De Jorge Luis Borges a querido compañero – Hotel Ranzini, [Barcelona, 1919]

Hotel Ranzini


Querido compañero:


¡Al fin aquí me tienes en España! Nos encontramos en Barcelona desde hace una semana. 
A mí, para decirte la verdad no me entusiasmaba mucho la idea del viaje, me resultó triste dejar Ginebra, Ginebra, la ciudad festiva y sonriente, la de las gentiles muchachas francesas….. 
Pero en fin, sonó la hora de los adioses; me despedí de Emilie —estaba triste la pobrecita— y de Adrienne a quien encontré por casualidad, más linda y más traviesa que nunca. 
El viaje fue interesante. Atravesamos el Midi de la Francia, tierra de llanuras y cuchillas. Casi todas sus ciudades, Narbonne, Tarascón, Perpignan, dan la misma impresión que las ciudades provincianas argentinas, con las idénticas casas blancas de un piso de alto o dos, con las amarillas tejas españolas, las rejas en los balcones, los perros tirados al sol en las veredas, en fin la misma sensación de calor, de dejadez, de suciedad y de gente ñoña y holgazana que vive a la buena de Dios que es grande. 
Exceptúo naturalmente Lyon que es una gran ciudad. Vimos muchos soldados. 
Aquí en Barcelona hemos topado con un hotel excelente. Yo he pasado toda esta semana en visitar la ciudad. Ahora ya sé orientarme. 
Barcelona “grande ville, sonore, sale et suante” como le escribí a un amigo mío de Ginebra, un muchacho judío de quien creo ya haberte hablado, es difícil de clasificar.
Indudablemente aquí la vida es intensa. Se vive mucho de noche. Las calles son un río de gente, los cafés ponen sus mesitas sobre el bulevar, grandes carteles con letras de luz flamean a la entrada de los múltiples teatros de variedades y las notas tristes de organitos y de guitarras se mezclan al bullicio de los tranvías y los automóviles y a las voces de la multitud. 
Hay teatros y cinemas que comienzan la función a las once y media de la noche y terminan recién a las dos de la mañana. 
Contrasta con esta intensa vida noctámbula, la falta de parejas amorosas en las calles. En Ginebra nada más común, de tarde y de noche, que ver parejas y del brazo o enlazadas, y en los parques y jardines públicos, abrazándose y besándose con audacia magnífica. Nadie jamás se asombra ni se burla ni les dice nada. En Suiza nadie se mete con nadie. 
En cambio aquí desde mi llegada no he visto una sola pareja. 
Hablando de otra cosa ayer fui a los toros. Es un espectáculo cruel, salvaje, bárbaro, cobarde, pero también inolvidable y épico, algo de brutal magnificencia como debe ser presenciar un asesinato o un ataque a la bayoneta. 
Imaginate primero el vasto anfiteatro abierto bajo el vibrante cielo azul. Con sus cinco o seis mil espectadores que gritaban, silbaban, aplaudían y hacían barullo, parecía como el cráter hervoroso de un volcán. Y los toreros luego, todos ellos de caleta, chaqueta, calzón corto y medias rosadas, los picadores, lanza en ristre y jinetes sobre rocines míseros, el espada con un traje fulgente y su capa punzó. 
Al fin toca la orquesta, el populacho vocifera entusiasta y se abre la puerta del toril. Salió corriendo el toro, una bestia negra y pujante, y casi corneó a un torero. Le salió al encuentro un picador. Embistió el toro bravío, hundió su asta afilada en el vientre del rocín y caballo y jinete rodaron por la arena. El infeliz caballo murió casi enseguida. El picador salió ileso. Luego azuzaron al toro, clavaron banderillas sobre sus flancos, banderillas con cohetes que estallaban con gran estrépito y nubes de humo, y lo enloquecían. Al final muy cansado y desangrado, habiendo muerto otro caballo más y recibido un lampazo, fue ultimado por el espada. Yo vi matar seis toros, uno después del otro. El quinto fue el más fiero, mató casi enseguida tres caballos, saltó dos veces la barrera causando pánico general y cogió un torero por su cinturón, lo levantó de una cornada en el aire; el hombre cayó rodando en la arena. La chusma se pone como loca.
 ¡Lástima que la España gaste su entusiasmo y su fuerza en todo este sadismo bestial, en ese cruel festín de barro y de sangre! 
Valientes sin duda alguna son los toreros, pero el público…
En fin, la España no tiene el monopolio de los placeres crueles; más cruel y más cobarde y sin la magnificencia de colorido de los toros, es el fox-hunting en Inglaterra, donde se juntan treinta o cuarenta aristócratas, señoras y caballeros, y una jauría para matar un zorrito. 
Por hoy adiós, hermano. Saludos a tu familia, amigo queridísimo. Vale.


Jorge Luis Borges


Poste Restante Barcelona

Publicado en Cartas de un joven escritor, revista Ñ, junio de 2007

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