Relaciones peligrosas.

Las estrategias de Sarmiento

Ana María Barrenechea

La carta con su duplicidad intrínseca se presta a meditar sobre su estructura y su funcionamiento, a la vez libre y reglado, su ambivalencia entre oralidad ficticia y escritura. Objeto que se ofrece y se oculta, constituye un discurso privilegiado. 
Imposible abarcar en corto espacio sus estrategias múltiples, por eso me concentraré ahora en unos pocos fragmentos del genial epistolario de Sarmiento, y sólo en su utilización como instrumento político. 

La carta privada ha solido encarecer el secreto sobre el contenido y ha favorecido la franqueza en las manifestaciones que se escriben con libertad apoyándose en la confianza que se deposita en el destinatario. La indiscreción de éstos ha traído problemas a los hombres públicos y reproches a los que violaron un pacto de no difusión que las mismas leyes aseguran. En la vida de Sarmiento abundan los ejemplos de distinta índole; entre los dos extremos basta citar la carta que escribió desde Santiago de Chile al que llama general, José Santos Ramírez (era sólo teniente coronel) el 26 de mayo de 1848, y la que envía a Urquiza el 23 de febrero de 1852 desde Buenos Aires o la que dirige a Alberdi desde Yungay el 12 de noviembre de 1852, publicada en El Mercurio, que usó como dedicatoria de la Campaña en el Ejército Grande cuando apareció como libro a fines de 1852, y que desencadenó las Cartas quillotanas de Alberdi, en 1853. 

La carta a José Santos Ramírez era un documento privado que intentaba atraer al viejo federal, relegado en San Juan y caído en desgracia con Rosas. Para volver a su favor se la comunicó y éste la utilizó para pedir al gobierno de Chile que reprimiera la campaña antirrosista de Sarmiento en la prensa. La gestión diplomática de su ministro Arana del 11 de abril de 1849, reiterada el 21 de julio, y la publicación de un periódico que Rosas subvencionaba en Mendoza, La Ilustración Argentina , aparecida el 10 de mayo del mismo año, exaltaron más la combatividad de Sarmiento. También agrandaron su propia visión de los peligros que corría su vida y del papel protagónico que le tocaba como figura política. 

En el extremo opuesto, de carta pública destinada a la mayor difusión, podría citarse la «Circular sobre mi carta al Jeneral Ramírez» enviada a todos los gobernadores de provincia el 10 de junio de 1849 y hecha pública en La Crónica , el 3 de junio, donde ofrece una autobiografía sintética con los rasgos más salientes de su vida que quiere destacar como títulos para una futura carrera política (Obras, VI, 185-200). Para asegurarse su difusión en Europa la publicó traducida al francés en París. Curiosa reversión del camino seguido por una carta privadísima que acabó diseminada en sus ecos por toda la República Argentina y, no contentándose con eso, aspiró a ser conocida en el viejo continente. 

El temperamento sarmientino ofrece múltiples manifestaciones de la compleja circulación de su correspondencia. Abunda en ella y en sus libros la inserción parcial o total de cartas de otros para corroborar o ejemplificar sus argumentaciones y planes. También abundan las incitaciones para que los destinatarios hagan leer a otros lo que él les escribe. Quizás uno de los rasgos peculiares de su personalidad lo constituye el empleo de su correspondencia para establecer una compleja red estratégica. Hay cartas dirigidas a A o a B o a C para conseguir una finalidad que es prioritaria: la difusión de sus obras y el comentario de ellas en la prensa periódica hasta pedir que ese B o C le escriba a A al que otros amigos también le han escrito con el fin de que se le conozca como autor y estadista en el extranjero. 

En esa fiebre de relaciones epistolares existe un caso que quizá sea único en la historia de la circulación del sistema epistolar, y tal vez constituya una anomalía. Paul Groussac publicó en La Biblioteca , año II, t. VI (1894), entre otras cartas de Sarmiento dirigidas a Nicolás Avellaneda, la quinta escrita en Nueva York, 15 de diciembre de 1865, pp. 14-26. La nota de la redacción de p. 14 aclara que la comenzó teniendo en mente a Rawson como destinatario y que al recibir una carta de Avellaneda, a mitad del discurso epistolar, dio un vuelco y eligió como interlocutor a este último, al que concluyó por enviársela sin modificar la parte primera. En la p. 25 se copia la certificación del secretario de Sarmiente, Bartolomé Mitre -el hijo del presidente-, cuando testimonia que en ese punto se ha recibido una nota de Avellaneda «sobre el mismo asunto». El texto de Sarmiento aclara las razones que lo mueven y que ambiguamente borra al primer receptor de sus reivindicaciones (Rawson) pero se preocupa por conservarlas y las pone en manos de otro (Avellaneda), que podrá proyectarlas hacia futuros lectores: 

Recibo su carta, contestación a mi anterior sobre el asunto principal de ésta; y no queriendo amargar al ministro (Rawson) á quien iba dirigida con reproches, porque tales serían ahora sus conceptos, se la remito a usted como papeles sueltos en derecho, que no quiero que se pierdan. No se hable, pues, más de ello. Estoy vengado de lo que me hicieron sufrir en San Juan.

Los tratadistas destacan siempre el carácter de la epístola como medio de comunicación diferida, todos en el espacio y muchos también en el tiempo. El alejamiento de los que se escriben misivas funda las paradojas inherentes a su estructura: los contrastes entre presencia/ausencia, imaginario/real, acercamiento/ alejamiento, junto a la fabulación de un diálogo cara a cara que al producirse a distancia miente una intimidad consciente de su soledad con una escritura que se disfraza de oralidad. 

El alejamiento de los participantes acentúa la naturaleza contradictoria de la carta, pues por una parte favorece la manifestación de pensamientos o emociones que no se osaría mostrar cara a cara, y por otra enfría la relación y acentúa el desamparo, la soledad o la reserva. También ocurre que la epístola revele la situación del que se siente inseguro para conjeturar los designios o los estados de ánimo de quien la recibirá en otro lugar y tiempo. 

La amistad de Sarmiento y Mitre fue deteriorándose por diversas circunstancias cuando era presidente: guerra con el Chacho, posterior actuación como ministro plenipotenciario ante los gobiernos de Chile y Perú, especialmente en el Congreso Americano de Lima. El 4 de diciembre de 1863 Sarmiento le escribe desde París:

Cuando empecé a leer su carta de usted y hube comprendido su contenido, levanté la vista a leer la dirección temiendo haber abierto por equivocación una carta a Bartolo, tan extraño me parecía que a mí se dirigiesen aquellos cargos. Leíla toda y visto que no había error. Era a mí (Archivo del General Mitre , 1911, I, 18).

La confusión que levanta un texto ofensivo e inmerecido lo lleva a desplegarla, tematizarla, en forma de una espectáculo de sus propias reacciones (verdaderas o fantaseadas, no nos importa); sorpresa del ataque de Mitre, hipótesis de un desahogo dirigido a su hijo Bartolito entonces secretario de Sarmiento, retrolectura y comprobación de las marcas del destinatario. Más adelante se toma su turno y le expone sus propios agravios. Si Mitre se guió por rumores y falsas interpretaciones para juzgar la enemistad de Sarmiento -como lo enrostra su carta-, ahora éste se resiente de la falta de franqueza propia del verdadero amigo y repite la situación del que estando alejado oye a su vez contrarias habladurías:

(.) le diré que su carta que concluye por decirme: «Crea usted que soy y seré siempre el mejor de sus amigos» (de los de usted el mejor era Sarmiento, si usted lo hubiese comprendido siempre), no es franca. Pero vea cómo no es todavía el mejor de mis amigos. Nada me dice de candidaturas. ¿Por qué esta reserva? ¿Por mantenerse imparcial? Allá creen que la de Elizalde tiene las simpatías de usted (Archivo del General Mitre , 1991, I, 21).

Una carta posterior de Nueva York, 22 de diciembre de 1867, se inicia -aunque ya más serena- con el comentario sobre la situación de quien está alejado y medita sobre la naturaleza de la carta como comunicación diferida y sus efectos inhibitorios para un intercambio espontáneo:

Mi querido General: Tan lejos de tiempo y lugar estamos, y en tan diversas situaciones colocados, que se me cae la pluma de la mano cada vez que intento escribirle. Si de guerra quiero hablarle, viéneme la idea de que, dados mis antecedentes (tres meses ha), llegue mi carta cuando todo ha cambiado de aspecto. Si de lo que aquí pasa o a mí concierne, temo ser importuno para quien está absorbido por cuidados tan superiores a toda momentánea consideración (Archivo del General Mitre , 1911, I, 72).

Finalmente, esta intrincada red del intercambio epistolar, con sus secretas leyes, no está revelando la tensión conflictiva de una comunicación anhelada y un fracaso comunicativo que rige, muchas veces, las relaciones de los hombres.

Publicado en Primer plano , suplemento de cultura del diario Página/12 , el 8 de noviembre de 1992

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