Querido amigo,


Gracias por tu postal de Nápoles, pero podías haberme escrito una carta, con más explicaciones. En realidad, no sé qué contestarte. Si mis parientes me quieren mandar un regalo, está bien. Me alegra, pero me da vergüenza darte detalles de lo que me gustaría. También me da vergüenza escribirte en un italiano lleno de errores, casi sería mejor hacerlo en español. Pero vos también cometés algún error cuando hablás, ¿lo sabías? Entonces sigo en nuestra querida lengua italiana, aunque esté un poco perdida.
Bueno, cuando te fuiste, no te lo podía decir delante de mi mujer; aquella plata no la cambié en dólares para dártela, sino para reservármela. Las cosas marchan mal, como te podés imaginar, y en estos dos meses que dejaste Buenos Aires todavía empeoraron más. Te había preparado un pedacito de papel con los títulos de los discos que quería; con 100 dólares podrías comprar tantos, empezando por aquel de Francesco Albanese que tocaban en el barco cuando veníamos para aquí la primera vez: “Canta, pero a media voz”. Maldito el momento en que subimos a aquel barco, Peppino. Y buen…! Abril del 48, ¡qué lejos estás! Por unos pocos años aquí, pagamos caro el error, ¡pero, quién se lo imaginaba!
Mi padre, en Calabria, me decía cada día de su vida: “Cuánto me arrepiento, hijo, de no haberme ido para la Argentina con el tío Carlo”. Claro, así se hubiera ahorrado las dos guerras; él las pasó a las dos, y llevaba a la vista las marcas en el cuerpo y el alma. Pero viniendo a la Argentina en el 48 nos perdimos la Italia del milagro, del bienestar, el mercado común europeo, y, en cambio, tuvimos que aguantar dos veces al señor Perón, después las botas militares y, ahora, la hiperinflación. Vos y yo ya habíamos tenido al Duce en la cuenta; para qué queríamos a otro fascista, ¿para nosotros, cuál era la novedad? En cambio, no: de antipasto, fascismo; de plato principal, fascismo.
Destinos bien distintos, El tío de mi padre disfrutó los grandes años de la Argentina, claro vino en 1910. Y siempre mandaba cartas contando qué abundancia había, hablando de la plata que ganaba sin límite. Pero soy ingrato con él, también mandaba paquetes sin límite, las latitas de carne, las latas de duraznos en almíbar, a veces harina, azúcar, café. Cuando llegaban aquellos paquetes bien envueltos, con aquellas cintas metálicas, qué alegría en casa. ¡Hasta el papel queríamos comernos! No, exagero,
pero lo doblábamos con cuidado para envolver alguna cosa muy particular, el regalo de casamiento de alguien, en fin cosas especiales. Ahora es de Italia de donde quieren mandarme paquetes.
Si mi mujer ve esta carta, me mata. Por un lado tiene razón: a su país llegué con 18 años sin haber terminado la escuela primaria; pero en pocos años, con la escuela nocturna y la universidad gratuita, me recibí. Esta satisfacción la tengo bien ganada, llegué a ser ingeniero. Aquí la educación se facilitaba como en pocos lugares del mundo. Pero un ingeniero que se jubila con 1.800 dólares mensuales y, al poco tiempo, recibe 120 al mes por culpa de la hiperinflación, también esto sucede en pocos lugares del mundo. Bueno, hablé con mi mujer de los regalos, pero ella no quiere pedir nada, dice que son mis parientes, no los suyos, así que me toca a mí decidir. Mi hija, la casada, no quiere discos, dice que a lo mejor aquí se encuentran en negocios de discos viejos, y que, además, ella tiene la videocasetera, por eso me dio la idea de pedirte películas en video, así también las ve ella. De Francesco Albanese no oyó hablar nunca, por eso se encaprichó con el video. Bueno, yo se lo dije a boca de jarro: “¿me lo prestarías el aparatito? Porque no quiero ver una obra de arte entre gente que no sepa apreciar nada; si siento que alguien se ríe, lo mato”. Y me contestó que sí.
Ahora vayamos a lo concreto. Nada me pondría más contento que tener una colección de nuestras películas más importantes. Las obras maestras. Me acuerdo antes de venirnos, cómo marchaban las cosas, la gente se había puesto bastante frívola, quería olvidar… y las películas sobre la realidad italiana nadie las quería ver. Yo las vi en la Argentina, porque en Italia nadie me acompañaba a verlas. Y me parecía revivir aquellos días terribles, encontrarme todavía vivos a aquellos compañeros de escuela que habían subido a la montaña para unirse a los ‘partígiani’. Muchos no volvieron más, así la verdad es que de aquellos que se fueron apenas cumplidos los 15 años, no se volvíó a ver a ninguno.
Si te piden en serio que me mandes algo, decí que yo no te pedí nada, pero que sabés que lo que a mí me gustaría serían estas películas. ¿Pero, tenés idea de cuántas me gustaría que enviaras? ¿Unas diez? ¿O sólo dos? ¿O quizás una sola? Lo estuve pensando mucho en estos días y si pudiese hacerme la videoteca, ¿no me mandarías las mejores de Roberto Rossellini, las de Vittorio De Sica? y también las de Luchino Visconti, y de todos los “grandes” directores, hasta el ultimo que todavía habla de Italia, y que yo conozco, el de la Italia de la miseria humana y de los fracasa dos; me refiero al pobre Pier Paolo Pasolini.
Yo soy un fracasado, Peppino; no te lo quería contar, pero le había dicho a mi mujer que fuera al dentista de la obra social. En lugar de eso, se fue a uno más conocido, y la que paga es mi hija, no yo. Mis hijos tienen que ayudarme siempre en algo. Por eso yo no puedo sentirme hermano de los italianos de ahora, con un auto para cada uno de la familia. No es maldad ni envidia, para mí Italia se volvió otro país, y basta.
Digamos que si cada primo me manda una película, serían cerca de seis entonces. De Rossellini pongamos primero que nada Paisa, aunque la última vez que la vi en un cineclub no conseguí aguantar el final, me fui antes, me había golpeado demasiado. Es que con Rossellini no se ve ficción, es la realidad que yo conocí la que se presenta más viva que nunca ante los ojos. No sé cómo ese hombre salía adelante, más que hombre, un titán, ¿no es cierto? Y me gustaría también Roma, ciudad abierta, que no volví a ver, y Alemania, año cero. Y además de De Sica Umberto D, que era un jubilado como yo. Y de Visconti, no sé, hay un montón.
Te lo confieso, ya no me acordaba quién era el director de Umberto D y el de Vivir en paz, y por eso me fui a la biblioteca del consulado italiano y encontré todo. De Visconti me gustaría Bellissima, así figuraría Anna Magnani en la colección. Y además aquella fabulosa Vivir en paz, que resultó ser de Luigi Zampa. Y ya son seis. Y una de Federico Fellini, aunque viene un poco después, pero no las en colores, quiero Las noches de Cabina, que trata todavía de mi gente. Y mi mujer me mata si no te pido Divorcio a la Italiana, que es su película favorita, es de Pietro Germi. Y además una para vos, yo sé cual es tu favorita: bueno, Umberto D, van dos; Vivir en paz, y son tres; Bellissima, y van cuatro; Las noches de Cabina, y van cinco; y Divorcio a la Italiana, y son seis. Pero entonces no tendría Los desconocidos de siempre de Monicelli, y después una de Pasolini, Mama Roma y serían ocho.
¿Y si en lugar de eso, no me mandaran más que una? Entonces mejor nada. No puedo elegir una sola. O si, creo que sí: Paisá, es la película más extraordinaria que he visto en mi vida. Allí, en el consulado, me quedé charlando con el bibliotecario y me aconsejó pedir muchas otras, tesoros del cine mudo, y algunas comedias de los años treinta. Pero esas películas del régimen yo no las quiero, me traen feos recuerdos. El bibliotecario se sintió un poco molesto, porque parece que con mi misma postura muchos tachaban un montón de películas de valor, y que de las películas del régimen no había ni una sola entre las que pedía. Pero, volvamos al optimismo: ¿y si me mandaran dos de cada uno? Pongamos también Bajo el sol de Roma de Castellani, y otra de De Sica, Ladrón de bicicletas, y otra de Rossellini, Alemania, año cero. O mejor: Roma, ciudad abierta.
En definitiva, puede pasar que te manden sólo dos, entonces, lo sabés: Paisa ¿y qué más? ¿Una de De Sica o una de Visconti? Mis sobrinos más grandes sólo conocen Fellini. ¿De Sica, Visconti o Fellíni? Entonces, nada, de Rossellini y basta, así no cometo una injusticia, Paisa y otra más: ¿Roma, ciudad abierta o Alemania, año cero? ¡Roma, ciudad abierta! Así están también Aldo Fabrízi y la Magnani, que si ésa me ve desde el otro mundo que no la incluyo, es capaz de traspasarme con una de esas miradas que… ¡mejor un rayo!
Bueno, escribime pronto. También las postales son bienvenidas.
Con el cariño de Salvatore.

Manuel Puig


Publicado en Los ojos de Greta Garbo, Buenos Aires, Seix Barral, 1993


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