Epístola a Hieronymus Bosch, de Alberto Girri

Qué bien supiste 
cuanto nosotros, hijos de ira, 
no comprendimos, 
el principio del mal 
deformador de nuestra materia, 
mal inmaterial que examinaste 
como quien apila cuerpos 
y con frías incisiones 
extrae de sus cabezas la locura, 
y de sus organismos 
la confusión de los tres reinos, 
árboles con rostros, 
piedras que también son plantas, 
metales animados venenosos, 
el insecto cabalgando al pájaro, 
y el pájaro afilando su cuchillo; 
pues de eso hablaste y gritaste, 
y bajo formas de visión 
establecías que juntos propiamente 
componemos un solo cuerpo, 
privados del gran beneficio, 
sustraídos al amor de la semilla 
que cayó en el suelo y murió 
para no perderse, perdernos. 
Mas siempre el hombre, 
yo, cualquiera, tú mismo, 
el hombre y su desnudez 
correteando atontado 
por jardines de delicias 
y planicies infernales 
y detrás y arriba 
del carro de heno del mundo 
en el que cada cual arrebata lo que puede; 
su desnudez, no el sexo, 
añorando la totalidad de la desnudez, 
la primitiva amistad hermafrodita, 
el completo ser adán-eva. 

Vagabundo de lo extraño, 
mano que aspiró a ser conciencia, 
que la oración de tu oficio 
haya subido derecha, 
como un perfume.

Alberto Girri

Publicado en Poemas , Buenos Aires, Centro editor de América Latina, 1981

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