Buenos Aires, 26 de agosto de 1998


Esteban:

Sé que conociste a María hace pocos días, y que ella, embelesada por tu belleza, fue engañada. Realmente envidio tu hermosura y la consecuente facilidad con que enamoras a quien quieres, si es que tu narcisismo, justamente fundado, te permite querer. En realidad eres alguien muy virtuoso, repito, te admiro.
Debes entender que yo amo a María para comprender el por qué de los actos que narro en este opúsculo.
Me enteré hace poco tiempo, gracias al fiel informe de un amigo, de tu aventura con María, y me enteré también que siquiera le diste una segunda oportunidad, que la abandonaste sin protocolo alguno, como si ella no fuera una mujer especial. Como si yo no la amara. Pero, por supuesto, tú eres genial, qué puede enamorarte, si opacas el amor mismo. Decidí hacer Justicia, tú no puedes seguir viviendo como si a nadie hubieses abandonado, como si no hubieses engañado a alguien especial.
Escribí entonces esta carta, y la dejé sobre la mesita de luz.
Salí apurado del apartamento y me dirigí hacia la tienda de ropa para skaters, compré un par de guantes de cuero grueso. Luego regresé y me escondí en la cocina.
Ya debes estar leyendo esto, son las ocho y siete minutos, y siempre, gracias a tu puntualidad envidiable, llegas dos minutos antes de esta hora, debes haber colgado tu hermoso traje en la percha, en esa que es mi preferida, pero que desde chico acostumbras usar; ya que te corresponde: eres el virtuoso, yo sólo soy el simpático.
Ahora hace aproximadamente diez segundo comenzaste a leer esta carta, ya debes ir por aquí, gracias a esa velocidad de lectura que desde hace años quiero alcanzar, aunque no puedo. Ni hablemos de tu escritura, armoniosa, exquisita, sagaz y sorprendente, no desordenada, vaga, imprecisa, torpe y previsible como la mía.
Supongo que ya debes conocer mi proyecto, y no intentas evitar tu asesinato, porque sabes, como todo, de antemano, que mientras leías, yo tomaba un cuchillo de la alacena y me acercaba sigilosamente a tus espaldas para terminar con tu hermosa vida. Sabes que tienes todo lo que quieres y que no quieres todo lo que tienes, como no quisiste a María, ni a tu brillante literatura, ni a tu tranquilo trabajo, ni a tu fortuna, ni a tu sabiduría, ni a nada. A nada de lo que yo deseo, pero tú tienes.
Ahora, como sospechas todos con certeza infalible, sabes que mi hombro soltó el trágico péndulo que terminará con tu vida. El último instante es doloroso, afortunado tú que sientes al final de la vida, y no en todo el transcurso de ésta, como nos pasa a la mayoría.
Canalla. Siquiera tienes la cortesía de morir con pena, mueres con dolor y sin pena, siquiera ese gusto me otorgas; a mí, que soy tu hermano, que siempre te admiré fervientemente, que encandilado por tu grandeza, te regalé la pasión misma… la pasión misma. Hermano, siquiera morirás con dolor, siquiera el rigor mórdico es trágico para ti. Hermano, sufre, la mortaja no te sentará bien.

………………………………………

Querido hermano:


Hoy en la mañana, cuando me saludaste percibí que quieres matarme, envidioso. En verdad que tal anhelo rebalsaba de tus ojos. Sé que es por la aventura que yo tuve con María, nunca podrás perdonar mi abandono, como si fuera cuestión de méritos, como si yo pudiera forzar mi amor, como si yo pudiera hacer algo con respecto a mi amor, hermano, hermano, qué torpe eres.
Cuando volviste del trabajo, a pesar de que era bastante temprano (no te preocupes, tu problema laboral está por solucionarse) ya había escrito esta carta.
El almuerzo será regular, como siempre, un asesino trata de realizar sus actos cotidianos, verdad. Actuarás muy naturalmente, parsimonioso como nunca. Notaré que tratas de ocultar un billete de diez pesos en el bolsillo trasero de tu pantalón, pero el azul papel te jugará, otra vez, una mala partida; y mostrará su punta delatora, siempre delante del pañuelo y detrás de la billetera. Seguramente con él comprarás, cuando yo me vaya a la oficina, una navaja, un puñal, quizás un par de guantes.
Pero no iré a mi oficina a trabajar, sino a terminar un trámite que comencé hace tiempo, ocuparás mi puesto. Como ha de sobrarme un largo rato, registraré esos poemas que tanto te gustan a tu nombre y luego, con los artilugios que ya conoces, pero no sabes usar, haré que María entienda la necesidad de estar a tu lado. Mientras tanto, escribirás una carta para mí y la dejarás en la mesita de luz.
Volveré puntualmente a casa, colgaré mi saco en la percha, en esa que infantilmente reclamas de un modo gracioso, y leeré tu carta. Terminarás con mi vida, todo será dolor, pero no pena, porque hasta las pompas fúnebres me van bien.
Espero que mejores tu situación, te quiere mucho…
Esteban
PD: Mañana preséntate en la empresa a las ocho menos cuarto para arreglar todo con el jefe. Recuerda llevar un buen traje, si lo deseas, el mío.
PDII: María te llamará a las nueve y cuarto.
PDIII: Culpa de mi asesinato al del 4to.B, él también me admiraba.

………………………………………………………

Ahora estás muerto, y no sientes nada, pero yo me siento solo. En realidad es muy bella tu carta póstuma, pero no puedo creer lo que en ella dices. Sí, ya sé, siempre desconfío, siempre exagero, siempre todo, ¿no?
Vienes a hablarme de amor, luego de que, tiempo atrás, me enseñaste que es algo velado para el hombre, y ahora lo traes a tema, pero ¿cómo piensas que puedo creerte algo así? Recuerdo tu frase: “El amor es imposible para los hombres, a ellos les queda el deseo y el desengaño.”
Pero, claro.., yo deseaba a María, y me vienes a hablar de amor, para decir que lo tuyo no fue un robo; pero no existe el amor, ambos lo descubrimos, existe el deseo que no tiene personas sino objetos deseados, y estos objetos pueden robarse. Ladrón. Tu mentira alcanza dimensiones exorbitantes, o te volviste loco, o no sé. ¿Qué te pasa?
Estás loco como todos, escuchá lo que te cuento. Le mostré mi carta a unos tipos de un taller literario, y estaba todo en orden, yo esperaba que me plantearan lo injusto de mi crimen, y en lugar de eso, me preguntaron “ ¿Por qué eso del trato de tú y no de vos?” y acotaron “Qué extraño, ¿no?”. Y claro, lo extraño es tratar a un hermano de tú, y no matar por envidia, eso está perfectamente explicado y justificado, es lo cotidiano, yo supongo que los integrantes del taller este, como son más grandes que yo, ya deben haber asesinado a casi todas las personas que envidian, le deben quedar tres, cinco; seis a lo sumo.
Bueno, pero yo que te maté, les mostré tu carta. Te estarás preguntando cómo hice eso. Siquiera sospechan. Y les mostré, colmo de colmos, tu carta también. ¿Qué podemos hacer nosotros? Estamos todos locos. Por eso nadie se hace famoso por estar loco, si todos tienen el mismo signo, ninguno está marcado. Nadie es famoso por estar loco, ya te dije y me asentís, nadie es famoso por sufrir, ni por desvelarse por amor, ni por traumarse en la niñez. Son lo que llamas las marcas generales.
Qué guacho que sos. Uy viste, logré, aunque sea postmortem, tratarte de vos. Qué bien che… pero qué bien.
Te estaba diciendo que sos un guacho, porque pusiste los poemas a mi nombre. Como sabés que la idea de que son tuyos es inolvidable. Los inscribiste a mi nombre pero en tu memoria. Mejor dicho, en mi memoria, pero para vos. Hasta mi muerte, tuyos, sádico. Hablando de otra cosa, y como no podrás escuchar, te voy a contar algo muy feo. El del 4to.B se salvó. Engañé a la policía pero elegí otra víctima. El que ejecutarán hoy en lugar del culpable, el que hoy va a la silla eléctrica, hoy va… hoy a la silla eléctrica va Papá.

Mariano Salvati


Inédito


Categorías: Cartas de ficción

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *