Institucional


Carta del P. Rector por la semana santa y mensaje de Pastoral

Queridos miembros de la comunidad universitaria: 

La costumbre tiende a situar los hechos en una esfera inaccesible. Una esfera situada en el pasado con un cierto impacto emocional en el presente, pero con escaso contenido transformador. Algo así nos sucede con la celebración de la Semana Santa. La semana grande del Cristianismo. A fuerza de repetirla lavamos su contenido. 

En este tiempo recordamos, es decir que hacemos memoria y a lo mejor también -siguiendo la etimología del concepto (re-cordare)- pasamos nuevamente por el corazón. Pero por lo general la cosa queda ahí. Recordamos, pero no revivimos, no re actualizamos. 

La celebración de la pasión, muerte y resurrección de Jesús no es un hecho pasado. La fe de la Iglesia nos dice que celebrar es reactualizar. Por lo tanto celebramos de verdad si otra vez nos hacemos presente al hecho. 

¿Cómo hacerse presente en Palestina en el siglo I? ¿Es eso posible? Ciertamente que no. No se trata de eso. Pero lo que sí es posible es hacernos presente a la pasión y muerte del Cristo real, que sufre hoy en los Cristos contemporáneos: aquellos que cargan con la pesada cruz de la opresión, la falta de acceso a la salud, a la justicia, los postergados en las largas colas de los hospitales públicos, los que no entienden los edictos judiciales y no saben como lidiar con su propio miedo de perderlo todo; los que mendigan en pos de un trabajo digno, los que son postergados, engañados y traicionados por sus dirigentes. 

Hoy también Cristo es traicionado por Judas contemporáneos que los abandonan en su pobreza y sus necesidades; es condenado por la incuria y comodidad de los nuevos Pilatos que se lavan las manos cuando podrían poner sus manos a la obra para evitarles la cruz. 

También hoy las personas religiosas –y los líderes religiosos- tenemos la misma tentación de mirar para otro lado o condenar por prejuicios. 

Hoy Cristo sigue padeciendo. También cerca nuestro, en nuestras historias familiares, en los suburbios de nuestras biografías personales. Cristo sufre en el que sufre. Y es tiempo de acompañarlo, no sólo ayudándolo a cargar con su pesada cruz, sino también luchando para bajarlo de la cruz, para que la injusticia no triunfe, para que los que no tienen voz encuentren en nosotros un eco, una palabra, una presencia amiga que los ayude a decir su palabra. 

Cristo comienza a resucitar en el amor que se comparte, en la solidaridad que se hace esperanza para los que cargan cruces demasiado pesadas para sus fuerzas. La resurrección es el triunfo del amor de Dios sobre el egoísmo humano. 

El sufrimiento humano no es voluntad de Dios. Menos aún el de su Hijo. El sufrimiento de Jesús es consecuencia de la injusticia del poder político y de la intolerancia del poder religioso. Afrontando ese rechazo de los suyos, Jesús asume el rechazo de todo ser humano que se siente expulsado o abatido por la intolerancia y las componendas del poder que se defiende a si mismo y da la espalda a los inocente. 

Jesús es condenado como un hereje (la condena del Sanedrín) y un activista político (la condena de Pilatos). El mensaje de su vida –que Dios es Padre de todos sin distinción y por lo tanto todos somos hermanos- viene a denunciar aquello que está en la base de toda opresión: la ruptura de la fraternidad entre los seres humanos. 

Esta semana será santa de verdad si revivimos más que recordamos. Si la memoria se hace vida, si nos anima a luchar para solidarizarnos más con los cristos reales que hoy sufren silenciosos a veces y otras más ruidosamente. Porque la cruz pesa y duele. 
Tal vez será más santa esta semana si nos acercamos unos a otros y somos capaces de ver la cruz detrás del hombre. 

La resurrección nos encontrará seguramente en el camino junto con otros, cuando nos abramos al amor y descorramos la pesada piedra del egoísmo, los prejuicios y la propia comodidad. 

Que tengan una hermosa semana santa. 

Con afecto. Lic. Rafael Velasco, sj 
Rector 

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