De Gabriela Mistral a Manuel Magallanes Moure – Carta VI

26 de febrero

Manuel:

Ya fueron de aquí dos mías que Ud. ya ha leído. Por ellas sabe la causa de ese silencio que casi fue definitivo. ¿Razones para esa resolución extrema? me dirá Ud. Ninguna, Manuel; si desde algún tiempo yo he salido de la órbita donde se mueven los seres equilibrados. 
Pero ya el torbellino pasó, Ud. lo ha visto. Perdóneme tantas miserias y quiera justificarlas: ¡Me han hecho tanto mal en mi vida! Agregue a eso la convicción sencillamente horrible que tengo sobre mí: nadie me quiso nunca y me iré de la vida sin que alguien me quiera ni por un día. 
Estoy muy triste de saberlo enfermo, primero, por lo que Ud. padece; segundo, por todo lo que sobrevendría si Ud. se agravara. Cuando uno se enferma de grave mal nos consideran propiedad suya, como un objeto triste, los nuestros. Así lo tomarían a Ud. y yo no podría verlo jamás. ¿Comprende mi amargura? Es preciso que Ud. sane, porque quizás teniendo salud la vida nos ponga una fisonomía menos dura. 
A pesar de la ráfaga de locura que me pasó por la cabeza y por el corazón, yo le pido que confíe en mí. Mi verdad se la diré siempre. Le contaré todos mis tormentos, mis dudas, mis vergüenzas y mis ternuras.
Hoy ya no tengo mi paz de ayer. ¿Lo notó en la hoja que agregué a mi anterior? Pero yo soy robusta y puedo resistir mucho. Quiero que no discutamos «la manera de querernos». Si el amor es lo que Ud. me asegura, todo vendrá, todo, según su deseo. Si estoy en un error muy grande separando la carne del alma, toda mi quimera luminosa será aplastada por la vida y querré como Ud. desea que quiera. Pero no me engañe, Manuel, no me dé una mano reservando la otra para retener quién sabe a que fugitiva. Yo no estoy jugando a «querer poetas»; esto no me sirve de entretención, como un bordado o un verso; esto me está llenando la vida, colmándomela, rebasando al infinito.
Dígamelo todo. (En poco más le diré cómo me escribirá con confianza.) Y cuando me conozca y el edificio dorado se derrumbe, sea honrado, dígamelo también. Yo no le pediré sino eso: lealtad, nada más. Yo lo sufriré todo: el no verlo, el no oírlo, el no poder decirle mío porque mío no puede ser; todo, menos que juegue con este guiñapo de corazón que le he confiado con la buena fe de los niños. 
Sane, no haga desarreglos; no se desabrigue; no ande demasiado; levántese tarde; no se exalte, coma abundantemente. 
Espero con ansia su carta. ¡No sé de su corazón hace tanto tiempo! Como sus cartas me dicen poco de él, se me antoja extraño, lleno de otros sentires, consumido de otra fiebre, repleto de otras cosas. ¡Si yo pudiera creer un momento siquiera que al menos hoy es mío, bien mío! ¡Si en este momento de ternura inmensa te tuviera a mi lado! En qué apretado nudo te estrecharía, Manuel! 
Hay un cielo, un sol y un no sé qué en el aire para rodear sólo seres felices. ¿Por qué no podemos serlo? ¿Lo seremos un día?

Tu L.

Publicada en Gabriela Mistral, Cartas de amor y desamor, Santiago de Chile, editorial Andrés Bello, 1999.Selección y recopilación de Sergio Fernández Larraín.

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