De Mariángela a «Mamita», Santiago, 11 de julio de 1994

Mamita:
Ya hace más de una semana que estoy aquí tratando de darme cuenta de donde estoy parada, todavía no lo consigo bien. Prometimos decirnos todo así que mejor te cuento que no estoy muy bien de salud, no es nada serio, por supuesto, pero tengo algo que empezó por una sistitis que por ahora no sabemos que corno es. Tengo unas lines de fiebre, apenas, nunca me sube más de 3792, ya se descartó una infección urinaria o renal. ahora me están haciendo otro análisis pero francamente no creo que den nada, se me ocurre que lo que tengo es un virus de estos malditos que llegan sin avisar y se van cuando se les da la gana.
No me siento mal porque me dieron un remedio para la sistitis que me alivió bastante, lo único es que me canso más de la cuenta.
Por otro lado el reemplazo de la FAO, todavía está en veremos, tengo otras posibilidades que todavía no se concretan, espero que salga en esta semana, creo que me bajaría la fiebre y el virus si iría a su casa.
No puedo dejar de pensar en vos y en las nenas, en lo absurdo de que tanto vos como ellas y yo nos sintamos solas sin poder remediarlo. no sé que estoy haciendo de este lado de la cordillera pero estoy francamente harta de la vida tome por mi decisiones que encima de todo implica a mis mas grandes afectos.
No sé como ayudarte desde tan lejos, me gustaría escribir una carta diaria, y decir cosas lindas, divertidas, extraordinarias. No puedo, esta carta, triste tonta y algo trasnochada me está costando un triunfo, no sé por qué.
Parece que, una vez más, necesito saber que el dolor no te doblega, que hay cosas en el mundo que te hacen feliz o que te ponen triste, pero no sin remedio, sino buscando una salida. No puedo evitarlo, soy hija, y en mi condición de tal necesito ser pensada por vos para existir. Para pensarme tenés que sobreponerte al dolor y a la pérdida. Pido mucho una vez más, así son todas las historias de amor de todos los tiempos.
Hace muchos años me fascinó la historia de Güemes y su mujer, cuando él se vió herido de muerte le dijo al amigo que trataba de socorrerlo que cuidara a su esposa, que ella… «vivió de mi vida y morirá de mi muerte». Así fue, su esposa se tiró en el suelo de una habitación oscura, se despidió de sus hijos que eran chiquititos y murió unos meses más tarde. Su hermana, Macacha Güemes, doblada de dolor, dedicó todas sus fuerzas a la tarea que Martín había dejado inconclusa, derrotar a los españoles. Ahora la pregunta del millón… ¿qué clase de amor elegimos nosotras? el «para mi» o el «para él».
Lo terrible de todo esto es que yo no puedo ayudarte, estoy tocando fondo y no sé que hacer con mi vida, de pronto lo que hice profesionalmente se diluyó en el espacio, vivo lejos de mis hijas y sin poder ayudarlas en nada, he perdido contacto con la realidad y los hijos de mi vida pasaron a manos absolutamente extrañas, no te asustes, no estoy vencida, pero estoy dando una pelea muy parecida a la del Quijote con los molinos de viento sin tener muy claro qué va a significar el derribarlos si es que lo logro.
El 16 de junio, luego de saber qué papá había muerto, en mi desesperación de no poder volar a abrazarte y darle el último beso, me senté a escribirte una carta, la llevé conmigo a Buenos Aires pero no sé por qué no me animé a dártela, ahora la mando, junto con este engendro.
Por favor, no hagas caso de mis tonterías, sí cuidate mucho, mirá las golondrinas y el rio que están ahí sólo para acariciarte.
Besísimos
Mariángela

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