Madrina:

Una tristeza, que no llego a comprender, se alberga en mi corazón, de noche, cuando se encienden las primeras luces de tu cuarto. Desde que nací, vivimos en esta misma casa: tiempo suficiente para saber que el corredor aísla y no une los cuartos. Te encierras con llave, como en una torre, todas las tardes, desde aquella vez que no quisiera recordar, pero que está en el fondo de mis pensamientos, como esos telones pintados que había antiguamente en las salas de los fotógrafos. Frente a tu ventana, se extiende el jardín, donde hay columpios, toboganes y trapecios, desde los cuales te atisbo cuando abres las ventanas. Crees que juego cuando me ves en los columpios, o con niños de mi edad jugando a la rayuela, o con perros. ¡Cómo te equivocas! Si jugar es divertirse, nunca juego. ¿Qué nombre puede tener lo que hago cuando parece que me entretengo? Hasta los perros comprenden que estoy triste, y lamen las suelas de mis zapatos incorrectos. Pocas personas me quieren y yo sé por qué esto ocurre. Es porque uno ama sólo a los seres que se aman a sí mismos, y yo no me amo, porque no encuentro motivos valederos para amarme, ni siquiera cuando me veo tocando el violín, como un hombre grande, en el espejo, ni cuando saco buenas notas en la escuela. 
Guardo mi violín debajo de la cama, por costumbre, y a veces, cuando estoy desvelado, no recordando el exacto sonido de sus notas, abro la caja del instrumento y rasgo las cuerdas levemente; pero esto no basta para que me duerma. Mi afición por la música no es tan grande para que pueda engañar a los otros ni a mi mismo. Es para quedar despierto que me preocupo por el sonido de las cuerdas. Oigo la puerta de calle que se abre y la voz de Juan que llega a visitarte. ¡Todas las noches! A veces me levanto y los espío. La familiaridad con que te trata, me parece peor que indecente. Lo mataría, créeme; no lo hago, por no causarte una pena; ya bastante sufriste por mi culpa aquella tarde en que intenté darte una sorpresa. Nunca contemplé tu rostro con tanto recogimiento. Es cierto que era la primera vez que te veía dormida. Toqué el violín, pianísimo, para que la sorpresa no resultara desagradable y para que nadie me descubriera. ¿Cómo me atreví a entrar en tu cuarto a esas horas? Creía que mi madre no estaba en la casa; eso me dio coraje; también me dio coraje todo lo que ella hacía para separarnos. Cuando abriste por fin los ojos, se abrió también la puerta y entró mi madre, como la imagen de una furia. Me golpeó primero a mí, después a ti. Dabas la espalda a la puerta y no veías el cuchillo, sobre la mesa, que tomé, dispuesto a matarla, porque te había tocado. La luz que nos iluminaba como a través de mil vidrios colorados, era del color de la sangre. 
Mi madre no me perdona el amor que tengo por ti. Yo no perdono el amor que tienes por Juan. 
Me iré de esta casa. Olvidaré que existen los cuchillos, los violines, tu rostro y esa luz roja de la violencia. Entraré en un claustro. Pediré a la Virgen un favor: no celarme ni inspirarme celos.

Silvina Ocampo 

Publicado en Las invitadas, Buenos Aires, Ediciones Orión, 1979.


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