En Vincennes.

Viles esbirros de los vendedores de atún de Aix, rastreros e infames sirvientes de los torturadores, a ver si inventáis para mi tormento torturas de las que pueda resultar al menos algún bien. ¿Cuál es el efecto de la inacción en la que vuestra ceguera espiritual me mantiene, salvo maldecir y lacerar a la indigna alcahueta que con tanta mezquindad se las ingenió para venderme a vosotros? Como ya no puedo leer ni escribir más, esta es la centésima undécima tortura que invento para ella. Esta mañana, mientras yo sufría, la vi, a la ramera, la vi desollada en vida, arrastrada sobre cardos y por último arrojada a un barril de vinagre. Y le dije:

¡Execrable criatura, esto por vender a tu hijo político a los torturadores!

¡Toma, alcahueta! ¡Esto por poner en alquiler a tus dos hijas!

¡Toma! ¡Esto por haber arruinado y deshonrado a tu yerno!

¡Toma! ¡Esto por hacerle odiar a los hijos por cuya causa se supone que le has sacrificado!

¡Toma! ¡Esto por haber destrozado los mejores años de su vida cuando tú eras la única que podía ayudarlo después de su condena!

¡Toma! ¡Esto por haber preferido, antes que a él, a los viles y detestables descendientes de tu hija!

¡Toma! ¡Esto por toda la maldad con la que lo has abrumado durante trece años, con la intención de hacerle pagar por tus estupideces!

E incrementé sus torturas y la insulté en su dolor, y olvidé el mío.

Se me cae la pluma de la mano. Debo sufrir.

Adieu, torturadores: os tengo que maldecir.