Cartas desde la prisión de Julián Besteiro y
Miguel Hernández: tradición epistolar
y experiencia universal

Michael H. Impey, University of Kentucky

El siglo XX ha experimentado una extraordinaria proliferación de cartas escritas desde una prisión. En todo el mundo, cientos de miles de personas han sufrido prisión por mantener y expresar opiniones subversivas de un sistema o régimen determinado. La correspondencia de figuras de la talla de Dietrich Bonhoeffer, Václav Havel y, por supuesto, Antonio Gramsci, surge como testimonios elocuentes de sus preocupaciones humanitarias y de su habilidad epistolar, al ser capaces de comunicarse en los planos personal y universal. Para Gramsci y Bonhoeffer la vindicación vino conla caída de los regímenes a los que se opusieron; para Havel vino con suelección como presidente de una Checoslovaquia liberada del comunismo, que luego se convertiría en la nueva República Checa. Sus experiencias, sus testimonios y sus sacrificios se repiten en las cartas escritas por los italianos Cario Levi, Cesare Pavese y Alcide de Gaspari; por los españoles Julián Besteiro y Miguel Hernández, por mencionar sólo algunos; por la sudafricana Barbara Harlow; por los norteamericanos Eugene V. Debs, Martin Luther King y Philip Berrigan; por el paquistaní Faiz Ahmad; por los innumerables defensores de la emancipación de la mujer; y en cartas escritas desde los centros de detención nor-irlandeses, desde los gulags soviéticos y otras prisiones latinoamericanas, africanas y asiáticas. 
Las cartas desde la prisión comprenden un subgénero epistolar; forman parte de una amplia tradición que se remonta hasta los mismos comienzos de la historia humana. Algunos escritores e intelectuales han utilizado la correspondencia que se les permitía mantener como medio para comunicarse con el exterior, con sus seres queridos, sus amigos y acólitos, pero también como semilla para escritos posteriores. Esto se podría aplicar a las cartas de Gramsci desde sus primeras anotaciones ( fechadas el 8 de febrero de 1929) en sus Quaderni del carcere, reconocidos como uno de los documentos más importantes del género epistolar italiano en el siglo XX, (1) y también a las voluminosas cartas que Julián Besteiro escribiera a su esposa Dolores Cebrián en 1917-18 como miembro del Comité de Huelga que paralizó brevemente la mayor parte de España, y desde su posterior encarcelamiento en Cartagena. (2)
 La primera serie de cartas que Besteiro escribe desde la prisión sondean los asuntos españoles contemporáneos y reflejan fielmente cómo, tras la persecución y el encarcelamiento, llegarían la victoria y el surgimiento de una nueva España liberada de las trabas que la anclaban al pasado, una España libre y democrática. Otros aprovecharon su prisión para reflexionar sobre los problemas que surgen de la separación y la reclusión, sobre las condiciones en la prisión y la inhumanidad del hombre, sobre la plenitud de su credo político o su fe religiosa, sobre sus propios recursos, sobre el poder de la memoria y la universalidad del amor. Este fue el caso del gran dirigente socialista norteamericano Eugene V Debs – quien, como Besteiro, fue encarcelado en dos ocasiones por sus actividades políticas – y cuyas notas y escritos (a menudo dirigidos a amigos y asociados), pertenecientes a los dos años y medio que permaneció en la Penitenciaría Federal de Atlanta, se publicaron en 1927 bajo el título Walls andBars. (1)
Un interesante contrapunto se establece entre ambos líderes socialistas con respecto a su actitud para con Woodrow Wilson. Besteiro daba la bienvenida a las iniciativas del presidente estadounidense en su deseo de establecer cierta estabilidad en el período de posguerra y de crear una entidad supranacional que después se convertiría en la Liga de Naciones. Wilson, sin embargo, rechazaba de antemano las repetidas peticiones de conmutación de la pena y de amnistía para Debs que constantemente le dirigía Terre Haute.
Pero la gran fascinación de estas cartas es el hecho de insertarse en la intersección entre la literatura y la propia vida, siempre en un momento de crisis personal. Son, en su mayoría, paradigmas de autenticidad, de sentimiento genuino, en algunos casos de expresión espontánea de la verdad que requiere la libertad de prensa, precisamente por estar sujeta ésta a la vigilancia y las restricciones. Plantean entonces cuestiones tan fundamentales como la naturaleza de la literatura, sus principios de selección y rechazo, la respuesta de sus lectores, y la forma en la que opera el estilo en la obra literaria.
Los prisioneros también cantan, componen música, realizan bocetos e ilustraciones en los márgenes de las cartas que escriben: Miguel Hernández es uno de ellos. Algunos, a pesar del reglamento carcelario, llegan a completar cuadros y pinturas mientras que otros, como Miguel Hernández y sus compañeros del Penal de Ocaña, realizan un menú bulliciosamente ilustrado en un intento de levantar el ánimo de sus familiares con una muestra de relativa normalidad. (4)
 En general, muchos de estos escritores fueron personas de una gran educación que ya habían alcanzado cierto éxito tanto en el terreno profesional como en la vida privada. Vivieron en un período en el que escribir cartas era todavía una forma común de comunicación pero también una forma de arte exquisita. Lo que guarda el futuro para el prisionero de la era cibernética es difícil de predecir, pero parece poco probable que vuelva a registrarse tal grado de resistencia y sufrimiento, o siquiera los medios para transmitirlos, en las generaciones venideras.
Estas cartas desde la prisión enlazan con al menos tres tradiciones epistolares a las que toman como modelos: Cicerón y su Ad Familiares., de valor extraordinario no sólo para establecer los principios retóricos que subrayan el dictamen medieval y el refinamiento de la epístola en el alto Renacimiento, sino también para revelar las actividades cotidianas y preocupaciones personales del romano educado, dejando así que se evalúe la vida íntima de la Roma imperial. La segunda tradición, iniciada por Ovidio en sus Epistolae Herodium, se conforma como (inter) mediación epistolar, donde el amante que escribe la carta es totalmente consciente de la relación entre presencia y ausencia, tanto en su expresión verbal como en la recepción por parte del destinatario. La tercera tradición proviene de las fuentes apostólicas, que es el modelo preferido por las cartas desde la prisión. Las cartas de San Pablo y otros mártires cristianos animan a sus seguidores a mantenerse firmes en la fe y a no dejar que flaqueen sus fuerzas frente a la persecución y la muerte. Que esta tradición se mantuvo viva incluso con la Inquisición lo prueban las conmovedoras cartas enviadas por Fray Luis de León desde su prisión en Valladolid.
Los escritores que tratamos en este estudio, Julián Besteiro y Miguel Hernández, además de conservar esa intimidad (proclamada como la suprema virtud española) de las cartas ciceronianas – y, particularmente en el caso de Hernández, de desatar un verdadero torrente de emoción que compensa el lirismo elegiaco de la poesía que escribe desde su prisión – evidencian el modelo apostólico del martirio y la muerte. El sufrimiento cristiano se da como una suerte de via crucis en las cartas de hombres que, aun declarándose agnósticos e incluso ateos, mostraron gran sensibilidad y respeto para con las creencias religiosas de sus madres y esposas. Esto no significa que no se refleje en sus escritos la tradición ciceroniana, que no repitan muchos de los sentimientos formulaicos amorosamente entretejidos en el romance sentimental o que no se muestren conscientes de los problemas literarios básicos como la autoría, el papel del intermediario y la respuesta de una audencia que va más allá del propio destinatario, así como el proceso autoreflexivo que conduce a la escritura creadora.
La crítica contemporánea nos llevaría a cuestionar los conceptos de autoría y audiencia. ¿Cual es el significado preciso de ‘lector’ y hasta qué punto es indiscutible la autenticidad del autor? Con la excepción de hombres de voluntad indomable (como el italiano Sandro Pertini), todos nuestros hombres se nos muestran puntillosos a la hora de observar el reglamento carcelario, ya que ansian mantener la línea divisoria que separa su vida del mundo exterior. El primer tipo de lector es el destinatario inmediato, el ser querido, generalmente una mujer – sea ésta madre, esposa o hermana – pero estas cartas también van dirigidas a un auditorio más amplio. Gramsci se valió de su cuñada, Tatiana Schucht, para mantenerse en contacto con su esposa y sus hijos, que por aquel entonces vivían en la Unión Soviética. De este modo, pudo esquivar la regla que limitaba el número de cartas a una mensual, tratando así de evitar la desintegración de su matrimonio. Los motivos explorados en la novela epistolar, ausencia y presencia – el agonizante dilema que anima también las cartas de Gramsci – tiñen de negro las cartas de Miguel Hernández y, a la luz del progresivo deterioro de su salud, nos transmiten cierto tono oscuro que rodeará no sólo sus Últimos poemas sino incluso su ciclo magistral Cancionero y romancero de ausencias.
El extraordinario patetismo de las cartas de Miguel Hernández a Josefina Manresa, surge de la falta de intermediario capaz de ofrecer apoyo moral y material.(5)
 En su caso, los motivos de ausencia y presencia siguen cierta dirección contradictoria, ya que su objetivo primordial era ofrecer apoyo moral a una joven esposa, abandonada sin los medios necesarios para afrontar el hambre, las privaciones, las sospechas y la hostilidad; que debía educar no sólo a sus dos hijos sino también a sus tres hermanas, dejadas a su cuidado tras la muerte de los padres. Las cartas de Miguel Hernández son únicas en la historia de la epístola desde el penal, ya que el prisionero declara incesantemente su amor por la esposa y los hijos, su preocupación por las penurias económicas y el hambre (bien conocida de todos es la historia del pequeño Manolillo, que tuvo que criarse con una dieta de cebollas), por los frecuentes ataques de desesperación de su esposa, reacia a depender de otros miembros de la familia o a aceptar la ayuda económica enviada periódicamente por amigos como Vicente Aleixandre, Carlos Rodríguez Spiteri y José María Cossío. (6)
 En su correspondencia con Josefina, casi no hallamos quejas ni indicios de autocompasión, ni siquiera la actitud llorosa que caracteriza la correspondencia de Gramsci. En su lugar, hallamos historias familiares, divertidas, referencias a los juguetes de madera que él mismo construyera para su hijo, así como un esfuerzo denodado por recrear – como si tuviera lugar fuera de los muros de la prisión – una vida familiar cargada de amor y de responsabilidades compartidas. La presencia del censor y otras figuras maléficas sí que se hace notar, pero estas cartas de ausencia están sujetas a una autocensura aún más estricta: no se mencionan los brutales interrogatorios a los que fue sometido el día de su captura, cuando, en 1939, fracasa su intento de pasar a Portugal; ni siquiera admite el hambre o se detiene en detallar las varias enfermedades que amenazaban su salud y su vida, al menos hasta el final.
A pesar de sus constantes detractores, Julián Besteiro fue también tratado de modo  abominable. La  experiencia de su  segundo  arresto y encarcelamiento (después de su protagonismo en la negociación final del rendimiento de Madrid ante las tropas del general Franco, que evitaba así un gran derramamiento de sangre), fue, con mucho, peor que la primera. De gran interés fue la extraordinaria libertad de que disfrutaron tanto él como sus compañeros huelguistas de 1917-1918, a la hora de enviar y recibir cartas y telegramas no sólo a amigos sino también a activistas políticos de la oposición, e incluso para entretener y agasajar delegaciones de simpatizantes. Besteiro podía expresarse abiertamente en estas cartas – véanse sus cáusticos comentarios sobre las tonterías de un ejército antediluviano y de los líderes gubernamentales. El papel de esposa, Dolores Cebrián, eterna compañera y confidente, fue el de intermediaria en tratos de naturaleza clandestina, lo que demuestra el poco temor que le inspiraba la posible vigilancia y censura de sus cartas.
Si la primera relación entre autor y lector comprende una audiencia múltiple y clandestina, la segunda surge de forma inintencionada. La figura del ‘supuesto lector’ puede suponer una presencia inhibidora, pero es el censor el que controla la forma y el contenido de la carta. Siguiendo las normas de la prisión, a veces actuando bajo las órdenes de sus superiores, el censor suprime comentarios imprudentes y disfruta con su poder de rechazo. Las implicaciones de esta relación, presente en todos los casos discutidos, entre personas que de otro modo serían interlocutores silenciosos o escondidos, crea un nuevo marco dentro del género epistolar.
Es una relación que tiene como paralelo en las novelas de Kafka, en la ambigüedad y la amenaza del discurso de prisionero y interrogador. En particular, las cartas originales de Miguel Hernández llevan la marca de una férrea censura, excesivamente virulenta y hasta posiblemente vengativa. Pero este  int e r locutor silencioso no logra imponer sus restricciones al escritor, cuyas cartas, de una intimidad extraordinaria, sepultan al lector con su torrente de palabras. Diferente es la situación de Julián Besteiro, quien, no siendo poeta, no está acostumbrado a desnudar el alma. Hombre que conoció muchos años de matrimonio feliz y grandes logros profesionales, su tono es siempre moderado y digno. La única excepción es la carta escrita a su esposa como anticipación de su muerte. Aquí Besteiro, al abrirnos su corazón de forma inesperada, se aproxima más al conmovedor testimonio de los alemanes condenados a morir en las prisiones de la Gestapo. Se prepara para la muerte a través de un riguroso autoexamen, como un cristiano lo haría a través de la contrición, el arrepentimiento, la confesión y la absolución. No encuentra nada que reprocharse a sí mismo; es una apología pro vita mia, como declaraba tres años antes José Antonio Primo de Rivera en su último testamento y de un modo más oratorio.(7) Besteiro está preparado para aceptar la muerte del mártir como forma de testimoniar la causa de la justicia universal, y con la esperanza de que el sufrimiento de sus seres queridos se convierta en inspiración, de que anime a otros a trabajar por la renovación de la España que él amó y a la que se negó a abandonar, madrileño hasta la médula, en su hora más oscura:
Adiós, Lolita de mi alma. Te he querido siempre, pero hoy te quiero con un amor grave y profundo, tan indestructible como la rectitud de mi conducta, con un amor que te acompañará siempre, unido inseparablemente a ti, en cualesquiera que sean las vicisitudes de la vida. En el trance que espero, ese mismo amor que te tengo y que tanto mereces, me acompañará también a mí fielmente. Sabré morir de un modo digno, y, si alguien quisiera hacer creer a las gentes en rectificaciones mías, puedes desmentirlo rotundamente. No tengo nada que rectificar y tengo mi espíritu por superior moralmente a todos los que pudieran acercarse a mí con pretensiones de guías y consejeros. Adiós otra vez. Desde el fondo de mi corazón te envío mil besos y un abrazo en que va toda mi alma, Lolita.

JULIÁN (11 julio 1939)

Una tercera categoría de lector es el autor mismo, encarnando así el lazo dialéctico entre intentio operis e intentio lectoris. Puede que sea vagamente consciente de que sus cartas constituyen la matriz, la semilla para una elaboración preliminar de ideas y motivos que, después, adquirirán la expresión completa. Si el prisionero puede escribir cartas cuya función es la de mantener el contacto con el mundo exterior – único privilegio que le permite mantener una parte de su propia humanidad – su objetivo ‘real’ sería la plasmación preliminar de ideas y emociones a las que más tarde dará una forma literaria más compleja. La esperanza del remitente es preservar estas mismas emociones e ideas. Uno de los extraordinarios aspectos de la vida en las prisiones italianas durante el Fascismo es el grado de libertad que permitía al prisionero el privilegio de solicitar libros, revistas y periódicos del exterior a través de amigos, o directamente a las librerías y casas editoriales. Sólo esta relativa libertad explica cómo Gramsci pudo investigar en profundidad sus proyectos durante el encierro, así como el ilimitado acceso, dado el contexto español, del que en 1917-1918 disfrutó Julián Besteiro a libros, revistas y periódicos (incluso se le permitió usar una máquina de escribir), lo que le ayudó a preparar los escritos que constituirían la base de sus innumerables libros y mítines posteriores.
Todos los que escriben cartas de signo anti-fascista cuidan de escudar y proteger a sus seres queridos contra la brutalidad irracional y la regimentación deshumanizadora de la vida carcelaria. Sólo solicitan más noticias de familiares y amigos, pues éstas son su única defensa contra un pasado desintegrador; sólo aquellos de espíritu constante, que poseen el poder del recuerdo, sobrevivirán a la reclusión continuada. Cuando buscan denodadamente consejo y ayuda es al sentir el deterioro de su salud, e incluso entonces algunos prefieren guardar silencio o darse ánimo, aun cuando la intervención pueda llegar demasiado tarde: en ambos casos tenemos a Julián Besteiro y Miguel Hernández. El problema es de una gran importancia, ya que se puede argumentar que los regímenes fascistas de todo el mundo mostraron una indulgencia sorprendente para con sus adversarios políticos. Pero esto significaría pasar por alto la brutalidad inicial con la que se trató a muchos prisioneros, las sentencias de muerte que durante mucho tiempo pendieron sobre sus cabezas y el hecho de que algunos – Gramsci en Italia; Besteiro, Hernández, y otros muchos en España – fueran condenados a una muerte diaria y constante mediante la falta de tratamiento médico apropiado, la indiferencia o la insensibilidad.
Sólo cuando Miguel Hernández es trasladado al reformatorio de Alicante, gracias a la insistencia de amigos influyentes, pudo su esposa comprobar por sí misma lo desesperado de su condición. La serie de cartas, a menudo escritas con grandes dificultades, con lápiz y en papel higiénico, a veces dictadas a otro prisionero, reflejan su devastadora historia. La situación verdadera es evidente, aunque siguen fingiendo que su salud mejore día a día; sus ruegos por ser transferido a un sanatorio son desoídos, y es éste el momento de su mayor debilitamiento tanto físico como moral, cuando los prelados de la Iglesia le presionan para que acepte la fe católica. Como es bien sabido, su única concesión, in extremis, es volver a contraer matrimonio con Josefina siguiendo los ritos de la Iglesia y legitimizando así, ante las autoridades, el nacimiento de su hijo. Dada su penosa existencia durante la Guerra Civil, y después de dos años de encierro tras la caída de Madrid, no pudo haber pasado más de cinco meses con su mujer y su primer hijo, quien muere tempranamente, y no conocería a su segundo hijo hasta su traslado a Alicante. Esto significó la vuelta a casa pero también un punto de alejamiento, ya que inicialmente se creyó – muy erróneamente – que Hernández fue responsable de la muerte de José Antonio, ejecutado por las fuerzas republicanas en Alicante en noviembre de 1936. Si la muerte de este último fue una grave injusticia, una de las muchas cometidas en la implacable contienda entre dos fuerzas ideológicamente antagónicas, la muerte, quizá evitable, de Miguel Hernández, uno de los mejores poetas españoles, no fue sino una infamia, un ejemplo más de la atfitud vengativa del régimen franquista y de sus seguidores extremistas contra todo aquél que permaneciera fiel a la República y se negara a tomar el camino del exilio. El reconocimiento de tales injusticias vendría más tarde, pero baste la declaración de Ramón Serrano Suñer con respecto al destino de Julián Besteiro: ‘Hemos de reconocer que dejarle morir en prisión fue por nuestra parte un acto torpe y desconsiderado’. (8)
La intransigencia moral de estos prisioneros de conciencia provino de sus convicciones políticas y de sus creencias religiosas, pero también de su sentido de la dignidad, el honor y la justicia. Para socialistas y comunistas, para ‘leales’ de cualquier signo, haber cedido un ápice habría significado traicionar la causa por la que tantos habían padecido y muerto. Aquellos sacerdotes vascos a los que Besteiro llegó a venerar en su prisión de Ocaña, fueron sin duda motivados por sus convicciones patrióticas e irredentistas tanto como por su deseo de justicia social. Sus creencias cristianas, como las de Alcide De Gaspari, añaden una dimensión diferente, una más cercana en espíritu a la del teólogo alemán Dietrich Bonhoeffer. Hombres firmes en la fe de sus antepasados y de sus Iglesias, fueron capaces de internalizar sus experiencias y añadir capas de entendimiento mediante la autorreflexión, la meditación y la oración.
Las cartas de tales hombres y mujeres, encarcelados por regímenes totalitarios – y supuestamente democráticos – quedan como testimonio conmovedor de su coraje, su fe y su tenacidad; su alto grado de conciencia literaria y sensibilidad artística les permite la comunicación con sus seres queridos y con un mundo incomprensible, hasta alinearse con las cartas de Bonhoeffer y Havel como refutación ejemplar de la tiranía y la injusticia de este siglo.

NOTAS

(1)  Existe una traducción inglesa: Antonio Gramsci, Prison Notebooks (Nueva
York: Columbia University Press, 1991).

(2) Véase Julián Besteiro, Cartas desde la prisión, intro. y notas de Carmen
de Zulueta (Madrid: Alianza, 1988).

(3)  Eugene V Debs, Walls and Bars (Chicago: Socialist Party, 1927); véase
también las Letters of Eugene V. Debs, vols I—III (Urbana: University of
Illinois Press, 1990).

(4)  Véase Miguel Hernández, Cuaderno del cancionero y romancero de ausencias, ed. José Carlos Rovira (Alicante: Instituto de Estudios Juan
Gil-Albert, 1985).

(5) Véase Miguel Hernández, Cartas a Josefina, introducción de Concha
Zardoya (Madrid: Alianza, 1988).

(6) Véase Miguel Hernández, Epistolario, prólogo de Josefina Manresa, introducción y edición de Agustín Sánchez Vidal (Madrid: Alianza: 1988).

(7) Véase José Antonio Primo de Rivera, Obras completas, recopilación y ordenación de los textos originales hechas por sus camaradas Agustín del
Río Cisneros y Enrique Conde Gargollo (Madrid: Vicesecretaría de
Educación Popular de F.E.T. y de las J.O.N.S., 1945).

(8) Ramón Serrano Suñer, Entre el silencio y la propaganda. La historia como  fue. Memorias (Barcelona: Planeta, 1977), p. 76

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