Mi pequeña Ida.
Acabo de llegar tras doce horas interminables en un tren que me dejó completamente cubierto de hollín. Lo he limpiado lo mejor que he podido y mi primer pensamiento, antes incluso de ir a cenar, eres tú. ¿Te alegra? ¿Me dirás una vez más que sólo tú me amas, mientras que yo no te amo a ti? Yo también te quiero, mi querida Ida, aunque todavía no he podido demostrártelo.

Durante mi viaje, he pensado mucho en ti. Cada vez que alguna pareja de jóvenes casados entraba en mi compartimiento, pensaba en nuestro viaje, el que planeamos. Qué feliz sería de tenerte conmigo hoy, mientras el tren se mueve bajo un cielo sin nubes a través de los campos que muestran toda la seductora melancolía del otoño, hacia la bella Roma que aparece frente a mí justo cuando el ocaso enciende el horizonte de las sietes colinas de la Ciudad Eterna.

Esta tarde habríamos estado juntos, y sin embargo… Mañana te enviaré algunas postales. Con seguridad estaré en Milán el martes o el miércoles por la tarde. Sé buena, mi pequeña amiga y piensa en mí a menudo. Te abrazo con toda la pasión de nuestros momentos de intimidad y amor. Permanezco como tu fogoso amigo y amante.

                                                                                                                                    BENITO