En la gran tradición de iluminados ocupo, continuamente, el último lugar. Y no hablo en sentido cronológico sino jerárquico: el sopor, la somnolencia, la miopía, llenan mi carta de presentación. Del maremagnum frenético de Petronio no he retenido más que una frase: «Un día no es nada: el tiempo justo de volverse uno mismo, y sobreviene la noche.» En esas condiciones la pereza no es, por lo tanto, un vicio, sino un tema ontológico. Ahora bien, ¿qué ve un hombre entre dos sueños, cuando no ha terminado todavía de desembarazarse del primero para caer en seguida en el segundo? No ve nada. Porque ver, señora, no consiste en contemplar, inerte, el paso incansable de la apariencia sino en asir, de esa apariencia, un sentido. En una palabra, el trabajo vertical, como el del rayo, del iluminado, que usted conoce y emplea, o por el que usted es, más bien, empleada. Por eso le venía diciendo que en la gran tradición de iluminados yo ocupo, continuo, invisible, el último lugar. 
El sopor, la somnolencia, la miopía: y la mano, también, que, en esa penumbra, se mueve, inequívoca, cerrándose, abriéndose, mostrando abierta, lisa, que no ha aferrado nada. Lo grande, la subespecie, en relación con el sopor y con la mano, es, usted ya lo adivina, la oscuridad. La gran masa magnética, negra, que tira hacia el fondo, uno a uno, nuestros gestos. En esa negrura que es el mundo realizo mi trabajo desganado, torpe, a reglamento. Mi musa, por llamarla así, es, si se quiere, manual. La mecánica súbita del rayo, si a veces me toca, no es útil entre tanta oscuridad. 
No le mando, por lo tanto, nada. Nada que someter a su videncia. El universo monótono, opaco, no difiere de los fragmentos monótonos, opacos, que quedan en mí. Y si hablo ahora, por esta vez, sin mediaciones, en primera persona, es para mostrar claramente que, a través de mí, ninguna alteridad se manifiesta, nada que no esté en los manchones fugaces, fugitivos, intermitentes, cuyos bordes están comidos por la oscuridad, y a los que llamamos el mundo. De esta carta de semiciego, no le pido que saque ninguna conclusión. Porque una conclusión está siempre detrás y es, en relación con las partes, un «otro». Ahora bien; para un ciego puede muy bien existir la alteridad, el conjunto, el todo. Un ciego goza del derecho a la imaginación. Un miope debe ser modesto: la mancha móvil ocupa todo su reducido campo visual y aniquila, sin malignidad, lo demás. El ciego, lejos como está del mundo, puede, con una intuición vertiginosa, aferrarlo. El miope está demasiado cerca de unos pocos fragmentos como para salir, de un salto, a la llanura. 
De un hombre que cabecea, entonces, ¿qué se puede esperar? Nada como no sea una hilera de fragmentos, espesos, en bruto. Que el mundo resplandezca en ellos, si uno de los modos del mundo es el resplandor.

Juan José Saer


Publicado en La mayor , Buenos Aires, Centro editor de América Latina, 1982

Categorías: Cartas de ficción

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