Señora, mi querida hija:

No os puedo ocultar que una carta que enviasteis al [ministro] Rosenberg me ha causado consternación. ¡Qué estilo! ¡Qué frivolidad! ¿Dónde está el corazón bueno y generoso de la archiduquesa Antonieta? Solo veo una intriga, un odio vulgar, afán de persecución, mofa. Una intriga que se habría podido corresponder con una Pompadour o una [Du] Barry, pero en ningún caso con una reina, una gran princesa; menos aún una princesa de la casa de Lorena y Austria, toda bondad y decencia. Me he pasado el invierno temblando ante la idea de que vuestro éxito es demasiado fácil, estáis rodeada de aduladores y os habéis arrojado a una vida de placer y ridícula exhibición. Estas carreras de placer, sin el rey y sabiendo que él no se alegra con ello y que solo por complaceros os acompaña u os permite hacer a vuestro antojo, ya me ha llevado a reflejar en mis cartas mis temores. Pero a juzgar por vuestra carta, debo confirmar tales temores …

Vuestra suerte acabará cambiando con rapidez y, por vuestra propia culpa, os precipitáis en las mayores desgracias. Tal efecto resulta de vuestra terrible disipación, que os impide aplicaros en nada. ¿Qué habéis leído? Y en ese caso, ¿os atrevéis a opinar sobre los asuntos más graves, sobre la elección de los ministros? ¿Qué hace el Abbé [de Vermond]? ¿Y [el conde de] Mercy? Me parece que os desagradan porque, en la medida en que no os adulan con vileza, os aman para que seáis feliz; no para entreteneros y aprovecharse de vuestras debilidades. Algún día lo reconoceréis, pero entonces será demasiado tarde. Yo no deseo sobrevivir hasta ver vuestro infortunio, y ruego a Dios que ponga fin a mis días con rapidez, pues ya no puedo resultaros útil y no podría resistir el perder y ver en la desgracia a mi querida niña, a la que amaré con ternura hasta mi último suspiro.