Amigo mío:

He encontrado una criatura tan graciosa, tan delicada … que por mucho que la elogie o la ame, ella siempre merecería más. Debería contarte con qué redecillas de oro, dispersas entre flores, tejidas por Venus, tan agradables y placenteras que habrían bastado quizá para romper el corazón de un ser malvado … No debes creer que el amor, para llevarme, haya usado métodos ordinarios; pues sabiendo que no habrían sido suficientes para él, los usó extraordinarios, métodos de los que yo no sabía nada y de los que no podía protegerme. Baste decirte que cerca ya de los cincuenta años, ni estos soles me dañan ni las duras carreteras me cansan ni las horas oscuras de la noche me espantan. Todo me parece llano y a todos sus deseos … me adapto … Encuentro en esto tanta dulzura —tanto por la suavidad y maravilla de su rostro como por haber apartado de mí el recuerdo de todos mis problemas— que por nada del mundo, teniendo la posibilidad de liberarme, lo desearía. He abandonado pues todo pensamiento sobre los asuntos más grandes y serios … todo se ha convertido en dulces conversaciones por las que doy las gracias a Venus. Así pues, si se te ocurre escribir algo sobre la dama, escríbelo … Adiós.