 
ya eres como el viento, viajera del mundo. 
Me alcanza tu perfume desde la oculta orilla 
como el aliento llega del África a Sicilia. 
Hoy todo está poblado, la claridad, el silencio, 
te hallas en todas partes desde que no te tengo. 
El júbilo me asalta de percibir que estás 
de gozar en secreto esta oculta verdad.

Nacen las rosas sobre el negro muro, 
el cielo se derrama sobre el mundo, 
pájaros ebrios cantan en mis venas, 
llega, fatal también, la primavera.

Haydée M. Ghio


Publicado en Antología , Buenos Aires, Grupo Editor Mensaje, 1987


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