Querida familia:

Hoy voy a ponerle fin a mi vida de manera física, porque yo ya estoy muerto. Nada me va bien. Todo me sale mal. Las discusiones en casa son constantes. Mi novia se ha ido con otro. Mis amigos… ¡Yo no tengo amigos!
Quizá no lo comprendereis, pero el día de mi entierro vereis que nadie a parte de vosotros va a despedirme. Sólo ireis vosotros. Sólo vosotros.
No lloreis por mí, sé que no me lo merezco.
Mamá, también sé que tú no podrás evitarlo, sé que ahora mismo estarás haciéndolo. Llora, desahógate. Aunque tus lágrimas no merecen ser derramadas por mi culpa. Me acuerdo cuando de pequeño, cuando me caía jugando en el parque e iba corriendo a tu lado, a decirte llorando que me salía sangre de la rodilla. Me cogías la cara y me decías: «No importa, yo te quiero igual». Después de esto se que me seguirás queriendo igual, y te sentirás fatal por no haber podido evitarlo. Sigue llorando mamá, en este momento, esté donde esté, sé que pienso en ti.
Papá, el hombre duro que jamás me daba un beso. ¿Qué te hice yo, papá? ¿Qué te hice para que no quisieras abrazarme? Puede que seamos chicos, pero yo necesitaba esos abrazos, esos consejos de padre a hijo, esos que nunca me dabas. ¿De quién fue la culpa entonces? ¿De los negocios? Tú y yo nunca nos llevamos bien. Tú ibas a lo tuyo, yo iba a lo mio, hasta llegue a pensar que no era tu hijo. Siempre estabas con mi hermana pequeña, siempre con ella y nunca conmigo. Eso me dolía. ¿Qué pasa? ¿Merecía yo eso? ¿Elegí ser un chico? No, pero tú me convenciste de que sí era así. Me despreciabas. Es por eso que también he matado a la hermana.

Eve Meroño

Publicado en el blog Moralejas sin cuentos, el 2 de noviembre de 2009

Categorías: Cartas de ficción

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