De Antoine de Saint-Exupéry a su madre, Buenos Aires, enero de 1930

Buenos Aires, enero de 1930
Madrecita mía:
Estoy leyendo ‘Dusty Answer’; pienso que a todos nos gusta esta novela, igual que ‘La ninfa constante’, porque nos reconocemos en ellas. Nosotros también formamos una tribu. Y ese mundo de recuerdos de infancia, de nuestro lenguaje y de los juegos que nos inventábamos me parecerá siempre desesperadamente más auténtico que el otro.
No sé por qué pienso esta noche en el frío vestíbulo de Saint-Maurice. Nos sentábamos sobre los baúles o en los sillones de cuero, después de la cena, mientras esperábamos la hora de ir a la cama. Y los tíos caminaban de un lado a otro del pasillo. La iluminación era escasa, oíamos fragmentos de frases, era misterioso. Misterioso como el África profunda. Luego, se organizaba el ‘bridge’ en el salón, los misterios del ‘bridge’. Nos íbamos a dormir.
En Le Mans, a veces, cuando ya nos habíamos acostado, usted cantaba en voz baja. Su canto nos llegaba como los ecos de una gran fiesta. Así lo percibía.
La cosa más “buena”, la más apacible, la más amiga que jamás he conocido es la pequeña estufa de la habitación de la parte alta, en Saint-Maurice. Nada le ha dado nunca tanta tranquilidad a mi existencia. Cuando me despertaba en medio de la noche, zumbaba como un trompo y dibujaba un muro de grandes sombras. No sé por qué me hacía pensar en un perrito fiel. Esa pequeña estufa nos protegía de todo. A veces usted subía, abría la puerta y nos encontraba envueltos en un generoso calor. La escuchaba zumbar a toda marcha y volvía a bajar. Jamás he tenido un amigo como ella.
Aquello que me enseñó la inmensidad no fue la Vía Láctea, ni la aviación, ni el mar, sino la segunda cama de su dormitorio. Enfermarse era una suerte maravillosa. Todos queríamos enfermarnos, cada uno a su turno. Era un océano sin límites al cual la gripa daba derecho. Había también allí una chimenea viviente.
Quien me enseñó la eternidad fue la señorita Marguerite.
No estoy tan seguro de haber vivido después de la infancia.
Ahora estoy escribiendo un libro sobre el vuelo nocturno. Pero, en su sentido más íntimo, es un libro sobre la noche (nunca he vivido sino hasta después de las 9 de la noche).
Este es el comienzo, son los primeros recuerdos de la noche:
“Dormitábamos en el vestíbulo cuando caía la noche. Aguardábamos el paso de las lámparas: las llevaban como un haz de flores y cada una agitaba en la pared sombras bellas como palmas. Luego el espejismo giraba, luego encerraban en el salón el ramillete de luz y de palmas oscuras.
“Entonces, el día había terminado para nosotros y, en nuestras camas de niños, nos embarcábamos hacia un nuevo día.
“Madre mía, usted se inclinaba sobre nosotros, sobre este puerto de partida de ángeles, y para que el viaje fuera apacible, para que nada perturbara nuestros sueños, borraba cada pliegue, cada sombra, cada ola.
“Porque una cama se apacigua como un dedo divino al mar”. Lo que sigue son travesías de la noche, menos protegidas, el avión.
Usted no alcanza a imaginar esta inmensa gratitud que le profeso, ni qué casa de recuerdos me ha regalado. Pareciera que yo no sintiera nada, pero creo que simplemente me defiendo por temor.
Escribo poco, no es mi culpa. La mitad del tiempo tengo la boca cosida. Esto ha sido siempre más fuerte que yo.
En el día hice una bonita expedición de 2.500 kilómetros. Fue regresando del extremo sur, donde el sol se oculta a las 10 de la noche, cerca del estrecho de Magallanes. Es muy verde: casas sobre pastizales. Extrañas casitas de lámina de metal ondulada. Y las gentes que, a fuerza de sentir frío y de congregarse alrededor de las fogatas, se han vuelto muy afables.
El sol perdía color en el mar. Era hermoso.
Este mes le envío 3.000 francos. Creo que todo saldrá bien. Los tendrá hacia el 10 o el 15. Le he enviado 10.000 francos en total (sumarán 13.000). Pero no tengo idea si los recibió ni si le agradó que se los enviara. Me habría gustado mucho saberlo.
Le mando un beso muy dulce y cariñoso,
ANTOINE

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