Una carta

Por Juan Gelman

En el ’76 tenía yo 22 años. ¿Cómo olvidar que el 24 de marzo, cuando Videla anunció la toma del gobierno, me alegré ya que «iba a dar un empuje al campo» al que yo, como futuro veterinario, pensaba ir a trabajar? ¿Cómo olvidar que sólo me preocupaba por eso? ¿Cómo no me di cuenta que detrás se dibujaba un círculo de muerte con 30.000 cadáveres? Las preguntas pertenecen a una carta que el firmante, hijo de coronel retirado, envió a quien esto escribe con motivo de la nota «Literaturas» (Página/12, 28-12-97) en la que se formulaban otros interrogantes: «¿No habrá llegado la hora de que los hijos de los militares hablen claro con sus padres? ¿No deberán hacerlo acaso como deber ético para con una sociedad cada vez más hundida en la ciénaga de las impunidades? ¿O siquiera para conocer sus raíces y saberse a sí mismos?». 
Para el autor de la carta -el acuerdo es no dar nombres- «la hora» duró años, fue una serie continuada de «ver» y no querer ver, de negarme lo evidente. Nieto, sobrino, cuñado, primo -además de hijo- de jefes y oficiales de las Fuerzas Armadas, un día de 1991 resolvió romper el silencio que imperaba en su hogar, para escapar al «círculo de muerte»: reuní a mi padre y a mi madre y pregunté y pregunté. Las preguntas no apuntaron a su participación, ya que él se retiró antes del ’76, sino a su falta de diferenciación, a su manifiesto compañerismo con los que yo veía como asesinos. A su complicidad. Obtuvo respuestas como «todas mentiras», «te lavaron la cabeza». Tres años después volvió a intentar la ruptura del silencio. No pude hacerlo frente a frente. Usé la vía epistolar. 
Su extensa carta al padre coronel -que aquí se extracta- está atravesada por los desgarramientos. El hijo se manifiesta orgulloso de que su ser es ahora «ya no ser lo que era». Elijo una concepción del mundo distinta a la de ustedes. Mamá dice «siempre hubo pobres». Yo quiero que deje de haberlos. Vos siempre -dice al padre- te tildaste de apolítico. Ante el asesinato no hay apolíticos. Hay gente que muere, gente que mata, gente que sufre, gente que busca a sus familiares, gente con miedo y gente como ustedes, que prefiere el lado de los asesinos. Vos te decís apolítico, yo en cambio te llamo acomodaticio. Siempre te quedaste cerca del poder económico para sacar tajada. Y, a la vez: si hay algo que me da identidad, que me hace sentir que soy, es justamente no pertenecer al núcleo familiar donde nací, me crié, donde di y me dieron afectos, entre otras cosas. 
Recuerda que en una reunión social escuchó a altos funcionarios del gobierno jactarse de que conocían a los asesinos de María Soledad. «Saben los nombres y no los denuncian», pensó con espanto que «llegó al límite» cuando un familiar utilizando uno de los argumentos con que se mató a tanta gente, decía: ‘Bueno, después de todo era sólo una putita». No podía ver (entonces) que eso que yo llamaba familia era una institución vacía, sólo formada por lazos sanguíneos y afectos. Y luego: La «honorabilidad» de la institución familia, aplicada a otra, la institución militar -señala al padre-, te impide aceptar que en vez de compañeros de camada son asesinos y que los que callan ymás aún, van a comulgar y son amigos de esos asesinos, son cómplices. Una familia basada en la fuerza y en la hipocresía no es tal. 
¿Qué son 
-pregunta el hijo- sino símbolos de fuerza y de violencia los uniformes y las armas? Te criaste entre ellos. Tanto vos como tu padre se criaron siendo violentados en una institución donde priva la fuerza y no la libertad de elección. Y era esa misma violencia la que vos traías a casa todos los días con tu uniforme y tus botas. Esa violencia era la que yo recibía. La violencia de los signos autoritarios. Esa violencia que tenía otras formas. Cuando hace unos pocos años yo discutía con vos, mamá paraba mis reclamos diciendo «no grites, no ves que vas a matar a tu padre». Violencia a ritmo de culpa. Y una violencia peor, la que no permite pensar con libertad. Eso es lo que me dieron desde la cuna. Y eso es lo que no quiero. Eso es a lo que renuncio. 
Recuerda la ocasión en que el padre le presentó a un visitante cuyo apellido no entendió y que resultó ser Suárez Mason. «Pobre Suárez Mason -dijiste- está en arresto domiciliario. Yo le ofrecí sacarlo dentro del baúl del auto para pasar la guardia y dar un paseo. «Si el recordar el contacto con la piel de Suárez Mason me da náuseas, el pensar que vos podías tratar como amigo a un tipo que había torturado y matado a tanta gente, me dejó sin habla. Y así, sin habla, estuve mucho tiempo. Durante muchos años no entendí lo que me pesaba tanto sobre los hombros. Pero ahora veo más claro. Hay que querer matar al tirano. Matar a esa figura que, con violencia simbólica, hipocresía familiar o asesinatos y desapariciones en masa, en una mezcla perversa de terror familiar y terror de Estado, no me deja pensar el presente. Entonces, ya lejos del que fui, el que soy ahora sabe que la vida es la única deuda que tengo para con vos. Pero esa deuda, según la ley de la naturaleza, la saldaré dando otra vida. Quiero poder mirar a los ojos de cualquiera, más si es mi hijo, y decirle: yo no tengo la culpa de ser hijo de padre, hijo de alguien que es amigo de asesinos y se ufana de eso. Alguien que, a diferencia de los del CEMIDA, no tuvo el coraje de romper los lazos con la institución Ejército para diferenciarse y poder mirar a su hijo con la frente en alto. Ése, el de la renuncia pública, es un buen camino. Pensalo. 
Así finaliza esa carta extraordinaria que el autor califica de «grito de denuncia y salvación». Gritando la verdad y pidiéndola quería salvar los afectos. ¡Qué iluso! La respuesta fue la cobardía del silencio, silencio que marca una elección. «Preferimos a Viola, Videla, Suárez Mason. Preferimos los dineros de nuestro retiro. Todo eso preferimos a nuestro hijo», dijeron con su falta de respuesta. El intento de conocer las raíces terminó siendo un tirón para arrancarlas de esa tierra de muerte. A la vez, un intento para que broten en otro lado. Donde reine mi vida. Por eso ahora me cuesta menos mirar a las Madres. Es más, me une mucho más a Hebe que a mi madre, la que comulgaba con Videla. Así termina la carta otra, la enviada a quien esto transcribe: Llegó el tiempo de que lo privado se haga público.

Publicado en el diario Página/12 el 22 de marzo de 1998

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