La marquesa de Merteuil ¿hija del corsario negro?

Un escritor elige el personaje de la literatura que más le gusta

Por Ana María Shua

El libro se llama Las relaciones peligrosas. Es una novela epistolar publicada en 1782. Describe un complejo entramado de relaciones de amor, sexo y poder en la corte de Francia, que su autor, Choderlos de Laclos, parece conocer a fondo. Stephen Frears filmó la película, con John Malkovich en el papel del vizconde de Valmont y Glenn Close en el papel de mi preferida, la marquesa de Merteuil. Ella ha sido amante del vizconde de Valmont, pero ahora le impone condiciones para acceder a sus favores. La tarea es difícil pero no imposible: Valmont debe seducir y perder a la más casta, formal y enamorada de las esposas. Sólo cuando sea capaz de probarlo, la Merteuil volverá a aceptarlo en su lecho. Muchos personajes escriben las cartas que conforman la novela, pero sólo el perverso Valmont y la cruel Merteuil llevan adelante la acción. Las cartas de los demás están llenas de invocaciones, puntos suspensivos, signos de admiración; son líricas, suspirantes: son cartas de gente común, incapaces de ver a su alrededor, centrados en sí mismos, en sus propias pasiones. Valmont y Merteuil, en cambio, son desapasionados, observadores, caníbales: son grandes narradores.

Cualquier mujer perdería la cabeza por Valmont, ese seductor absoluto de brillante inteligencia, atractivo, sensual, ningún escrúpulo. Merteuil lo ama, yo lo sé aunque Stephen Frears no se haya dado cuenta. Esa sutil telaraña que despliega, en la que ella misma caerá envuelta, es una compleja estrategia para mantener interesado en ella a un amante tan breve, tan esquivo y burlón. La marquesa sufre, pero nadie lo sabe, excepto, quizá, su autor. Si Flaubert fue Madame Bovary, Choderlos de Laclos fue la marquesa de Merteuil. Pero ¿qué hace aquí la señorita Yolanda de Ventimiglia y Wan Guld? ¿Qué hace esta joven pura y valerosa, capaz de manejar la espada como el mejor esgrimista, en el ambiente viciado y corrupto de la corte de Francia? No sé a qué ha venido, pero debo sacar inmediatamente de este lugar a la hija del Corsario Negro para ponerla bajo la protección de los Hermanos de la Costa. Morgan y sus filibusteros ya deberían estar aquí para protegerla y llevarla de vuelta a Jamaica. Y no traten de convencerme con documentos históricos de que los piratas no eran hombres de honor, cultos, generosos, inteligentes y con sentido del humor. Yo leí Salgari y sé muy bien de qué estoy hablando. ¡Por mil rayos y centellas!

No se lee así, ¿verdad? No se lee con tanta inocencia. No es correcto, no es astuto de parte de un escritor confesar una elemental identificación con los personajes, como cualquier lector salvaje. Y sin embargo yo fui la hija del Corsario Negro y no puedo disimularlo sin renegar de mi padre, el Caballero de Ventimiglia. Ahora, en una relectura, leo que Yolanda tiene para siempre diecisiete años. En ese momento me parecía una mujer hecha y derecha, mucho mayor que yo, y no entendía por qué otros personajes hablaban de ella llamándola niña. La vida era simple: había buenos y malos, inocentes y culpables. Yo era Yolanda de Ventimiglia, conocía la estocada secreta del Corsario Negro, sabía disparar el pistolón de un solo tiro y no le tenía miedo a nada porque los buenos nunca mueren. En defensa de mi vida y del herido capitán Morgan, luchaba contra los indios del Amazonas, pero era lo bastante compasiva como para tratar de salvarlos después de haberles atravesado la garganta. Era sencilla, redonda y perfecta, como se debe. Muchos años después fui la marquesa de Merteuil, personalidad infinitamente compleja, plena de anfractuosidades y recovecos del alma. Quise y no quise, dudé, mentí. Fui cruel y desdeñosa y perdidamente enamorada. Fui humana. Y sin embargo, no es tan extraño que quien ha sido a los diez años la Hija del Corsario Negro llegue a convertirse en su juventud en esa mujer independiente, profundamente inmoral, dispuesta a desafiar las convenciones con la misma energía que usó para batirse a duelo en su niñez.Cada una de mis heroínas tuvo el final que merecía. Para Salgari, la solución era obvia. Yolanda se casó con Morgan y obtuvo el triunfo máximo, el ideal del estereotipo femenino: enamorarse de un pirata aventurero y convertirlo en un padre de familia. Choderlos de Laclos, en cambio, tuvo graves problemas con su personaje. ¿Qué hacer con esa mujer imposible, que desbordaba de todo estereotipo? ¿Cómo castigar a alguien que no se arrepentía? Yo sé que en el fondo hubiera querido recompensarla, pero entonces quién sabe si hubiera conseguido publicar su novela. Laclos se vio obligado al más ridículo, al más elemental de los recursos. Como un deus ex machina, entre los silbidos de sus lectores, hizo descender de los cielos una epidemia de viruelas que atacó a la malvada, destruyendo su belleza. Pero yo no me lo creo. Yo sé que la marquesa de Merteuil reina en la Tortuga y Jamaica, con su fiel Morgan a su lado y mil barcos filibusteros custodiando su gloria. Se aburre un poco.

Publicado en el diario Página/12 de Buenos Aires el 9 de Octubre de 2005

Categorías: Noticias Encontradas