Carta abierta de Omar Chabán – Buenos Aires, 28 de diciembre de 2005

Soy Omar Chabán. Estoy aterrorizado. No logro recuperarme de la tragedia y menos aún de las injustas acusaciones que pesan en mi contra. Me siento un agujero negro sin bordes ni fondo, cualquiera puede decir o hacer cualquier cosa conmigo y a nadie le importa. Si digo lo que siento, me acusan de no decir la verdad. Soy el único implicado en la causa que se disculpó públicamente a través de un obituario sin que nadie lo tomara en cuenta. No trato de defenderme acusando a los demás. Mi única defensa es la verdad. Sólo sé que mis culpas no son aquéllas de las cuales se me acusa y necesito defenderme de lo que me impide llegar al duelo profundo para poder curar esta herida incurable. Ruego que me tengan paciencia, voy a intentar explicar las dudas que perduran con respecto a mi accionar.

1. Se me acusa de no hablar. 
No he podido articular un pensamiento sólido por la profunda conmoción que me ha significado todo lo ocurrido. Además tengo la constante impresión de que nadie quiere escuchar lo que tengo para decir, sino que quieren escuchar lo que ellos (los jueces, los padres, la prensa) creen que tengo para decir. Parece que aun en tiempos cibernéticos, el mito supera la realidad. Espero que este escrito contribuya en algo a esclarecer estas cuestiones.

2. Se me acusa de haberme fugado. 
Nunca me fugué a ningún lado. Entré varias veces en el lugar hasta que no me lo permitieron más. Intenté sacar a la gente que pude, pero mi pie operado no me acompañó. Me sentí superado, devastado. El espanto pudo más que yo. Cuando vi todo perdido no supe más qué hacer. El estado de angustia general era caótico. Sucumbí.

3. Se me acusa de no haber tomado los suficientes recaudos para evitar esta tragedia. 
En primer término quiero dejar en claro que jamás imaginé que algo así pudiera ocurrir. Mi constante preocupación por el uso de pirotecnia en lugares cerrados no respondió a otra cosa que al más elemental sentido común. Si hablé en forma exacerbada al respecto del peligro de esta costumbre, sólo fue para prevenir de manera obsesiva sobre los riesgos obvios que esto implica. Pero mi advertencia se circunscribía a las bengalas, pirotecnia de corto alcance, que ya me parecían lo suficientemente peligrosas. No logro entender cómo a estas tres personas que yo vi se les ocurrió prender candelas, que son unos artefactos que miden 45 cm y tiran 30 bolas incandescentes a una distancia considerable en el exterior, y ellos las tiraron en un lugar cerrado lleno de gente. Nadie lo impidió. Yo los vi y corté el sonido inmediatamente, antes de que se corte la luz, si no hubiéramos muerto todos. 
Sobre la supuesta puerta de emergencia, hay en el lugar una puerta lateral que sirve de paso entre el hotel y el espacio para espectáculos. No era la puerta de emergencia. No conducía a una salida, sino a otro lugar cerrado: el hotel. No se puede habilitar una puerta que no conduce al exterior como puerta de emergencia. Los encargados del hotel no querían que esa puerta estuviera abierta para evitar problemas con el paso descontrolado de individuos de un lugar a otro. Las puertas de emergencia tanto como las puertas principales estaban todas abiertas, si no por un simple cálculo no hubiera podido salir toda la gente que salió. 
La habilitación del lugar no estaba a mi nombre y data del año 1997. Yo entré a trabajar en el lugar en abril del 2004 y en forma discontinua. Sabía que había funcionado allí El Reventón por varios años, por ese motivo no pensé que el lugar estaba mal habilitado, me parecía seguro y bien organizado como espacio, tenía todo lo que yo con mi experiencia en Cemento pensaba que un lugar tenía que tener. 
En las habilitaciones de «local de baile clase C», que es la que corresponde a este tipo de lugares, no había prescripciones sobre la capacidad y la cantidad de gente. Recién ahora, después de Cromagnon, se permite un máximo de tres personas por metro cuadrado. Cromagnon tiene un plano de 1470 m cubiertos. La cantidad de gente esa noche no excede la permitida hoy en día. 
Sobre los paneles acústicos: al trabajar en el ámbito de la música, una de mis principales preocupaciones como organizador siempre fue el sonido. Tanto por la acústica como por el aislamiento sonoro, busqué un material que no tuviera riesgos, en este caso, busqué un material «ignífugo». Mal podía imaginar que ese material vendido como ignífugo, tenía tan sólo sustancias retardantes o era del tipo autoextinguible como me vengo a enterar ahora, y que la combustión producida a altas temperaturas libera ese gas letal, llamado ácido cianhídrico. Las personas murieron por la inhalación del ácido cianhídrico, según lo certificaron los análisis posteriores. Acabo de enterarme que ahora han prohibido el uso de ese material en discotecas y lugares para recitales.

4. Me acusan de tener empresas off shore. 
Siempre fui independiente. Mis únicas actividades laborales fueron Café Einstein, Cemento y República Cromagnon. No tengo ninguna vinculación con los dueños del espacio de República Cromagnon, ni con los dueños de la habilitación, más que la de organizar recitales.

5. Me acusan de ser codicioso. 
Sacando cuentas en el tiempo, los grupos siempre se llevaron más plata que yo, 70% a 30% para mí, de lo que tenía que deducir los gastos. Las entradas eran las más baratas del medio, y he realizado el mayor número de recitales en beneficio del país, para todo tipo de entidades.

6. Me acusan de estrago doloso seguido de muerte. 
Creo sinceramente que cubrí todos los riesgos por mí previsibles. Hubo controles en el ingreso y en el recinto por parte de la seguridad de Callejeros, así como la prohibición expresa por mi parte del uso de pirotecnia. Todos los espectáculos multitudinarios siempre conllevan riesgos. Estampidas, peleas, incendios, desmayos, aplastamientos, daños materiales, etcétera. Estaba preparado para resolver cualquiera de esos problemas. La Cruz Roja estaba en el lugar, preventivamente. Los extinguidores eran los reglamentarios, las puertas de entrada y emergencia eran amplias, la cantidad de gente no era más de la que hay en cualquier espectáculo de esa clase. El desastre se produjo apenas empezado el show y todo sucedió de forma imprevista y rápida. 
No hubo dolo ni intención de mi parte para provocar esta tragedia, y tampoco por parte de Callejeros, porque nadie quiso que mueran la madre y la novia de los integrantes de la banda, ni que mis familiares, amigos y personal que hace mucho trabajaba conmigo, hayan terminado algunos de ellos con problemas de salud como consecuencia de la inhalación tóxica. 
Cumpliéndose un año de este trágico accidente, quiero expresar una vez más el profundo e irreparable dolor que siento por todo lo sucedido y conmemorar junto a todos los damnificados esta horrible tragedia.

Publicada en el diario Clarín de Buenos Aires el 28 de diciembre de 2005

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