Hubiera podido escribirte a vos, Joaquín; a vos, Gudi, a vos, Marcucci, que a veces me hacen dar rabia porque escriben antes que yo algunas cosas que yo quisiera escribir; pero me puse a mirar a mi alrededor, con los ojos entornados, con una angina en el lado derecho de la garganta que me duele bastante, con un poco de fiebre. y vi de pronto una nena caminando hacia mí, mirándome con dos ojos verdes ni grandes ni chicos, ni lindos ni feos, pero tan tristes. Mirándome, mientras chupaba un helado despacio, despacito. 
– ¿Por qué tan despacio? 
– Para que me dure más. ¡Es tan rico! 
– ¿Y rápido no es rico? 
– Rápido es rico pero en seguida no queda nada. Como mi mamá que era linda y buena y escribía versos y se reía echando la cabeza para atrás y me dejaba tomar traguitos de cerveza a escondidas y me prestaba la máquina de escribir para teclear mi nombre, y se murió y me quedé sin nada. Se murió rápido, en un momento; no como el helado ¿sabés? Si mi mamá hubiera sido el helado yo hubiera tenido tiempo de preguntarle cosas antes de que se muriera del todo. 
– Si querés yo te puedo decir esas cosas. 
La nena se encogió de hombros y sonrió. También su sonrisa era a medias, una sonrisa triste. 
– Vos no me vas a poder decir nada de lo que quiero saber. porque no lo sabés. 
– Eso creés. Se que la vida es. es. bastante linda, que se sufre, que se llora, se golpean los puños contra las paredes, se odia, se huye. pero se vuelve, siempre se vuelve. 
– ¿Adónde se vuelve? 
– A uno mismo. Yo ando por ahí, descubriendo cosas hermosísimas y llenas de colores como flores y mariposas y bichos de luz y giros de calesita y molinillos que dan vueltas en el viento, ¡vos también vas a verlo! 
– ¿Y de qué te sirve verlo? ¿Se te mete adentro y se queda con vos? ¿Las flores no se secan, las mariposas no se mueren, las calesitas no se tapan de noche con una lona, los molinillos no se rompen, los bichos de luz no se apagan? 
– Sí, pero cerrando los ojos se puede recordar, y recordar es como resucitar las cosas lindas. 
La nena se comió el cucurucho crujiente, se limpió las manos en el vestido y después en el pelo, se acercó más a mí y me pasó un dedo por la cara. 
– Pobre -dijo- cuántas mentiras vas a tener que inventarte hasta llegar a ser como sos. 
¿Inventarme? ¿Mentiras? Desde que era como ella me inventaba mentiras. 
Me inventaba una mamá para hablar de ella en clase, con mis compañeras de la escuela. Una mamá que no me dejaba jugar con los zapatos nuevos y me metía los brazos debajo de la sábana para que no me picaran los mosquitos. Me inventaba un papá sonriente y cariñoso que nunca me pegaba, nunca me gritaba y nunca me hizo temblar de miedo. 
Me inventé bellos recuerdos para no llegar a esta edad sin una infancia y una adolescencia parecida a la de todo el mundo. 
– Tenés razón, nena. Demasiados inventos. Y eso no hace que se evapore la tristeza. ¿Cómo podés saber tanto de mí? 
Ella volvió a sonreír, se mordió una uña. Sus manitos eran muy parecidas a las mías de ahora, esas, Joaquín, que vos dijiste que eran como las manos de Blancanieves cuando aquel obrero con lágrimas en los ojos las estrechó entre sus manzanas para decirme que le había gustado mi libro. Esas manos, Marcucci, que, como las tuyas, abrieron y cerraron mil veces mil cajones para buscar estimulantes, sedantes, estimulantes, sedantes, estimulantes, sedantes. sedantes demás y un médico que te tiene toda la noche despertándote a cachetada limpia para que no entrés en coma.
Esas manos, Gudi, que no son de Ceciliazul sino simplemente de P.B., que cuando está que no da más se envuelve en un abrazo y se hace la que no es ella la que se abraza sino su mamá que la abraza (porque Ceciliazul no existe ni existió, y yo sí, y mi mamá existió y mis ganas de tenerla y rezongarle y que me rezongue y que me rete y yo mandarla al diablo y besarla y que me bese, existen). 
Y la nena me tendió las manos y cuando quise apretárselas se esfumó, se hizo un movimiento de aire. 
Era la que no quiero recordarla nunca; la que dejé abandonada en el jardín de la casa de mi abuela. Y ella no se da por vencida, cada tanto vuelve, cada tanto se me aparece con su helado lento y rosado, con sus manos de uñas comidas, con sus ojos ni lindos ni feos pero sí tan tristes que no se parecen a los de nadie, solamente a los míos cuando me los lavo de noche y los puedo mirar tal cual son en el espejo. Ahora la estoy criando junto con mi hija para que alguna vez pueda ser grande. Para que alguna vez yo pueda ser grande, para que alguna vez yo quiera asumirme, crecer
Y me escribí una carta, yo sola nomás, de pura tristeza. De pura ternura que tenía ganas de darme. a cambio de nada.

Poldy Bird

Publicado en Cuentos para leer sin rimmel , Editorial Sudamericana, Buenos Aires, 1971.

Categorías: Cartas de ficción

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