Vuestro Lugarteniente acaba de informarme de que una tempestad os ha obligado a guareceros en el reino del Algarbe. Temo por vos y deseo desesperadamente que el mar no os haya maltratado, y este temor me ha tenido tan ocupada que no he podido pensar en todas mis desgracias. ¿Os habéis percatado de que vuestro Lugarteniente está más al corriente que yo de todo lo que os acontece? ¿Por qué está él mejor informado? ¿Y por qué no me habéis escrito desde entonces? ¡Sería una gran desdichada si no hubierais encontrado ninguna ocasión de escribirme desde vuestra partida! y en cualquier caso lo sería si lo encontrasteis y no me escribisteis. Vuestra injusticia y vuestra ingratitud resultan del todo extremas, pero aún estaría yo más desesperada si os comportaran alguna desgracia, prefiriendo ante todo el hecho de que queden impunes antes de que yo sea vengada. Me resisto a hacerme eco de cualquier idea que pudiera persuadirme, como el que ya no me amarais, y me siento inclinada a abandonarme ciegamente a mi Pasión antes que a las razones que me ofrecéis para lamentarme de vuestra carencia de cuidados. ¡Cuántas inquietudes me habríais ahorrado si vuestro proceder hubiera sido tan lánguido durante los primeros días en los que os conocí como el que me profesáis desde hace algún tiempo! Pero ¿qué mujer se habría podido resistir a tantas atenciones? ¿Y a quién no le hubieran parecido sinceras? ¡Qué profundo dolor es aquel que es fruto de la longeva sospecha de la buena fe de aquellos que nos aman! Sé muy bien que la menor excusa os bastaría, dado que sin que tengáis a bien el presentármela, el amor que siento por vos es tal y os sirve tan fielmente que no puedo consentir encontraros culpable más que para gozar del placer de justificaros ante mí misma. Me consumisteis con vuestras atenciones, me inflamasteis con vuestros arrebatos, me encantasteis con vuestros favores, me convencisteis con vuestras promesas, y por si ello fuese poco, jugasteis muy bien vuestras bazas para que mi inclinación violenta me sedujera, y ahora las consecuencias de estos comienzos tan agradables y dichosos no son otras que ríos de lágrimas, suspiros y una muerte funesta sin que yo pueda poner en ello algún remedio. Es cierto que al amaros descubrí en ello placeres sorprendentes, pero el precio que debo pagar por ello lleva consigo extraños dolores y todos los pensamientos que ellos me producen hacia vos son extremos. Si hubiera podido resistir con obstinación a vuestro amor, si hubiera podido daros algún motivo de dolor o de celos, para poderos inflamar desde un principio, si os hubierais percatado de algún tipo de deferencia artificiosa en mí conducta, si hubiera, en definitiva, querido oponer mi razón a la inclinación natural que siento por vos y de la que vos me hicisteis percatarme rápidamente (a pesar de que mis esfuerzos hubieran sido sin duda inútiles), podríais ahora castigarme severamente y serviros de vuestro poder. Sin embargo, me parecisteis amable, y antes incluso de que me dijerais que me amabais, me testimoniasteis una gran Pasión, de la que me siento dichosa, y por la que me abandoné a amaros perdidamente. Sin duda, vos no actuasteis de forma tan ciega como la mía, entonces ¿por qué os tomasteis las molestias para que ahora yo me encuentre en tal estado? ¿Qué es lo que os movía de importante para suscitar en mí tales arrebatos? Sabíais muy bien que no estaríais en Portugal para siempre, ¿entonces por qué me elegisteis para luego hacerme tan desgraciada? Sin duda, y dado que no buscabais otra cosa que lo tosco, hubierais podido elegir en este país a otra mujer que fuera más bella y con la que habríais disfrutado de los mismos placeres, que os habría amado fielmente mientras hubiera estado con vos, que además el tiempo habría podido consolarla de vuestra ausencia y que vos la habríais abandonado sin perfidia y sin crueldad. ¿Acaso este proceder no se corresponde más con el de un Tirano, sujeto al acoso, que con el de un Amante, que no piensa en otra cosa que en agradar? ¡Ay de mí! ¿Por qué actuáis con tanto rigor sobre un corazón que ya os pertenece? Conozco bien vuestra facilidad para dejaros persuadir en mi contra, que no es mayor que la de dejarme persuadir en vuestro favor. Yo habría sido capaz de resistir sin necesidad de sustentarme en todo mi amor y todo ello sin percibir siquiera de que habría hecho algo extraordinario, basándome tan sólo en razones de mayor peso que las que os obligaron a abandonarme, y que se presentan ante mi humilde opinión, como carentes de toda consistencia. No existe nada ni nadie que hubiera podido arrancarme de vuestra vera. Sin embargo, esgrimiendo el pretexto de volver a Francia, os refugiasteis en él. Un navío se hizo a la mar, ¿por qué no lo dejasteis partir sin vos? Vuestra familia os había escrito… ¿Acaso no sabíais de todas las presiones de las que fui objeto por parte de mis parientes? Vuestro honor os obligaba a abandonarme. ¿No hice yo oídos sordos al mío? Os habíais comprometido a servir a vuestro Rey, pero si todo lo que dicen de él es cierto, vuestra majestad no tiene ninguna necesidad de vuestra ayuda y seguro que os habría excusado. 
Hubiera sido muy dichosa si hubiésemos podido pasar juntos el resto de nuestras vidas. Pero dado que vuestra cruel ausencia nos separó, creo que debo sentirme orgullosa por no haberos sido nunca infiel y no quisiera por nada de este mundo haber cometido una acción tan abominable. ¿Qué es lo que debo hacer? Penetrasteis hasta el fondo de mi corazón, de mi ternura, pero sin embargo ¿no fuisteis vos quien decidisteis abandonarme para siempre, exponiéndome con ello a las penalidades a las que me veo sometida por el mero hecho de que ya no os acordéis de mí más que para sacrificar me por una nueva Pasión? Soy consciente de que os amo desesperadamente, aunque no me arrepiento de toda la violencia de mi corazón. Me estoy acostumbrando a este desaliento y ya no podría vivir sin los placeres que descubro poco a poco en ello y con los que gozo amándoos entre mil dolores. No obstante, en medio de mis desgracias, me siento terriblemente acosada por el odio y por el desprecio que me mueve hacia todas las cosas: mi familia, mis amigos y este convento me son del todo insoportables. Todo aquello que estoy obligada a ver y todo aquello a lo que estoy obligada por necesidad a hacer, me resulta odioso. Siento tremendos celos de mi propia Pasión por vos, hasta el punto de que creo que todos mis actos y todos mis deberes os contemplan. Sí, dudo de todo y de todos. Si no encomendara todos los momentos de mi vida a vuestra merced, ¿qué otra cosa podría hacer, ay de mí, con tanta rabia y con tanto amor como embargan mi corazón? ¿Podría tal vez sobrevivir al interés que me ocupa incesantemente y llevar una vida tranquila y lánguida? Esta huida y esta insensibilidad no pueden hacerme ningún bien. Todo el mundo se ha dado cuenta del cambio que ha experimentado mi carácter, mis costumbres y mi persona en general. Mi Madre me ha hablado con acritud para terminar con un cierto toque de bondad en sus palabras, pero no sé ni lo que le he respondido, creo recordar que le he dado la razón en todo. Las Religiosas más severas sienten compasión del estado en el que me encuentro, incluso llegan hasta el punto de mostrar cierta consideración y cierta deferencia hacia mi persona. El amor que experimento ha impresionado a todo el mundo, mientras que vos vivís en la más absoluta de las indiferencias ya que no sois capaz de escribirme más que cartas frías, llenas de vanas repeticiones y utilizando para ello tan sólo la mitad de una cuartilla, dando la grosera sensación de que estáis deseosos de acabarlas cuanto antes. Doña Brígida me acuciaba estos últimos días para que saliera de mi celda, y me llevaba a pasear con ella, creyendo que aquello podía entretenerme, por el balcón desde donde puede verse Mertola. La seguí dócilmente, pero un recuerdo cruel acudió a mi mente que me hizo llorar durante el resto de la jornada. Doña Brígida me trajo de vuelta a mi celda donde caí abatida sobre el lecho mientras mi cabeza se debatía entre los miles de pensamientos que acudían a ella y que, sin embargo, no aportaban ningún indicio al que pudiera asirme para llegar a curarme de mis males algún día. Todo aquello que se lleva a cabo para aliviarme, acentúa mi dolor, encontrando en los remedios mismos, motivos suficientes para afligirme más todavía. A menudo os vi pasear por aquel balcón con un aire encantador y también fue en aquel mismo escenario cuando me percaté, aquel día aciago, de que empezaba a experimentar los primeros efectos de mi desdichada Pasión. Me pareció que buscabais agradarme a pesar de que no me conocierais. Creí sentir que me habíais elegido de entre todas aquellas que me rodeaban. Me gustaba imaginarme que cuando os parabais lo hacíais para que pudiera contemplaros mejor. Admiraba vuestra destreza, sobre todo cuando azuzabais a vuestro caballo. Entonces, una especie de espanto se apoderaba de mí, sobre todo cuando hacíais pasar a vuestra montura por un lugar difícil. Como veis, secretamente me interesaba por todas vuestras acciones. Sentía en mi interior que no me resultabais del todo indiferente y hacía mío todo lo que os acontecía. Las consecuencias de estos comienzos ya las conocéis vos perfectamente y a pesar de que no tenga cortapisas, creo que no debiera relataros aquellos sentimientos posteriores, por miedo a haceros sentir aún más culpable de lo que ya deberíais ser y a que pudierais reprocharme tantos esfuerzos inútiles para obligaros a que me seáis fiel. No lo seréis nunca. ¿Acaso cabría esperar que mis cartas y mis reproches fueran mejor acogidos por vuestra ingratitud que mi amor y abandono? Parece ser que mi desgracia está garantizada, ya que vuestro injusto proceder no me concede la más mínima de las dudas, debiendo aprender todo de nuevo puesto que me habéis abandonado. ¿Vuestros encantos fueron sólo para conmigo o también os presentasteis agradable ante otros ojos? Creo que no me sentiría enojada si los sentimientos de otra mujer pudieran, en cierto modo, servirme de justificación para los míos y desearía que todas las mujeres de Francia os encontrasen amable pero que ninguna os amara y que ninguna os agradara, aunque ya sé que estas ideas son ridículas e imposibles. Sin embargo, conozco bien que no sois obstinado y que me podéis olvidar fácilmente, incluso sin la necesidad de experimentar una nueva Pasión. Pudiera ser que en el fondo de mi corazón albergase el oscuro deseo de que tuvierais algún pretexto razonable para olvidarme, ya que sin duda con ello yo sería más desgraciada, pero sin embargo vos no os sentiríais tan culpable. Se ha puesto en mi conocimiento que vivís en Francia sin gozar de grandes placeres, aunque disfrutando de una absoluta libertad. La fatiga tras un largo viaje, alguna pequeña conveniencia y el miedo por no responder a mis arrebatos, deben de ser los motivos que os retienen. ¡Ay, no deseo volver a tener noticias vuestras! Me contentaría tan sólo con poder veros de tiempo en tiempo y con saber que vivimos en el mismo lugar. Puede que me considerara adulada si os sintierais más atraído por el rigor y la severidad de otra de lo estuvisteis con mis favores, ¿Puede que sean tal vez los malos tratos y los desprecios lo que verdaderamente os conmueva y os atraiga de una mujer? Pero antes de lanzaros de lleno a una gran Pasión os ruego que penséis en todas mis desdichas, en la incertidumbre de mis proyectos, en la diversidad de mis actos, en la extravagancia de mis cartas, en mis confidencias, en mis desesperanzas, en mis deseos y en mis celos. ¡Pero ay, cuán desgraciado vais a ser! Os conjuro para que padezcáis lo mismo que yo estoy padeciendo y que al menos, lo que sufro por vos no me resulte del todo infructuoso. Hará cinco o seis meses que me hicisteis una nefasta confidencia cuando me confesasteis, con toda vuestra buena intención, que habíais amado a una Dama en vuestro País. Si ella fuese el motivo que os impidiera volver a mí, os ruego que me lo hagáis saber con presteza para que no languidezca más. Sin embargo, existe en mí un ápice de esperanza que me mantiene con vida todavía, y desearía (en el caso de que esta creencia no tuviera ninguna base para su continuación) poderla perder para siempre y perderme por ella a mí misma. Enviadme pues su retrato con alguna de sus cartas. Escribidme contándome todo lo que ella os dice. Puede que con ello encuentre una razón para consolarme o tal vez, para afligirme aún más. No puedo vivir por más tiempo en el estado en el que me encuentro y cualquier cambio que se produzca no hace otra cosa que acrecentar mi angustia. Me gustaría poder tener también el retrato de vuestro hermano y de vuestra Cuñada, dado que todo aquello que os rodea se convierte, en razón de mi amor por vos, en algo muy querido para mí. Ya no dispongo de ninguna estima por mi persona, incluso hay momentos en los que creo que mi sumisión es tan grande, que pudiera servirme de ella para amaros. Vuestros malos tratos y vuestros desprecios me han golpeado tan fuerte que no oso siquiera pensar que con mis celos podría molestaros y que no dispongo de ningún derecho para haceros reproches. A menudo estoy convencida de que no debería, bajo ningún concepto, exponeros tan claramente como lo hago los sentimientos que me provocáis. Hace ya un tiempo que un Oficial aguarda para llevaros esta carta y he de reconocer que estuve tentada en un primer momento de escribirla de tal forma que no os sintierais ofendido por ello, pero la idea resultaba muy extravagante y tuve que desecharla. ¡Por desgracia no estoy en disposición de poder conformarme con mi decisión, ya que cuando os escribo tengo la sensación de que os hablo y de que estáis un poco más presente! La primera carta no será tan larga ni tan inoportuna y os puedo asegurar que podréis abrirla y leerla sin temor alguno. Es cierto que no debo hablaros de una pasión que os desagrada y he decidido no volver a mencionárosla nunca más. Dentro de pocos días hará un año que me abandoné por primera vez a vos. Entonces, vuestra pasión me pareció extremadamente ardiente y sincera, y jamás hubiese pensado en aquellos momentos, que mis favores os desalentarían hasta tal punto que os obligarían a recorrer quinientas leguas y a exponeros incluso a naufragios, con tal de alejaros de mí. Nadie en el mundo debería ser objeto de semejante tratamiento. Estoy segura de que podéis recordar perfectamente todo mi pudor, mi confusión y mi desorden de entonces pero, sin embargo, creo que no os acordáis de aquello que os incitaba a amarme muy pesar vuestro. El Oficial que debe llevaros esta carta me ha contado por cuarta vez sus deseos de partir. ¡Qué le acucia la idea de poner tierra por medio! Seguramente abandonará a alguna otra desgraciada en este País. Adiós, la pena que siento por acabar esta carta no es mayor que la que sentí cuando me abandonasteis, quizás para siempre. Adiós, no oso ofreceros mil palabras de ternura, ni abandonarme libremente a todos mis sentimientos. Os amo mil veces más que a mi vida, y mil veces más de lo que pudiera pensar. ¡Cuán cruel sois conmigo! No me habéis escrito desde hace tiempo y sin embargo no puedo sellar mis labios y debo deciros esto una vez más: voy a continuar escribiéndoos, aunque seguro que el Oficial terminará por partir. ¿Qué importa? ¡Qué se vaya!, ya que escribo mucho más por mí que por vos. No busco en ello más que mi consuelo. Estoy segura de que la extensión de la carta os causará miedo y de que no la leeréis. ¿Qué es lo que he hecho para ser tan desgraciada? ¿Por qué habéis envenenado mi vida? ¿Por qué no nací en otro País? Adiós, perdonadme. Para que veáis hasta qué punto me he visto reducida que ni oso suplicaros que me améis. Adiós.

Publicado en Mariana Alcoforado, Cartas de amor de la monja portuguesa, Buenos Aires, Ediciones Obelisco, 2001.


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