Renace el género epistolar


Por Antonio M. Bator

Quien ha visto a una niña de corta edad escribiendo una carta a una amiga, habrá percibido que en ese acto hay mucho más que un ejercicio epistolar. Tal vez a duras penas pueda trazar las figuras de las letras, pero lo que se nota claramente es su empeño para agregar otras cosas más allá de las palabras. Y así incorpora, tal vez, una flor recién cortada, con frecuencia, una foto, seguramente, un dibujo. Además, las palabras son de colores, forman un paisaje, suben y bajan por los márgenes. Algo parecido encontramos en los manuscritos de los monjes medievales, en los libros de horas de los príncipes, en los poemas de los trovadores, donde contemplamos una profusión sorprendente de imágenes que se continúan con letras de caligrafía exquisita, sin solución de continuidad. Todo el bestiario fabuloso de los pergaminos pasa de un símbolo a otro por una suerte de alquimia, lo que las modernas tecnologías digitales llaman morphing, la cara de un hombre que se convierte por pasos imperceptibles en cabeza de un pájaro, el árbol que se muda en velero. Lo mismo sucede en aquella carta, donde todo se entremezcla. Finalmente, la niña escribe el nombre y la dirección en el sobre y lo cierra ceremoniosamente. Para ella los códigos postales son misteriosos y la carta llega a destino por arte de magia.

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Este relato, que no es ficticio, nos dice mucho sobre la esencia de la comunicación humana. En efecto, la pequeña escritora está viviendo la plenitud de un «encuentro virtual» con su amiga del alma. Virtual porque no está presente, pero que es tan real como si lo estuviera. El concepto de «realidad virtual» no es tan moderno como creemos. Estamos ante un hecho significativo, que el educador podrá multiplicar con la infinita variedad de formas que permiten los multimedios digitales. Así como la niña daba mayor importancia a los regalos que enviaba a su amiguita que a sus propias palabras, el adolescente de hoy se sumerge en el correo electrónico, o en las página de Internet, no sólo por los textos sino por los gráficos, figuras, fotos, sonidos y videos, que enriquecen el código de la escritura. Con la ventaja de saber que el mensaje se envía con un simple clic, y que no deberá esperar demasiado para una respuesta. El género epistolar ha tomado, gracias a las redes digitales de comunicación, una nueva proyección y ha vuelto a la manera más antigua de comunicarse, que es a través del obsequio, del regalo. Lo primero que pasa por la red es un chorro de cariño, una ofrenda, un don. Los bits son, apenas, su soporte multiforme.

Publicado en el diario La Nación de Buenos Aires el 30 de septiembre de 2001

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