De Honoré de Balzac a Ewelina Hánska, 19 de junio de 1836

MI ÁNGEL AMADO:

Estoy loco por ti, casi loco del todo, tanto como uno pueda estarlo: soy incapaz de asociar dos ideas sin que tú te interpongas entre ellas. Ya no puedo pensar en nada que no seas tú. A pesar de mí mismo, mi imaginación me arrastra a ti. Te agarro, te beso, te acaricio, un millar de caricias, de las más amorosas, se apodera de mí. En mi corazón estarás siempre, no hay duda. Ahí te percibo de una forma deliciosa. Pero ¡ay, Dios mío! ¿Qué será de mí si me has privado de la razón? Hay una monomanía que esta mañana me aterroriza. Me levanto a cada momento y me digo: «¡Venga, vamos para allá!». Luego me vuelvo a sentar, porque no olvido mis obligaciones. Hay un conflicto espantoso. Esto no es vida. Nunca antes me he sentido así. Lo has devorado todo. Me siento necio y feliz en cuanto me permito pensar en ti. Giro en el remolino de un sueño delicioso en el que a cada instante vivo mil años. ¡Qué situación tan horrible! Vencido por el amor, sentir amor en cada poro, vivir solo para el amor, ver cómo a uno lo consumen los pesares y queda atrapado en un millar de telas de araña. Oh, mi querida Eva: tú no lo sabías. Cogí tu tarjeta. Está aquí, delante de mí, y le he hablado como si tú misma estuvieras aquí. Te veo, como pasó ayer, bella, increíblemente bella. Ayer, durante toda la tarde, me estuve diciendo: «¡Es mía!». ¡Ah! ¡Los ángeles no son tan felices en el Paraíso como yo lo fui ayer!

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