Creo que he hecho el mayor mal de este mundo a los sentimientos de mi corazón al ponerlos en vuestro conocimiento por escrito. ¡Cuán dichosa sería si pudierais juzgarlos por la virulencia de los vuestros! No debería dirigirme a vos y, sin embargo, no puedo impedirme a mí misma deciros, tan vivamente como lo siento, que no deberíais maltratarme como lo estáis haciendo, fustigándome con vuestro olvido, que no me conduce a otra cosa que a la desesperación y que incluso resulta deshonroso para vos. Lo justo sería que vuestra merced sufriera en la misma medida con la que yo me lamento de las desdichas que intuí cuando os vi dispuesto a abandonarme. Reconozco que me engañé cuando pensé que vuestro proceder estaría movido por una buena fe mucho mayor que la que se suele emplear normalmente, pero parece ser que dado el exceso de amor que me embargaba, este me llevó a situarme por encima de todo tipo de sospechas, creyendo que era merecedora de una mayor fidelidad que la que se suele otorgar de forma ordinaria. Pero he aquí que la situación que os ha llevado a traicionarme os conduce hacia la justicia que debéis por todo aquello que he hecho por vos. No dejaría de ser menos desgraciada si vos no me amarais, ya que yo aún os sigo amando y no obstante, me gustaría deberlo todo a vuestra inclinación. Pero, desgraciadamente, me encuentro distante de vivir en este estado porque no he recibido una carta vuestra desde hace seis meses. Atribuyo todas mis desdichas a la ceguera en la que me he sumido siendo objeto de mi deseo de unirme a vos. ¿No debí prever acaso que mis placeres se extinguirían antes que mi amor? ¿Podía yo esperar que pasarais toda vuestra vida en Portugal y que renunciarais a vuestra fortuna y a vuestro País para no pensar más que en mí? Mis quebrantos no pueden recibir ningún tipo de consuelo y el recuerdo de mis placeres me llena de desesperanzas. ¿Quizá todos mis deseos sean vanos y no vuelva a disfrutar jamás de vos en mi alcoba, con todo vuestro ardor y todo el arrebato que me profesasteis? Pero ¡ay de mí! Abuso y me empecino en recordar todos aquellos gestos que se apoderaban de mi cabeza y de mi corazón, mientras que ahora veo que surgían de vos movidos tan sólo por el placer y que este terminó al mismo tiempo que ellos. Hubiera sido necesario que durante aquellos momentos tan dichosos, llamase en mi ayuda a la razón para moderar el funesto exceso de mis delicias y para que pudiera anunciarme todos los sufrimientos que padezco en el presente. Sin embargo, me di por completo a vos y en aquellos momentos, no sólo no me encontraba en disposición de pensar en lo que podía envenenar mi alegría, sino que además huía de todo aquello que me impidiera gozar plenamente de los ardientes testimonios de vuestra pasión. Me convencía a mí misma de que estaba con vos porque pensaba que un día lejano os alejaría de mí. Incluso recuerdo haberos dicho alguna vez que vuestra merced me haría desgraciada. Pero aquellos temores se disipaban de forma rápida y gozaba sacrificándooslos y abandonándome al encantamiento y a la mala fe de vuestras palabras. Conozco el remedio a todos mis males y me libraría rápidamente de ellos si no os amara más. Pero ¡ay! ¡Qué remedio más nefasto! ¡No! Prefiero sufrir, incluso por más tiempo, antes que olvidaros. Pero ¿acaso depende de mí? No puedo reprocharme el haber deseado en algún momento el dejar de amaros. No obstante, vos sois más digno de compasión que yo, ya que es mejor sufrir todo lo que yo sufro que gozar de los lánguidos placeres que os otorgan vuestras Amantes de Francia. No envidio vuestra indiferencia, es más, siento piedad por vuestra persona. Os reto a que me olvidéis por completo. Me halaga el haberos situado en tal estado, que no podáis obtener mas que placeres imperfectos si no es conmigo y, además, me siento más dichosa que vos porque estoy más ocupada. Hace poco me hicieron Portera de este Convento. Todos aquellos que se dirigen a mí creen que estoy loca y a decir verdad, hay momentos en los que no sé ni lo que les contesto. Realmente las Religiosas son tan in sensatas como yo por haberme creído capaz desempeñar tan alta ocupación. ¡Ah, cómo envidio la suerte de Emmanuel y de Francisco! ¿Por qué no podría yo estar a vuestro lado constantemente como lo están ellos? Os habría seguido y seguro que os habría servido con más corazón que ellos. No deseo otra cosa en este mundo que el poder veros. Por lo menos, acordaos de mí. Me contento con vuestro recuerdo pero no oso adueñarme de él. Cuando os veía todos los días, no limitaba mis esperanzas a vuestro recuerdo. Sin embargo, supisteis enseñarme a la perfección que debía someterme a todos vuestros deseos. No obstante, no me arrepiento en absoluto de haberos adorado y me encuentro dichosa de que me hayáis seducido. Vuestra rigurosa, y puede que eterna, ausencia no disminuye en nada el amor que os profeso. Quisiera que todo el mundo lo supiera, dado que no hago de ello un misterio y no quepo en mí de gozo por haber hecho todo lo que hice por vos, a pesar de que fuese en contra del decoro y de las conveniencias. Dado que os amo, someto mi dicha y mi religión al acto de amaros ciegamente durante toda mi vida. No os cuento todas estas cosas para obligaros a escribirme. Pero no os constriñáis, no deseo otra cosa de vos que la que me ofrezca vuestro corazón, rechazando cualquier testimonio de amor que pudiera comprometeros. Me hubiera gustado excusaros pensando que tal vez no desearais tomaros la molestia de escribirme, ya que siento una profunda inclinación a perdonar todas vuestras faltas. Esta mañana, un oficial Francés ha tenido a bien hablarme de vos durante más de tres horas y me ha informado de que la paz se ha instaurado en Francia. Si esto fuera cierto, ¿no podríais venirme a ver y llevarme con vos a Francia? Pero tenéis razón, no lo merezco, haced lo que os plazca porque mi amor ya no depende de las formas con las que me tratéis. Desde que partisteis, la salud me ha abandonado en todo momento y no encuentro placer más que en pronunciar vuestro nombre mil veces al día. Algunas religiosas que conocen el deplorable estado en el que me habéis colocado, me hablan a menudo de vuestra merced. Abandono lo menos posible mi celda, aquella en la que me visitasteis tantas veces, y en donde contemplo sin cesar vuestro retrato, que me es mil veces más preciado que mi vida, proporcionándome con ello algún placer. Sin embargo, vuestro retrato también me ofrece dolor cuando pienso en que no os volveré a ver jamás. ¿Por qué el destino puede hacer imposible que yo os vuelva a ver? ¿Acaso me habéis abandonado para siempre? Me encuentro al límite de la desesperación, vuestra pobre Mariana no puede resistirlo por más tiempo, pierde el sentido mientras acaba esta carta. Adiós, adiós, tened piedad de mí.

Publicado en Mariana Alcoforado, Cartas de amor de la monja portuguesa, Buenos Aires, Ediciones Obelisco, 2001.


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