Me mataré mañana, incapaz de soportar la existencia sin la mujer que ha sido la única alegría, la única felicidad de mi vida. En los últimos dos meses y medio he luchado por vivir; hoy estoy al límite. No tengo demasiada esperanza de verla otra vez, pero, ¿quién sabe?, al menos me aventuro en un vacío donde no hay más sufrimientos. 

Deseo que me entierren (este es mi deseo formal) en la tumba que he hecho construir en el cementerio de Ixelles para mi malograda Marguerite, la cripta que poseo. Mi cuerpo debe ser depositado en el lugar central, justo encima de ella. Y nunca, por ninguna razón, deben ponerme en la cámara más alta. Quiero que su retrato y un mechón de su pelo, que estarán conmigo cuando muera, sean dispuestos en mi ataúd, que será tan similar como sea posible al de mi querida Marguerite, con los mismos caracteres y el mismo estilo, escribid estas palabras: 

«Georges, 29 de abril, 1837 – 30 de septiembre, 1891. ¿Cómo he podido vivir dos meses y medio sin ti?»

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