De Aldo Pellegrini a Osiris Troiani – [septiembre] de 1954

Estimado Troiani: 

He leído atentamente su carta y creo que debo contestarle. No es fácil hacerlo, porque yo sí me he sentido amigo suyo y el tono de su carta no invita a una respuesta amistosa. No por el hecho de discutir mis ideas y las de mis amigos, sino por la salsa de inexactitudes, afirmaciones gratuitas, incongruencias y especialmente por la actitud de vidente con que pretende descubrir mi pensamiento secreto siempre del modo más desfavorable. Se dará cuenta usted que todo eso no resulta un buen condimento para la amistad. Pero ya que he hecho afirmaciones sobre su carta quiero adelantarle las razones de lo que digo: usted acude por ejemplo a afirmaciones inexactas cuando nos endosa una admiración por Cocteau y René Char que no existe y nos adjudica un repudio por Aimé Césaire que es, en cambio, demostrada admiración total. Cae en incongruencia cuando asesina a Latorre a causa de su falta de respeto por la literatura italiana y a renglón seguido liquida de un plumazo el pensamiento de Breton, Kandinsky y Mondrian. Nos atribuye inspiración de todo lo extranjero si es consagrado y no se da cuenta de su flagrante contradicción ya que Latorre discute a los italianos que son extranjeros consagrados. Y en este ultimo punto, si se me ocurriera imitar su estilo tendría que decir lo siguiente: 
«Vamos, amigo Troiani, yo que lo conozco bien, sé lo que en realidad usted piensa; hablemos con las cartas sobre la mesa: ¿no es cierto que usted está conmigo en que el neo-realismo italiano es sólo un conglomerado de bodrios?» Y siempre siguiendo su estilo agregaría: «Yo sé que usted no es nada tonto, entonces, amigo Troiani, ahora, que estamos en tren de confianza, quítese la capa y dígame: ¿qué juego se oculta detrás de todo este ataque a «Letra y Línea»? 
Pero no; creo que por estar planteada nuestra diferencia frente al público, éste se merece más consideración y debo contestarle seriamente. Tiene usted el mérito de haber intentado recopilar, por primera vez y de modo frontal, una argumentación contra nosotros. Digo recopilar, porque como usted perfectamente sabe, muchos de sus argumentos son los que nos lanzan habitualmente desde hace un tiempo. Usted les ha agregado, sin duda, la salsa que menciono más arriba. 
Ya de partida comete un error al asociar «Letra y Línea» con los surrealistas error que no le van a perdonar la mayor parte de los colaboradores de la revista. De los nueve nombres que figuran en la nómina inicial, sólo tres se declaran surrealistas: Latorre, Molina y yo. De los otros, algunos se consideran (y no tienen reparos en declararlos) enemigos francos de dicha ideología. La revista -como aparece claramente en su justificación del primer número y se repite en los siguientes- admite toda clase de colaboraciones dentro de un criterio de amplia modernidad. 
Afirma después usted que somos un grupo iconoclasta y eso parece interesarle, pero a renglón seguido nos destruye comparándonos con el grupo de «Martín Fierro», «que tenían el don del gracejo». Si la travesura es lo que a usted le interesa en toda aventura del espíritu, resulta evidente que no puede encontrarla en nosotros. La nuestra no es una iniciativa deportista; desgraciadamente para los que piensan como usted, nos tomamos en serio el mundo y la vida y hacemos prédica del mal humor o sea simplemente del humor (condición que está en el polo opuesto del gracejo). 
Estoy -como todo el mundo- de acuerdo con usted en que es misión de la crítica discernir valores. Eso intentamos hacer nosotros; no comprendo, por lo tanto, por qué le disgusta. Nuestra mentalidad «a partir de 0» no trata de hacer tabla raza de toda la cultura precedente (además, usted mismo se contradice al decir más adelante, que nosotros solo pensamos en función de un pasado muerto), sino que hacemos tabla rasa de la falsa cultura y nunca damos nada por admitido sin examinarlo previamente. ¿No le parece que esa tarea de revalorizar el pasado compete normalmente a toda generación? 
No creo que sea tarea menor rectificar los valores considerados vigentes e inamovibles. Es un deber frente al público engafado y aún frente a los más lúcidos que desesperan de toda posibilidad cultural en el país. La nuestra implica, en definitiva, una crítica de la crítica, al tratar de rectificar los errores de apreciadores ineptos o los enjuagues de camarillas literarias o artistas autobombistas. Cuando usted mismo se permite enumerar una serle de escritores argentinos y considerarlos aptos para papanatas (juicio despectivo hacia el público que es injusto y además extraño en usted) lo hace con tal naturalidad gracias a que «Letra y Línea» ha abierto el camino de una revalorización. 
Si nosotros proponemos la poesía y pintura surgida en el primer cuarto de este siglo es porque sus autores representan nuestros clásicos. Los artistas de hoy son descendientes directos de ellos, así como ellos lo fueron a su vez de otros anteriores a quienes respetaron y admiraron. ¿Resulta eso extraño? ¿Resulta extraño que nuestros maestros sean Apollinaire, Jarry, Reverdy, Artaud, Breton? ¿Resulta extraño que los pintores nuevos admiren al Picasso de las luchas por el cubismo, a Delaunay, a Kandinsky, a Klee, a Mondrian? La influencia de estos grandes creadores se ha producido en extensión y profundidad y hoy ni siquiera los reaccionarios están libres de ella. Pero nosotros combatimos también a los mercachifles y mistificadores de los modernos, por eso rechazamos a Cocteau que usted nos enjareta tan gratuitamente. Y esa es también gran parte de la tarea, de una generación: valorizar el aporte de lo pasado inmediato, deslindar lo verdadero de lo falso. 
La afirmación de que el vanguardismo en principio es un nuevo academicismo resulta bastante extraña. Quizás se deba a que no ha expresado claramente algo en que posiblemente estemos de acuerdo: mezclados siempre entre los verdaderos creadores de un mundo se encuentran los factores de material de vanguardia para tontos, los fabricantes de «pastiches». Todo esto es inevitable, siempre ha sucedido y constituye la revancha de los mediocres. Pero tal cosa no ha invalidado nunca a ningún movimiento renovador. 
Su juicio sobre Picabia es tan categórico que me hace sospechar su desconocimiento de la obra de este extraordinario personaje de la vanguardia artística de nuestro siglo. La influencia de Picabia no resulta tanto de su obra (de la que quedan sin embargo, ejemplos notables de permanente validez; su obra poética, por ejemplo, aunque no muy abundante tiene excepcional calidad) como de su actitud e influencia personal. Pertenece a la serie de hombres ejemplares, tipo socrático, cuya conducta y palabra dejan una influencia perdurable. En el mismo sentido, la influencia de su amigo Duchamps es considerable, y si usted tuviera en cuenta solamente el volumen de la obra realizada por él, debería considerarlo, de acuerdo con su criterio, simplemente un jugador de ajedrez 
Entre otras afirmaciones gratuitas, usted enuncia que aceptamos a Char y rechazamos a Césaire. No puedo comprender en qué se funda su convicción, pero por lo menos revela que no ha leído sino muy parcialmente nuestra revista. En efecto, en el primer número de «Letra y Línea» aparece un extenso artículo de Molina destinado a exaltar del modo más admirativo posible la figura de Césaire. Y para terminar con todo malentendido debo declararle que de ningún modo admiro a Char a quien considero no un clásico sino un académico, vanguardista para horteras y profesores de enseñanza literaria, que hace el «pastiche» de las «Iluminaciones» vistiéndolas a lo Racine y que no tiene más «Furor y misterio» que en los títulos. A él oponemos el verdadero furor y misterio de Césaire cuya obra despierta nuestra admiración sin reservas. 
Por otra parte la razón por la cual tardamos en hablar de Tardieu, Gallevic y Audiverti es porque se trata simplemente de poetas mediocres, sin originalidad. Ninguna razón sino una elección al azar puede haberle inducido a preferirlos a Verdet, Toursky, o Ganzo, que tiene -por orden- características similares. Otros son los poetas que nos interesan por aportar una voz realmente nueva y los irá us ted conociendo si lee nuestra revista. Como usted ve, no aceptamos con facilidad lo extranjero. 
Le declaro que no entiendo qué quiere decir con sus alusiones a los escritos de Kandinsky y Mondrian y menos qué relación tienen dichos artistas con el surrealismo (porque no creo que usted adhiera a la opinión popular que designa toda manifestación de vanguardia como surrealismo, así como antes se la llamaba futurismo). Debo confesarle que nunca he roto lanzas por defender los textos de Kandinsky o Mondrian y que ellos me interesan enormemente como pintores. De todos modos esos textos -en lenguaje que seguramente no responde al más estricto rigor filosófico ni lo pretenden- contienen ideas luminosas y reflexiones de inestimable valor para quienes se interesen por la evolución del pensamiento artístico. Ese es el valor de tales textos, el mismo valor que tienen los textos de Leonardo. Su tono despectivo, resulta, pues, fuera de lugar. 
Y pasemos ahora al surrealismo que parecería ser el motivo central de su carta. Como hacen todos los enemigos de esa ideología se apresura usted a darlo por muerto, mejor dicho a recitarle una oración fúnebre sin más trámite. ¿No le parece un poco extraño que desde el día de su nacimiento hasta la fecha todos los años se entierre sistemáticamente el surrealismo, corriendo la reacción con todos los gastos? Desde hace exactamente treinta años pasa lo mismo y me parece ya demasiado entierro repetido para un solo cadáver. Por lo menos indicaría que el surrealismo se niega a morir, a pesar de las seductoras y solemnes exequias que se le ofrecen. 
El segundo paso que todo el mundo realiza después de la oración fúnebre al surrealismo es el ataque a Breton y ninguno llega ni de lejos a lo que usted afirma, y no llegan tan lejos simplemente para no caer en lo ridículo. Usted dice que Breton no es filósofo y tiene razón porque no sólo Breton no pretende serlo- sino que repudia directamente todo pensamiento especulativo. No siendo filósofo no puede ser liquidado como filósofo. Quizás usted quiera referirse a su labor doctrinaria (palabra que no me disgusta por su sabor subalterno) en la que Breton ha codificado o mejor ha reunido determinados principios que los surrealistas consideran fundamento de su ideología. Hacer una declaración de principios, si bien significa tomar posición frente al mundo, no implica una filosofía sistemática y es obra que realiza consciente o inconscientemente todo ser humano. En realidad Breton es esencialmente un poeta, uno de los más Importantes de este siglo, aunque su obra tenga consecuencias filosóficas. 
Y entremos a aclarar algunos malentendidos sobre el surrealismo que tiene el curioso mérito de ser una ideología generalmente desconocida por quienes la combaten. 
El surrealismo no es la creación de un solo hombre y en su formación han confluido todas las corrientes que señalan la insurrección esencial del hombre del siglo XX. Esta insurrección abarca todos los planos de la actividad humana y no es puramente estética como pretenden algunos. Deteniéndonos, sin embargo, en este terreno, se ha producido desde comienzos de siglo una profunda conmoción en las convicciones estéticas del hombre actual. Podríamos sintetizarla como derrumbe definitivo de la noción de canon heredada de la cultura grecolatina. El arte se hace más universal al aceptar el valor estético de los productos de otras civilizaciones desde los primitivos hasta los pueblos orientales, incluyendo los denominados pueblos salvajes. En el plano de la pintura, se ha desarrollado la revolución más importante, pues de todas las artes era la más sometida a la consigna aristotélica de la imitación. 
Pero las realizaciones estéticas no son para el surrealismo más que uno de los factores de la liberación del hombre. Y en este sentido, para quienes consideran erróneamente al surrealismo un movimiento pesimista, vale aclarar que nada hay más optimista que creer en la libertad integral. Los surrealistas la creen posible en una futura Edad de Oro. Creen en un hombre libre sin represiones y con la posibilidad de realizarse íntegramente. Creen en un destino humano para el hombre. En lo que no creen es en la sonrisa imbécil y convencional de los que intentan disfrazar la vaciedad y la carencia de rumbos. El optimismo no consiste en la aceptación cándida de que vivimos en el mejor de los mundos posibles. El surrealismo señala la situación angustiosa del hombre del presente, pero no la considera sin salida, lucha por señalar la existencia de esa salida y combate los obstáculos que se la ocultan; entre ellos, un obstáculo que habita en el Interior mismo del hombre: el de las convenciones. Por eso el surrealismo es esencialmente disconf ormista y fundamentalmente optimista. 
El pensamiento surrealista es antidogmático (por eso no puede hablarse de ortodoxia en el sentido en que usted lo hace). Sus características son la fluidez dialéctica (en el gran significado de esta palabra, hoy tan desprestigiada) confrontándose con las circunstancias y exponiéndose a juicio continuamente. La superrealidad no significa vivir en un mundo extraterreno sino vivir en la única y verdadera objetividad: la unión de los mundos exterior e interior del hombre. Esta misma concepción holoística vale para lo social, en la que el concepto de masa no anula al hombre sino que lo incorpora. 
Todo esto para explicarle que cuando se refiere a mi como temiendo caer en heterodoxias, puede quedarse tranquilo porque me declaro surrealista por el hecho mismo de ser fundamentalmente heterodoxo y el surrealismo no me impone más dogma que el de la libertad integral. En ese sentido no he dejado de chocar con las opiniones de algunos surrealistas amigos. El homenaje que preparé para Eluard en A partir de 0, mi articulo «Surrealismo y Arte concreto» en Nueva Visión han sido motivo de disgusto para algunos, pero no cometo la debilidad de atribuir a la doctrina, lo que es defecto de interpretación de los hombres. 
De todos modos formamos en este momento los surrealistas en la Argentina un grupo de camaradas, ligados por una amistad fraternal sin ejemplo y poseídos del mismo fervor. Conviene que conozca sus nombres para no equivocarse en adelante: son ellos hasta este momento: Carlos Latorre, Francisco José Madariaga, Enrique Molina, Juan Antonio Vasco, Juan Esteban Fassio y yo. Y no menciono a una multitud de amigos que piensan como nosotros y nos apoyan. 
En el párrafo final de su carta dice que es necesario destruir el provincialismo en nuestra literatura. ¿No es ésa la tarea que nosotros y exclusivamente nosotros, estamos intentando en este momento? Luego habla usted de que estamos maduros para la gran poesía, esa que «no consuela sino que atormenta». Si cambiara el término enfermizo de «atormenta» por el más preciso de «inquieta» estaríamos de acuerdo, con la diferencia, todavía de que no se trata de la gran poesía, sino simplemente de la poesía, la única posible, la que es expresión de la vida, para la cual siempre estamos maduros cuando somos naturalmente humanos y nos arrancamos los tabús del GRAN PARTE, del artificio, del exhibicionismo, de la vanidad. 
Y como tema final propongo el de la amistad con que usted empieza y termina su carta. Le manifiesto que no comprendo una amistad que no pueda ser sincera en el diálogo directo, en el contacto humano y deba recurrir a la epístola brillante para lograr la sinceridad a través de frases más o menos bien construidas. Creo que se puede ser sincero mediante cualquier medio de expresión y yo siempre lo he sido con usted en nuestros diálogos, aún usando el «tosco» lenguaje de la conversación diaria. Le ruego, por lo tanto, que no me haga cómplice de su falta de sinceridad en esos casos, ni ella le autoriza a suponer o adivinar cosas distintas de las que he expresado siempre con entera claridad. 
De todos modos ya que se ha presentado la oportunidad de poder explicarnos por escrito, espero que ésta sea también la oportunidad de iniciar una nueva etapa en nuestra relación de amigos: la de la sinceridad en todos los terrenos y con todos los lenguajes. 
Cordialmente 
Aldo Pellegrini 

Publicado en la revista Capricornio , número 7, setiembre-octubre de 1954

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