Werther, Johann Wolfgang Goethe

Santiago de Chile, Editorial Andres Bello, 1994.

Por María Pía Chiesino

Desde la carta que abre la novela, uno se entera de que el destinatario de las misivas de Werther es un joven amigo llamado Wilhelm, “a quien yo quiero tanto y de quien era inseparable”. Werther ha hecho un viaje y se ha alejado de sus afectos más cotidianos. Todo lo que lo rodea le resulta paradisíaco. No necesita nada ni a nadie. Tiene buenas relaciones con sus vecinos y podría decirse que es un hombre tranquilo, ya que, según sus propias palabras, “…reina en mi alma una admirable serenidad. Estoy solo y sin embargo gozo y me regocijo de vivir en este país que ha sido creado para almas como la mía” … “Todo lo que me rodea me parece un paraíso.”
Hay, sin embrago, dos grietas que permiten advertir la presencia de lo sombrío y de lo fúnebre a pesar de ese comienzo tan optimista y, aparentemente, perfecto. En la carta del 17 de mayo, se menciona la muerte de una amiga muy cercana: “¿No era nuestro trato un cambio continuo de las más delicadas sensaciones, de los rasgos más sutiles del espíritu más refinado, cuyas modificaciones todas, hasta las de la malicia, estaban marcadas por el sello de su ingenio? Y ahora… ¡ah!, sus años que eran más numerosos que los míos la han sepultado en la timba antes que a mí”. Y en la carta que sigue, fechada el 22 de mayo, agrega: “…me reconcentro en mí mismo y allí encuentro todo un mundo; pero mundo fantástico creado por presentimientos, por deseos sombríos, y en el que no se halla ninguna acción viva…”.
En el marco de esa realidad casi perfecta de la que habla en sus primeras cartas, esto advierte cierta melancolía, sombras, oscuridades y angustias de las que quizá el personaje no quiera hablar de manera directa. No hay que indagar demasiado, ya que la carta del 22 de mayo hace una referencia velada, pero a nuestro juicio clarísima, al suicidio, cuando dice que el hombre:”…sabe que puede dejar esta prisión cuando le plazca…”, en referencia al mundo.
Es claro que, en ese momento de la novela, Werther piensa solamente en sí mismo y en el momento de bienestar y tranquilidad que vive. En este marco encuentra un pueblo que definirá como SU lugar, Walheim, adonde va de paseo y a tomar café en una taberna mientras lee al único autor que le interesa: Homero. El mundo interno de Werther está, aparentemente, centrado. Reflexiona en algunas oportunidades sobre la tensión entre lo racional y lo pasional, manifestando una marcada opción por lo segundo. Esto también va permitiendo a los lectores, adivinar o presentir la posibilidad de que este equilibrio se modifique.
En la carta del 30 de mayo, cuenta que acaba de conocer a un joven labrador, que está enamorado de una mujer viuda para la que trabaja, y le comenta que esta mujer no quiere volver a casarse. Al final de esa carta, Werther se identifica por completo con los sentimientos de este joven, y esa identificación es, por lo menos, inquietante: “…como si yo estuviera poseído por los mismos fuegos me abraso, languidezco y me siento morir, devorado por ellos.”
La carta que sigue, fechada el 16 de junio, es la que corresponde a su primer encuentro con Carlota, a quien define desde el comienzo como “un ángel”. Desde el momento en que la conoce, Werther irá perdiendo paulatina y rápidamente la capacidad de controlar sus emociones y sus actos. Aunque él siempre supo que ella estaba comprometida con otro hombre, cuando ella misma le dice: “Alberto es un hombre honrado con el que estoy comprometida”, él afirma: “…estas palabras me trastornaron como si yo hubiera recibido un golpe inesperado” (…) “ni sabía lo que hacía ni dónde estaba…”.
Nada que no sea una obsesión enfermiza y que va a provocar el desenlace fatal de la novela puede explicar semejante pesimismo y confusión, como consecuencia de algo que le dice esta joven a la que acaba de conocer. Su obsesión es tal, que cuando la deja en su casa al amanecer, después de la fiesta en la que se conocieron le pide permiso para verla ese mismo día: “Desde ese día, el sol, la luna, las estrellas pueden salir y ponerse cuándo y cómo quieran, porque yo no sé ya cuándo es de día, ni de noche, cuándo hace sol o hace luna, pues para mí, ha desaparecido el universo entero.”
Es paradójico, casi absurdo, que alguien que disfrutaba de manera tan plena de la soledad, como se afirma en las primeras cartas de la novela, equipare de pronto la felicidad con el proyecto de formar una familia, como lo hace en la carta del 21 de junio, cinco días después de haber conocido a Carlota: “en su cabaña, en los brazos de su mujer, rodeado de sus hijos, y en los deberes que le impone y en las preocupaciones que le causan los cuidados que le exigen su conservación, encuentra el verdadero placer, la satisfacción real que buscaba vana e inútilmente en todos los rincones de este vasto mundo.”
De la soledad de la que disfrutaba, pasa a la necesidad de estar permanentemente con Carlota, aunque esto implique acompañarla a visitar a una mujer moribunda que él ni siquiera conoce. La percepción que Werther tiene acerca del vínculo con la joven está completamente distorsionada. En ningún momento ella modifica ni abandona su vida social ni familiar. Acepta su compañía casi permanente, porque siente por él un afecto amistoso y, quizá también porque su prometido se encuentra de viaje. Pero no manifiesta en ningún momento un sentimiento ni siquiera parecido, a pesar de que él cree lo contrario: “No, no me engañaba. Leo en sus ojos negros el sincero interés que tiene por mí y mi suerte…”. La confusión del interés con el amor evidencia que lo que Werther lee en los ojos de la joven, lo lee mal.
Esta mirada de Carlota modifica incluso la percepción que él tiene de sí mismo: “…cómo me estimo y me adoro a mí mismo desde que ella me ama…”. Este enaltecimiento propio va acompañado de una nueva afirmación que permite presentir la posibilidad de su caída: “Yo no reconozco de ningún modo al hombre que temía encontrar en el corazón de Carlota y sin embargo, si sucede que ella llega a hablar de su futuro esposo con calor y con amor, yo me sentiría en aquel momento como el ambicioso que acaba de ser precipitado de la cumbre de las grandezas humanas…”.
A medida que su trato cotidiano con la muchacha se va profundizando, Werther comienza a vivir un proceso de anulación de sí mismo y de menosprecio de todo lo que no tenga que ver con ella: ”…es sagrada para mí…todo mal deseo desaparece hallándome en su presencia. Yo no sé nunca en dónde me hallo cuando me encuentro a su lado”, le dice a Wilhelm en la carta del 16 de julio, al mes exacto de haberla conocido. Y en la del 16 del mismo mes agrega: “¿Qué es el mundo cuando no hay amor? Es una linterna mágica, sin luz.”
La obsesión llega a tal extremo, que cuando no puede visitarla envía a su criado, para poder ver a la noche, a alguien a quien Carlota haya mirado en su lugar. El descentramiento es total. Abandona el dibujo afirmando que no tiene talento pero que no le importa, y también deja de lado la lectura.
Las cartas son de este tenor hasta que el 30 de julio escribe: “Ha llegado Alberto y yo me iré. Aún cuando fuera el mejor, el más digno de los hombres, aún cuando mereciese toda mi estimación y hasta mi respeto y veneración, no podría soportar el verle en posesión de tantas perfecciones”. En esta carta, la idea de posesión se repite en varias oportunidades. Se compara con Alberto, a quien dice respetar. No puede evitarlo. Pero a pesar de esa afirmación acerca de la necesidad de irse, en la misma carta afirma: “…me burlo mil veces, diez mil veces de esos seres apáticos que repiten que es preciso que me resigne…”
Desde que Alberto “ingresa” en la novela, su presencia se hace casi permanente junto a Carlota, es decir, cada vez que Werther la visita, ella está con su prometido en la mayoría de las oportunidades, y esto le provoca una euforia que hace que la misma carlota le pida: “…que no vuelvan a repetirse las escenas de ayer a la tarde. Verdaderamente causáis miedo con esos transportes de alegría.” También es a partir de este momento que empiezan a aparecer las alusiones al suicidio, a veces enmascaradas con el uso de la tercera persona, lo que les otorga una aparente impersonalidad, como en la carta del 8 de agosto:”¿Ves a ese desgraciado que se desmejora, que se extingue devorado insensiblemente por una lenta pero continua consunción? ¿Puedes tú exigir de él que no ponga fin a sus tormentos por medio de una puñalada? ¿El mal mismo que le devora, que le mina, no le quita sus fuerzas y el valor necesario para librarse de él por un medio violento?”
Hay un momento en el que se anticipa el desenlace de la novela y de la vida del personaje, y es cuando Werther le cuenta a Wilhelm lo que sucede cuando ve las dos pistolas que tiene Alberto, y que siempre están descargadas por prudencia. Mientras escucha a su rival amoroso hablar de los peligroso de las armas de fuego, expresa: “…se perdió en la explanación de su texto y yo concluí por no oír ni una palabra de su peroración; mi cabeza empezó a divagar y recorrer los espacios imaginarios y de repente apoyé la boca del cañón de una de las pistolas contra mi frente.
‘¡Horror!’ exclamó Alberto separando el arma ‘¿qué quiere decir esto?’ ‘No está cargada”, le respondí yo, ‘y aún cuando lo estuviera, ¿qué significa esto?’, añadió con impaciencia. ‘Yo no puedo alcanzar a comprender cómo un hombre puede llegar a perder el juicio hasta el extremo de levantarse él mismo la tapa de los sesos; sólo el pensar en esto me causa horror”.
A pesar de ese acto tan involuntario como elocuente, nadie advierte hasta qué punto Werther está cuestionando la importancia de su propia vida si no puede conseguir el amor de Carlota. Después de este episodio sus reflexiones serán cada vez más amargas y desesperanzadas: “…un tormento insoportable, un genio maléfico y cruel que me persigue a todas partes”. “Un velo funesto se ha corrido delante de mí. La escena en la que yo contemplaba la vida en su infinito vigor, ya no ofrece a mis ojos más que la sima sin fondo de la insaciable tumba”. “Me siento como asido por la garganta por la mano de un asesino…” afirma, en una impresionante metáfora de la angustia, en su carta del 30 de agosto.
El 10 de septiembre, convencido por Wilhelm, le anuncia que va a partir hacia otra ciudad para trabajar de asistente de un embajador, no volver a ver a Carlota e intentar olvidarla. En la segunda parte de la novela, las cartas de Werther hablan de una voluntad y un esfuerzo por soportar esta nueva situación, pero la mala relación con ese hombre para quien trabaja y acaso el hastío de la cotidianeidad, no hacen más que recordarle los buenos momentos pasados junto a la muchacha. En este momento, empieza a escribirle a ella directamente y estas cartas no hacen más que confirmar su abatimiento: “La savia vital que corría por mis venas, que ponía mi vida en movimiento, está inerte…”, le dice.
También le escribe al Alberto el 20 de febrero en respuesta a una carta enviada por éste para notificarlo de su casamiento con Carlota: “Te doy gracias, Alberto, de haberme engañado. Esperaba recibir noticia del día de vuestra unión y en ese día me había propuesto hacer desaparecer de la pared el retrato de Carlota y de sepultarlo debajo de otros papeles. ¡Ya estáis unidos y su imagen se halla, sin embargo, en el mismo sitio. Pues bien, que se quede allí.” Frente a la contundencia del casamiento que aleja de él a Carlota para siempre, las castas que siguen dejan en evidencia la profundidad de su obsesión y la imposibilidad de ocultar lo que siente. Tampoco le importa que el esposo lo sepa. Y vuelven a presentarse, cada vez con mayor insistencia las imágenes de la muerte y del suicidio. Inclusive las “naturaliza”, como el la carta del 16 de marzo, en la que dice: “ He oído hablar de una raza de caballos que cuando se sienten sofocados violentamente por una desenfrenada y larga carrera se abren una vena con sus propios colmillos para aliviar su respiración. Muchas veces me vienen también a mí ideas de abrirme las venas para procurarme y conquistar eterna libertad.”
El juego de Werther es explícito. Nadie quiere verlo, a nadie le conviene advertir la profundidad de su desesperación, no hay nadie que sea capaz de intentar impedir algo tan evidente. En cartas posteriores sigue diciendo que lo único que desea en la vida es acercarse a Carlota, aunque ella ya es una mujer casada. No le importa sólo su deseo, su amor (a qué negarlo), y su obsesión por la muchacha serán las que empujen la mano de ese hombre que, por el momento, lo único que empuña es la pluma con la que escribe y con la que expresa su pulsión de muerte, su desesperanza y su desesperación: “No, nunca más volveré a estar en mí mismo. Por todas partes adonde dirijo mis pasos aparece un fantasma que me arroja que me arroja de mi esfera” escribe a Wilhelm el 20 de noviembre.
La tercera parte de la novela, titulada “Del Editor al Lector”, introduce un elemento novedoso, que es el narrador en tercera persona, necesario quizá para anticipar la desgracia al lector y preparar su ánimo para afrontar el suicidio del protagonista. Esta ruptura con lo epistolar sirve además para conocer los sentimientos de Alberto y de Carlota hacia Werther: lo consideran un amigo, pero está claro que conocen la naturaleza de su perturbación. Incluso Alberto le pide a su esposa que lo aleje de la casa: “Las gentes empiezan a notarlo y yo sé que se ha hablado ya de ello”.
Las cartas de Werther que el editor “transcribe” en esta parte de la novela dan cuenta de su desesperanza final y “su disgusto por la vida”, como el mismo editor comenta.
Werther vuelve a encontrarse con el joven labrador empleado de la viuda del que hablaba a Wilhelm aún antes de conocer a Carlota. El joven ha asesinado a la mujer. Cuando se entera de esto, reflexiona en que: “el amor y la fidelidad se habían cambiado en furor y asesinato”. Y cuando habla con el labrador sobre lo sucedido, éste le dice: “Nadie la tendrá. Ella no tendrá a nadie”. Werther fantasea con la posibilidad de asesinar a Alberto, pero su situación no es comparable a la del labrador, ya que este trabajaba para la viuda, no era su amigo.
Werther realiza una última visita a Carlota, y lee (a pedido de la joven) un poema de Osián plagado de referencias a la muerte y de imágenes fúnebres. Esta visita termina con el único abrazo y los pocos besos que logra darle antes de que ella se encierre en su habitación y le dice que ya no volverán a verse más.
Ante la inevitabilidad de los hechos y después de expresar nuevamente su deseo de morir (incluso a ella en una carta), le pide prestadas sus pistolas a Alberto con la excusa inverosímil de que las necesita para un viaje. Es inexplicable (¿lo es?) que ante tantas manifestaciones explícitas de su deseo de suicidarse, éste se las facilite.
Carlota (por pedido de su esposo) es la encargada de limpiar las armas y de dárselas al criado que Werther envía a buscarlas. Esto da pie a la última carta que le escribe, y en la que, de alguna manera, la designa como una “acompañante” de esa decisión fatal: “Vienen de tus manos, tú les has limpiado el polvo y yo las beso mil veces porque tú las has tocado” (…) “tú misma, Carlota, me presentas el arma que va a darme la muerte, la muerte que yo desearía recibir, que recibo de tus manos.”
En ese momento final, tremendo y profundamente egoísta, Werther despide a Carlota acusándola indirectamente de lo inevitable de su suicidio. No puede (nunca pudo, ni desde la primera vez que la vio) entender o medir la diferencia entre sus sentimientos. Es imposible, por otra parte, pedirle a un personaje de profundas y explícitas características pasionales, que pueda medir o calcular algo relacionado nada menos que con el amor.
Como a todo suicida, le resulta imposible medir las consecuencias de ese acto final en el que acaba con su vida (la posible muerte de Carlota que se menciona al final de la novela). También es cierto que sobraron indicios y evidencias para no poner en sus manos el arma con el que se pega el tiro. Quizá sea una manera “elegante” de sacar del medio a un amante despechado y molesto. Quizá sea más importante que los vecinos hablen mal de lo que pueda suceder en el matrimonio de Alberto y Carlota.
Es probable. De todas maneras, y aunque Werther afirma hasta el cansancio que ya no tiene ganas de vivir, no hay nadie que se le acerque lo suficiente o que intente ayudarlo a vivir, con el mismo empeño que él pone en matarse. En el comienzo de la novela, Werther se nos presenta disfrutando de se soledad en un retiro buscado, elegido por él, y que lo predispone a la creación artística. No contaba con que en su camino se cruzaran el amor y la obsesión. Y en el cierre de la novela Werther reafirma su reivindicación de la soledad, pero esta vez, en el acto brutal, desesperado y definitivo de matarse.

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