Infancia clandestina

Benjamín Ávila
Historias cinematográfica, 2012

Tres voces de tres universos aparecen superpuestas en Infancia clandestina, la película de Benjamín Ávila.  Tres voces que pueden condensarse como un aleph en tres instantes. Una de esas voces tiene forma de carta. Pero hay que ir una por vez. 
La que sobresale, por supuesto, es la del pequeño Juan/Ernesto, hijo de los militantes montoneros que vuelven a la Argentina en el marco de la llamada “contraofensiva” en 1979. Él mira y narra todo ese mundo extremo con la inocencia y la determinación de sus 12 años. El momento, por decirlo de alguna manera, es cuando se entera de la épica muerte de su adorado tío Beto y le echa en cara a su memoria, como si fuera un rayo, que quién se creía que era para morirse así, que él lo necesitaba vivo. 
Otra voz es la de su abuela, interpretado por Cristina Banegas, que llega a la casa y a la película en una camioneta con los ojos vendados y camuflada por cajas de maní con chocolate. La abuela arriba, de esa peculiar forma,  al falso cumpleaños del nieto, su Pollito. El cumpleaños es falso porque lo que se festeja tiene que ver con el aniversario de la azarosa fecha de nacimiento que figura en el documento apócrifo, ese que oculta la verdadera identidad de Juan. Ahí, a la noche, luego del baile que anima el carismático tío Beto, los grandes se juntan alrededor de una mesa y la voz de la abuela les advierte desgarradoramente que están matando gente todos los días, que no deberían haber vuelto, que corren peligro. Y la que responde es la hija, Cristina (Natalia Oreiro), que le grita muy digna que no debe, como hizo siempre, actuar de manera egoísta ni tampoco ser miedosa, que se debe jugar algún día por los demás. Ahí, entonces, en la misma escena se produce e instante dramático frente a un destino que puja entre la voz de la sensatez y la voz de la voluntad: aunque sea los chicos, le pide la abuela con la desesperación de quien sabe que está perdiendo la partida, aunque sea dejen afuera de todo eso a los chicos, que ella, la miedosa, la egoísta, los iba a cuidar. Pero la historia, se sabe, fue otra.
La tercera voz es la de ellos, los militantes, que hablan en tono marcial en toda la película, salvo al grabarle una carta a su hijo cuando todavía era Juan. Así, casi casi, empieza la película. La carta oral registrada en la grabadora es una de esas que se usaban en esas épocas como último grito de la tecnología. Allí le cuentan que se están volviendo de Cuba, que van a tener que estar separados por un tiempo, que a partir de ese momento tendría un nombre nuevo, Ernesto, y que ya se iban a reencontrar. En ese tintineo de la voz de esos dos jóvenes por primera vez –y casi única – parece correrse el velo de tantas convicciones inclaudicables, de tantas épicas que galvanizan, de esas voces altisonantes y sin fisuras. Esa carta en un soporte heterodoxo resulta clave, porque aunque insiste con referir a grandes hechos de la Historia, suena con el tono amoroso con el que los padres le hablan a los hijos. 
La película no prevé una respuesta a esa carta, aunque quizá toda la película funcione como tal, la imprescindible correspondencia que refiere con un tono amoroso sobre la tragedia.    (Por M. N.)
Dirección: Benjamín Ávila
Guión: Benjamín Ávila, Marcelo Müller 
Origen: Argentina España Brasil
Duración: 110 minutos 
Distribuidora: Distribution CompanyIntérpretes: Natalia Oreiro, Ernesto Alterio, César Troncoso, Cristina Banegas, Teo Gutiérrez Moreno, Violeta Palukas, Douglas Simon, Mayana Neiva.
Categorías: Películas