No puedo decir, quizás nunca pueda saber, si vas a leer esto con las mismas ganas con las que leíste todas las demás cartas que te escribí. Seguramente ya entenderás que esta es la última. Porque, seguramente, ya entendiste que lo nuestro se acabó. Acá es donde suspiro y te digo, Trinidad, que a mí me habría gustado que todo esto terminara de una manera muy distinta.

Quizás, lo mejor habría sido pelearme un poco con mi madre, dos años atrás cuando dijo que nos mudábamos. Sí, seguramente habría sido mejor salirme un poco de mi papel de adolescente desganado de manual: levantarme cada tanto de la cama y salir de la previsible oscuridad de mi cuarto para decirle, no, mamá, no, yo me quedo acá. Aunque sea, darle un motivo, una razón, vos viste que mi vieja escucha y entiende. Creo que si yo le hubiera dicho que los chicos, o el colegio. Pero era más cómodo seguir el camino típico y el hacé lo que quieras.

Porque si yo me peleaba, o por lo menos decía algo, nunca me habrías visto tirado en la vereda, marcando un pulso con las zapatillas rotas y mirando cómo bajaban los muebles del camión de la mudanza. Es cierto que la casa podía dar miedo, pero de vuelta mi estupidez imaginable me hizo pensar que eso me gustaba, telarañas y un olor a encierro que casi se tocaba con la mano. Después me dijiste, ¿te acordás?, que desde que eras chiquita la casa estaba vacío, abandonado y cerradísimo. Que siempre te dio miedo, y que no podías creer que alguien se mudara ahí.

Entre la mudanza y conocerte, un mes. Quizás menos. Ya había cambiado de barrio, pero no de costumbres. Terminé el verano durmiendo en calzoncillos, debajo de un ventilador viejo, quejándome del calor que me daba el pelo largo, la persiana siempre baja. Después todo fue como una película yanqui. De las feas. Pero a mí me seguía importando poco, y si ese día me senté al lado tuyo fue porque estabas sola. Ni siquiera te había visto bien la cara y ya me gustaba esa tristeza que le dabas a la silla vacía que tenías al lado. Después charlamos de a ratos, compartimos algo de comida y con los días descubrimos que vivíamos en la vereda de enfrente, que el chico de pelo largo era yo y que la chica que leía en la pileta eras vos. Mirá, ni una semana juntos, pero ya nos habíamos espiado de la manera más obsesiva.
Y no creas que ese viernes, el viernes aquel en que yo me iba un fin de semana a visitar a mis amigos, no te espié después de darte el dibujo. Yo vi que te fuiste caminando un poco más rápido que de costumbre y todo eso. Casi te puedo ver abriendo el sobre, tirada en tu cama, mirando la hoja de cuaderno donde te encontrabas a vos misma dibujada, y mi firma tímida debajo de todo, para que pensaras en mí ese fin de semana en que yo no iba a estar en la casa de enfrente. Quizás ese primer paso mío fue el primer error.

O quizás la culpa de todo esto no la tuve yo. Quizás fuiste vos con tus etiquetas. Vos diciendo novios. O señalando lo cómico de ser el chico nuevo, el seductor callado y medio raro, que se habla con la chica estudiosa y religiosa. Blanco y negro, como vos dijiste. Y ahí fue que me di cuenta, qué asco esto que tenemos, tan horrible, tan guión de comedia romántica para estúpidos norteamericanos, con todo ese olor a espíritu adolescente.
Y ni siquiera sé por qué me gustaste tanto. De algún modo eras todo lo que yo odiaba. Igual, qué me importaba si tenía motivos para odiarme a mí mismo. No podía salir de la casilla que tanto detesto. Y vos, lo diametralmente opuesto. Entonces yo no me soportaba porque cualquiera podía saber, con mirarme apenas, que mis héroes eran músicos, drogadictos la mayoría de las veces, suicidas en algunos casos; que de noche leía a Bukowski y que terminar durmiendo borracho en la calle era una típica salida de sábado. Envidiaba tu libertad, lo poco que te importaba que tu vida fuera una radio FM para jóvenes de clase media a alta, con concursos para conocer al ídolo pop del momento que te miraba confiado desde todos los posters de tu cuarto. Todos sabían que tu vida era así de bubblegum, pero yo envidiaba esa habilidad que tenías para cagarte en lo predecible de tu vida y seguir viviendo sin problemas de ese tipo. Tenías la cuota de conformismo, y hasta de indiferencia (porque lo que los otros pensaban de vos ya se sabía, entonces no te importaba), que yo deseaba para mí mismo, y ni siquiera sé por qué me gustaste tanto.
Pero me gustaste. Sí, me gustaste y un día me cansé de juntar valor (aunque nunca me creíste esta parte) y te di el beso más feo y tembloroso de mi vida. Después, claro, tus labios y todas esas cosas que canta la estrella del póster cuando le componen una balada. Pero no tiene nada de malo, por qué va a tenerlo si de a poco fui entendiendo que eras la suma de detalles que yo necesitaba para levantar la persiana de mi cuarto y poner un poco de orden, como me pedía mi vieja.
Fuiste la única persona que me oyó, que eligió conocerme y quererme así. Pero también eras el rubor de tus mejillas cuando te reías, tu bostezo puntual a las cuatro de la tarde y la siesta sin permiso (pero acompañada) en mi cama, eras la que se guardaba mis cigarrillos para que dejara de fumar y me hacía pedir como un nene que me los devolvieras, pero en realidad pedía que me mordieras los labios despacito y diciendo “no, no”, eras el perfume a jazmines en tu almohada, eras estudiar juntos en la cocina de tu casa, cuando hacía calor, eras la novela que leías al lado mío en un living y eras las caricias de noche, después de todo ese mundo que descubrimos juntos y que quedó entre las sábanas, si querés que quede un poco más cliché, eras todo eso y entonces te quiero, luego te amo.

Y me desintoxicaste, a pesar de que ahora enciendo el segundo cigarrillo. A fuerza de pucheros o de calculadísimos planes, lograste hacer que fuera dejando de fumar, y también me desintoxicaste un poco en otro sentido, me limpiaste la cabeza, me sacaste la amargura, me tranquilizaste un poco (y de a poco), me tuviste paciencia y me escuchaste. Pero quizás fue eso lo que precipitó las cosas. Quizás me di cuenta una de esas noches de insomnio: vos sabías que yo no dormía, entonces dejabas la luz prendida y yo te miraba descansar desde mi ventana, te dibujaba seis o siete veces en mi cuaderno. Quizás fue la noche que dijiste que estabas cansada y yo te entendí, pero vos hablaste por teléfono dos horas y media mientras yo no podía dormir y pensaba qué lástima, estás cansada. Yo veía desde mi cuarto la luz encendida en tu pieza, te veía y nunca te dije nada. Entonces, Trinidad, fue ese día, hace no tanto. Y después no sé qué te pasó, por qué dejaste de entender todo lo que yo te necesitaba y todo lo que vos me necesitabas a mí. Porque toda chica estudiosa y religiosa necesita un ateo un poco reventado que le abra los ojos y todas esas cosas que dijiste vos, y viceversa.

Ahora entiendo que fue tu culpa: vos me llevaste a terminar las cosas de este modo tan feo. No sé por qué de repente quisiste alejarte, hablaste de confusión, pasaste días sin querer verme, pediste un tiempo y una tarde un amigo te vio en una galería, mirando vidrieras acompañada de alguien. Y de la mano. ¿Sabés cómo te sufrí ese día? Después quisiste hablar y hablamos. Dijiste que el que estaba cambiado era yo, que de vuelta volvía a estar callado y apático, y tardaste como una hora en terminar reconociendo que tu viejo no había podido digerir la noticia de que la nena no le llegaba virgen al matrimonio, y que el novio de su hija jamás había pisado una iglesia, que había estado en cana, no sé qué ataque de asqueroso conservadurismo y que entonces te presentaron al hijo de una pareja amiga.

No necesité escucharte más para saber que de repente todo te quedaba más a mano, que ya no tenías que luchar por enderezar conductas, corregir hábitos, eliminar vicios. El dinero y la comodidad ya habían hecho todo eso por vos, y tenías el alivio de saber que tus padres estaban contentos y todo ese bla, bla, bla.

Yo te entendí, sin embargo. No te dije nada y te dejé ir: te seguí mirando dormir de noche desde la ventana de mi cuarto. Quisiste que todo terminara bien, y yo traté. Te juro que traté, pero te extraño tanto, Trinidad. Me duele tanto que nos separe más que una calle, saber que estás tan cerca y que seguís llorando. Y todo este dolor es tan estúpido, tan innecesario que no me quedó más remedio que escribirte esta carta, mi amor, para que puedas acordarte un poco de todo este tiempo que pasamos juntos, a pesar de los meses que anduvimos separados. Y ahora, dentro de pocos renglones, voy a doblar las hojas, voy a guardarlas en un sobre y voy a bajar al living. Voy a levantar las maderas del parquet como hice hace unas horas y voy a deslizar esta carta por alguna rendija del cajón, aunque no sé si la vas a poder leer con las mismas ganas con las que leíste el resto de las cartas que te escribí, creo que no te puse ninguna luz ahí adentro.

Ariel Polosecki


Publicado en I Festival de Arte Joven Sub 18 Cuentos, Buenos Aires, Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, 2005.

Categorías: Cartas de ficción

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