Querido Miguel, Natalia Ginzburg

Buenos Aires, Librerías Fausto, 1974
Título original: Caro Michele

Por M. N.


En la novela de Natalia Ginzburg, los personajes no parecen ser sujetos que accionan sino m ás bien pacientes, fantasmas secundarios de sus propios destinos. Y esto no por sometimientos sociales, la reducción de sus propias voluntados por factores externos, conspiraciones, sujeciones de clase. Es más el desgano lo que genera la inacción.
Una familia se intercambia cartas contando las cosas que les pasan, y les pasan como un aire sin pasión, y lo cuentan en el mismo tono en el que les pasan. Tanto es así que ni si quiera la explicación se puede extender en enunciados largos: lo que aparece como constante es el no saber por qué las cosas son irremediablemente así.
Cadenas de sinónimos se desprenden como ramilletes de la raíz principal: la indiferencia, el aburrimiento, la pena permanente y sin elogio.
El joven Miguel anda de un lado a otro del viejo mundo rozando slogans sobre el antifascismo, la homosexualidad, el arte, etc. Su madre le escribe largo y él devuelve corto. Sus hermanas no andan mucho mejor. Una tal Mara tuvo un hijo que muchos endilgan al propio Miguel –o mejor, lo desean, para espabilar al menos la modorra de un colectivo sonámbulo. Pero, conociendo a los bueyes por el arado que dejó estas cartas, ni siquiera eso se puede esperar: ni la madre, ni el potencial padre, ni abuelas, ni tías, moverán un dedo para sacudir a la fatalidad.

Cuando llegué a la casa de Amelia, anoche, Amelia estaba aterrorizada. No sabía más nada de mí, no me veía desde hace tres años. No le había escrito ni siquiera una miserable postal. No sabía que había tenido un hijo. Miraba al nene, miraba el tapado, no entendía nada. Le dije que había tenido un hijo con un hombre que después me había dejado plantado en la calle. Le dije que me diera de dormir. Bajó un colchón del armario. Le dije que tenía hambre y me dio de cenar, un huevo frito y un platito de poroto. Comprendí que me dejaba estar ahí porque le daba lástima. Aquí nos pasamos la vida dándonos lástima los unos a los otros.

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