Querido Dios:

Quien te escribe es un pequeño de la ciudad de Buenos Aires, capital de Argentina, país del que parece, si es que existes, te has olvidado. Hago hincapié en la duda acerca de tu existencia porque mis padres me han tratado de explicar los fundamentos de la Fe , y no sé si ellos han sido poco claros o yo poco comprensivo, pero la sospecha de que quizá seas una farsa me abruma desde entonces. Me han explicado primeramente, que si vivo en un mundo perfecto y gigantesco, casi magnánimo, Dios ha de ser perfecto, omnipotente y magnánimo también. Me planteé que si tal fuera el caso, los árboles de naranjas debieran ser naranjas, redondos y compuestos por gajos, y como resultó no ser así ese argumento me pareció inválido. Me preguntaron entonces si no creía en ellos, y no dudé en darles crédito de mi confianza, entonces me dijeron que me podían asegurar que Dios existía. Pregunté de nuevo Por qué y no obtuve respuesta alguna. Vi necesario decirles que confiaba en ellos porque siempre justificaban sus afirmaciones pero que ante tales circunstancias mi confianza disminuía. 
Llegaron explicaciones acerca del dogma, algo, que si no he entendido mal, consiste en creer a pesar de lo que uno cree. Algo así como negarse a sí mismo para reafirmarse en algo que se sospecha erróneo. Inquirí si eso no era todo lo contrario al razonamiento, y me contestaron que no, que ayuda a tal mecanismo así como la metáfora ayuda al poeta. Entonces entendí: El dogma es imaginar lo contrario a lo que uno sabe y profesarlo como una verdad indiscutible. A mis padres no los convenció tal explicación y casi intentan enfadarse. La paciencia de mi padre estaba agotada y la de mi madre expiraba en un último intento; me preguntó si no era más fácil vivir con fe que sin ella, a lo que conteste si no era más fácil vivir poseyendo un auto que no poseyendo ninguno como era el caso de nuestra familia. Mi padre rompió en llanto. Mi madre dijo que era por mi falta de Fe, yo sé que era por el auto ausente. 
Quizá mis padres no tengan auto porque gastaron todo el dinero en comprar su Fe, que ha de ser costosa, porque es un artículo complicado e irracional, y no hay nada que le cueste más al hombre que ir en sentido opuesto a su sentido. 
Mi Madre insistía en consolar a mi Padre, que para aquel entonces ya no creía en Ti. Y te rogaba que no lo conviertas en un hereje como su hijo, que vendría a ser Yo. Atendiendo a tu negativa de devolver la fe errada, comenzó mi Mami a blasfemar, y Valgas Tú, que nunca en mi vida había escuchado palabras tales ni alusiones como esas Ahora ninguno de mis progenitores cree en ti. Esto que te narro aconteció hace ya varios meses y mis padres no recobraron la Fe en la que supongo habrán invertido tanto dinero. Mas no tienen auto tampoco ni ningún bien personal que compense su pérdida, me habían dicho, en un principio, cuando creían en ti, que eras justo, y no lo estás siendo. Si no resuelves pronto esta desigualdad ya no me quedará ni suspiro de tu idea; te ruego tomes cartas en el asunto a fin de que todo siga en orden y yo pueda creer en ti, sino, te lo advierto, no dudaré en olvidarte. 
Un niño que quiere creer pero no puede.


Miguelito.

Mariano Salvati
Inédito

Categorías: Cartas de ficción

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