De Marcel Proust a su madre – Yate Hélène , 11 de agosto de 1904

Yate Hélène
Jueves 11 de agosto de 1904

Mi querida mamá:


Jamás podré explicarte hasta qué punto me haces falta aquí. El mar que amas tanto, colores que te encantarían, un aire que no tiene nada en común con el del comedor, una temperatura que obliga a cada uno a refugiarse en los chales (no en las piezas, por cierto, frente a las cuales el comedor es un helero. Me veo obligado a dejar mi tragaluz entreabierto, lo que me oprime en las mañanas debido a la humedad, pero es imposible abrirlo cuando se desea y hay que decidirse en la noche si quiere abrirse). Habiéndote visto sufrir por el calor, siempre huyendo, durmiendo pesadamente, querría verte aquí durmiendo y respirando. Háblale a Robert sobre tu cansancio del otro día y sobre los más mínimos detalles de tu salud. Yo no le hablo porque no quiero intervenir y molestarte si lo supieras (y aunque no lo supieras). Pero piensa que vivo a tu lado con los ojos cerrados, que puedes tener dolores, cólicos nefríticos, y que pudiste tener la enfermedad de este invierno sin que yo supiera nada. Por lo tanto, dame siquiera la tranquilidad de hablarle en detalle a Robert. La felicidad y la pena han madurado su naturaleza como un fruto que se convierte en dulce después de haber sido más bien un poco ácido. De manera que su inteligencia y su encanto te aconsejarán conjuntamente. Estoy desolado por la muerte de Waldeck Rousseau y doblemente, porque sé que debes de estar triste. En realidad se presiente que estos últimos meses deben haber sido tan cruelmente silenciosos, tan amargos, más decepcionado y desencantado de la vida que termina que angustiado frente a la muerte. Hubiera preferido quizá un poco menos de estrépito en lo de la conversión. 
“En cuanto a los sentimientos cristianos, hermano”.
Pero es muy inútil demostrar a la humanidad que la religión y la política nada tienen que ver entre sí, y que se puede ser severo con el clero y piadoso al mismo tiempo. Sólo que no creo que él lo fuese. 
Mil besos tiernos, pronto efectivos,
Marcel

Desde que comencé a escribirte me he calentado y no tengo nada de asma. Como en una ópera, te inclinaste sobre mí mientras escribía y la dulzura de nuestra conversación borró los últimos vestigios de opresión. Creo que partiré mañana por la mañana. Pero habrá que partir temprano. Y como almorcé poco, tendré que comer algo y eso no me permitirá acostarme temprano. ¡Complicado!

Mil besos tiernos,


Marcel

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