Estimado doctor Falkenheim:

Me ha pedido usted que le envíe un informe escrito -tal vez debería decir una historia, puesto que se trata de un «caso»- sobre un trauma que sufrió mi hijo en su infancia relacionado con el mito de Papá Noel. Intentaré ser preciso, sin ocultar mis propios sentimientos, pues sé muy bien que el análisis de un niño no deja de ser también, en cierta medida, el análisis de sus padres. ¡Increíble cómo la expresión «carne de mi carne» se aplica mejor al hijo de un hombre que a su mujer! He pasado todo el fin de semana leyendo el libro del doctor Doppeldorf que usted me recomendó y he quedado fascinado con gran parte de su contenido: me ha revelado, por ejemplo, el gusto instintivo del inconsciente por los juegos de palabras y la importancia de lo irrelevante; por eso, no le sorprenderán los detalles en mi informe que puedan parecerle irrelevantes. Pero ya estoy divagando (sin duda, debería de decir que me estoy evadiendo) en lugar de hacer el breve informe que usted me solicita. ¿Pero de veras espera un informe breve? Después de leer al doctor Doppeldorf, tengo mis dudas.

Soy consciente de que el tono de mi carta peca de ligero, pero sé que usted comprenderá lo que se oculta debajo de esa ligereza. Pero lo que tengo bien presente es a mi hijo que, todos los años, en diciembre, regresa de la escuela con un ojo morado o la boca sangrante, y sin embargo no deja de sentirse estimulado por un profundo coraje del que sólo es capaz un niño frente a un mundo hostil, porque no puede creer que nosotros, los adultos, sepamos qué es la vida. A su juicio, mi única preocupación es la guerra reciente de precios entre la Esso y la Shell , mientras que mi mujer, para él, sólo piensa en sus deberes de ama de casa; y ambos debemos respetar su independencia y no hacer comentarios. La herida no existe. el ojo morado se debe a un golpe contra una pared de ladrillos, porque andaba distraído.

Mi hijo tenía seis años cuando ocurrió el suceso que voy a tratar de describir. Unos meses antes me había ido de Inglaterra para instalarme en Canadá con mi mujer y mi hijo, y aún nos estábamos acostumbrando a esa gran ciudad metálica, iluminada con luces de neón, que se extiende sobre las primeras colinas al pie de las Montañas Rocosas, a más de mil metros de altura. El cielo parecía más lejano e inmenso que nuestro cielo inglés, se alzaba sobre las nubes, majestuoso, y el aire era transparente y puro como el agua de un lago. Desde nuestra cabaña, llamada Mi Reposo, hasta los límites de la ciudad, la vista se expandía por encima de las ondulaciones rojizas de las praderas hacia los picos nevados de las Rocosas. Las nubes cambiaban de color a toda hora del día; a veces adquirían tonos blancos puros y brillantes y, por momentos, un azul tan oscuro como nubarrones de tormenta.

Le hago esta descripción sólo para mostrarle que no nos encontrábamos de ningún modo exiliados en una especie de «Lejano Oeste». Más bien, teníamos la sensación de que estábamos comenzando una nueva vida llena de libertad y alegría. Pero, por cierto, nada podía prepararnos para el tremendo shock que nos obligó a irnos pocos meses después. No hemos vuelto nunca más, de modo que mi hijo sólo conserva los recuerdos simples de un niño de seis años. Cuando los evoca, hace una mezcla extraña: los hombres vestidos de cowboys que hacían compras en los autoservicios, la playa de estacionamiento ubicada en el último piso de los grandes almacenes Bahía de Hudson, desde donde, sentado en el auto, veía el río, los techos de las casas y las montañas, infinidad de animales con cuernos que mugían y pateaban dentro de los vagones de bestias en la estación de tren, las nubes que rodeaban las Rocosas y anunciaban lo que la gente de esos lugares llama el chinook, cuando, en pocas horas, la temperatura sube en forma brusca de veinte grados bajo cero a treinta y cinco grados. Hay otro, naturalmente, pero no habla de éste, el terrible recuerdo que es el propósito de su investigación.

En el Canadá del oeste volvimos a encontrar todos nuestros mitos ingleses: los huevos de Pascua, que el conejo de Pascua no había reemplazado; y mucho tiempo antes de Navidad, los hombres de barba blanca comenzaron a distribuir entre los niños goma de mascar y sombreros de papel en el departamento de juguetes de dos grandes almacenes: Bahía de Hudson y Eaton. Me parece, no sé por qué, que los niños aceptan en forma tácita la idea de que esos hombres no son más que los sustitutos del personaje real, a menos que haya alguna confusión con los santos cristianos, que los católicos creen que pueden aparecerse en varios lugares a la vez. Quizá la noción de un Papá Noel múltiple no sea más desconcertante que el asunto de la Santísima Trinidad , que se cree que los niños del catecismo comprenden sin la menor dificultad. y cuando sus preguntas se vuelven impertinentes, supongo que les dicen, como nos lo dicen aún a nosotros, los adultos, que es un misterio inescrutable.

A principios de noviembre mi hijo ya había preparado la lista de regalos de Navidad. Ninguno de los objetos que figuraban allí tenía la mínima posibilidad de formar parte de las bolsas de los viejecitos de Bahía de Hudson o de Eaton, y creo que él tampoco abrigaba esperanzas de verlos aparecer. Incluso nos preguntábamos (usted sabe lo poco y mal que conocen los padres a sus hijos) si aún creía en Papá Noel. En el primer trimestre lo pasaron a una clase más avanzada en la escuela, pues en Inglaterra, de donde venía, el nivel de estudios es más alto, de modo que estudiaba rodeado de viejos escépticos de siete y ocho años. Cuando pienso en mi propia infancia, me parece que recuerdo un período en el que fingía creer en Papá Noel, en consideración a mis padres: era tan evidente que les daba mucho placer preparar la ceremonia de las medias colgadas al pie de la cama y entrar en secreto en mi habitación, disfrazados, por temor a que yo estuviera despierto, y tengo un vívido recuerdo de una Navidad en la que mantuve los ojos bien abiertos como para darme cuenta de que el Papá Noel llevaba puestos, como mi padre, zapatos Delta marrones, número cuarenta y dos. Es curioso que esa palabra Delta se me haya quedado grabada en la memoria. Usted tiene, seguramente, una teoría sobre eso también, doctor. El delta del Nilo, quizá, Moisés y las cañas, las siete plagas. ¡qué largo viaje puede emprenderse partiendo de un par de zapatos de cincuenta chelines!

Le dije a mi mujer:

-¿Por qué sencillamente no guardamos silencio este año sobre el tema de Papá Noel? Hemos roto con Inglaterra. ¿Por qué no romper al mismo tiempo con Papá Noel?

Ella me respondió más o menos lo siguiente:

-Me divierte mucho salir a buscar pequeñas baratijas para poner en la media -le transcribo el diálogo lo más fielmente posible, doctor, ¡pero después de seis años.!-. Muy pronto llegará el día en que le compremos corbatas de seda y los poemas de Ezra Pound.

-¡Oh! ¡No hay razón para que el juego de la media no dure un tiempo más! Lo separaremos de la idea de Papá Noel, eso es todo. Incluso podríamos sustituirlo por un balde de cereales.

-Ya no habría bota para llenarla ni siquiera de mandarinas.

Ese año su lista de Navidad fue bastante aterradora; podría haberla redactado la OTAN. Empezaba con un arma espacial y un misil de guerra nuclear que vio una vez en las vidrieras de Bahía de Hudson. El objeto menos mortífero de la lista era, quizá -si nos olvidamos de los usos del uranio- un contador Geiger.

-¡Ante semejante lista no me vas a decir que él cree todavía en Papá Noel! -exclamé.

-No veo cuál es la relación. Supongo que a su edad tú pedías soldaditos de plomo y una pistola de aire comprimido. Es el progreso. nada más.

-Me sorprende que no fabriquen un juego de Hiroshima -le respondí. Un bombardeo con la ayuda de pequeñas armas nucleares. Tengo muchas ganas de tomarme una licencia e inventar uno para las próximas Navidades.

Pero al año siguiente Papá Noel estaba muerto, bien muerto, como suele decirse.

Aún no habíamos tomado la decisión definitiva con respecto a eliminar a Papá Noel ese año o esperar hasta el siguiente, cuando mi mujer regresó un día, muy agitada, de los grandes almacenes de autoservicio que abastecían nuestro barrio alejado del centro de todo lo necesario. (De hecho, las amas de casa no tenían que ir para nada a la ciudad, pues en ese almacén podían comprar de todo, desde lavarropas hasta libros de bolsillo; además, contaba con una playa de estacionamiento para no menos de quinientos autos.)

-Papá Noel va a llegar el 24 de diciembre, por vía aérea -me dijo mi mujer.

-¿Por vía aérea? ¿En un trineo tirado por renos? -le pregunté.

-En un helicóptero. Va a aterrizar justo antes de la puesta de sol, en la playa de estacionamiento.

-Veo que el progreso está llegando a nuestro barrio.

-Es un helicóptero de Eaton. Le ganaron de mano a Hudson. Nuestra sucursal es la última del circuito. Si este Papá Noel va a ser el último para nuestro Colin, la verdad es que tenemos suerte.

(En términos generales, ésa era nuestra actitud. Compasión por el niño, compasión por Papá Noel, grandes esfuerzos por elegir bien el modo de revelarle al niño la verdad con el mayor tacto y dulzura posible. No recuerdo que mis padres hayan tomado tantas precauciones.)

Pues bien, ¡todo arreglado! La presentación de aquel gran almacén nos proporcionaba el modo perfecto: Papá Noel llegaba en helicóptero.

Espectáculo absolutamente gratuito. Entrada libre. La publicidad americana suele ser muy generosa. Y esta llegada recibió, ni que decir tiene, la aprobación de todos los comercios de la ciudad, así como de todas las iglesias. Elías ascendió al cielo en un carro y Papá Noel bajaría también en una especie de carro; pero, por cierto, el relato de Elías está dirigido a las personas mayores como yo, mientras que Papá Noel pertenece a los niños.

Pero, quiera o no quiera, es necesario que vuelva a la víspera de Navidad, y bajo los inmensos ventanales del gran almacén, en la playa de estacionamiento, en cuyo centro habían cercado con sogas un espacio pequeño no más grande que una casa, donde iba a aterrizar el helicóptero, esperábamos los tres que llegara Papá Noel de la ciudad. El cielo estaba despejado, el aire muy frío, y mi mujer me dijo:

-Esto nunca hubiera ocurrido en nuestro país. Aquí, me encantan las Navidades.

Y nos pusimos a hablar, estoy seguro, de los grandes espacios libres y de la pequeña y estrecha Europa, así como de la rica imaginación de los publicistas de esta ciudad construida a mil metros de altura. También estaba entre nosotros el padre O’Connor, acompañado de un grupo de jóvenes feligreses que llevaban puestos sombreros a la Davy Crocket , jeans y gruesas camperas forradas en tela escocesa. El sol estaba por desaparecer detrás de las Rocosas cuando oímos el zumbido del helicóptero, muy lejos en el inmenso cielo verdoso. Despegó en línea vertical de uno de los grandes almacenes de la ciudad y planeó como un buitre, luego descendió hacia nosotros, zumbando con vigor, mientras que los bebés gritaban y hacían gluglú en sus pequeños coches. A unos sesenta metros de altura, cuando Papá Noel bajó los ojos hacia la tierra vio, sin duda, bajo el filo de las palas giratorias, cientos de bocas abiertas. El helicóptero voló en círculos sobre nosotros, Papá Noel abrió la bolsa y el aire se llenó de un diluvio de pequeños objetos brillantes. Cayeron entre los cochecitos de bebé y los sombreros de cowboy, y empezaron a rebotar alrededor de los tacones altos y de las botas en miniatura.

Eran exactamente las mismas baratijas que distribuían todos los días a la entrada de los grandes almacenes: goma de mascar y sombreros de papel, pero por supuesto, al llover de manera directa desde el cielo, las chucherías adquirieron una gloria muy especial. Luego, oscilando un poco de un lado a otro, el helicóptero se dejó caer con lentitud sobre sus patas revestidas de caucho justo en medio del espacio cercado con sogas, mientras que un altoparlante les advertía a los padres que debían permanecer cerca de sus hijos hasta que la hélice dejara de girar.

¡Ay, por desgracia a nadie se le ocurrió advertírselo a Papá Noel! Sobre su cabeza, las palas disminuyeron la velocidad: no esperó a que bajaran la escalerilla, y con la gruesa bolsa al hombro saltó a tierra, mientras que un poco más arriba la hélice cortaba el aire con sus grandes aletas, y cientos de niños gritaban de alegría al verlo aterrizar. Quizá era mayor el entusiasmo detrás del helicóptero, o tal vez se le ocurrió que los niños que se hallaban de ese lado no lo distinguían bien, porque rodeó el aparato para que ellos también pudieran verlo. Pero había olvidado por completo, suponiendo que lo haya sabido alguna vez, que los helicópteros suelen tener una segunda hélice en la parte de atrás, y cayó justo en el medio. Las palas se aferraron al cuerpo, lo lanzaron en una especie de danza frenética en la misma dirección de donde venía y lo decapitaron de un solo tajo. La cabeza, todavía con la barba postiza puesta, giró en el aire y cayó unos pocos pasos más allá, con una mirada de profundo estupor en sus grandes ojos abiertos, antes de que el cuerpo tuviera tiempo de terminar el baile con una gran voltereta.

Ese es el origen del trauma (el doctor Doppeldorf y usted me enseñaron esa palabra). Mi mujer perdió bastante tiempo, entre las dosis de calmantes que se le administraron, en explicarle al niño que, al fin y al cabo, no era Papá Noel el que había muerto, sino un anciano llamado Jeff Drew. Pero los diarios hicieron lo posible por contradecirla al anunciar en grandes titulares: «La muerte de Papá Noel», y cosas por el estilo. Las autoridades, por su parte, contribuyeron a la confusión general cuando decidieron rendirle homenaje al anciano (que fue trasladado unas semanas más tarde a la beneficencia pública) con un magnífico funeral, que incluía policía montada, coronas de acebo y un arbolito de Navidad sobre la tumba, decorado con luces multicolores, mientras los escolares desfilaban en procesión. pero me negué a dejar que mi hijo participara de la ceremonia. Quería que olvidara ese asunto lo más rápido posible. Y eso fue justamente lo que no hizo.

Así es, pues, como hoy se ha convertido, a la edad de doce años, en el hazmerreír de todos sus compañeros de la misma edad: cada año, cuando llega diciembre, es víctima de incesantes burlas que acaban en peleas que nunca puede ganar. ¿Y cómo podría? Se enfrenta siempre solo contra todos, porque cree que Papá Noel está realmente vivo. «Claro que existe de verdad», sostiene, un poco a la manera de los primeros cristianos, «puesto que yo lo he visto morir». Papá Noel ha muerto, por lo tanto es indestructible.

Se lo ruego, doctor, haga lo que pueda…

Gaham Greene


Traducción del francés de Luz Freire. 
Publicado en el diario Perfil de Buenos Aires el 29 de abril de 2007

Categorías: Cartas de ficción

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *