De Montoneros – 9 de febrero de 1971

Al general Juan Domingo Perón

Como hemos hecho en oportunidades anteriores, aprovechamos la comunicación que con usted tienen los compañeros del Movimiento, para hacerle llegar nuestras inquietudes con respecto al proceso revolucionario del pueblo argentino. Es nuestra intención y deseo poder comunicarnos personalmente con usted y lo haremos tan pronto como sea posible. Hasta tanto nos vemos obligados a recurrir a la colaboración de los compañeros, a quienes estamos profundamente agradecidos. Deseamos hacerle conocer algunas consideraciones nuestras sobre hechos claves que determinan los pasos a dar por el Movimiento, tanto en el futuro inmediato, es decir tácticamente, como en el futuro a largo plazo, es decir, dentro de la concepción estratégica. 1. En primer lugar, creemos necesario explicar las serias y coherentes razones que nos movieron a detener, juzgar y ejecutar a Pedro Eugenio Aramburu. Es innecesario explayarse sobre los cargos históricos que pesaban sobre él: traición a la patria y a su pueblo. Esto sólo bastaba para ejecutar una sentencia que el pueblo ya había dictaminado. Pero además había otras razones que hacían necesaria esta ejecución. La razón fundamental era el rol de válvula de escape que este señor pretendía jugar como carta de recambio con el sistema. Sabemos en qué iba a terminar esta jugarreta, porque ya hemos presenciado jugarretas similares desde 1955 hasta para acá. Los gorilas se piensan que se puede engañar a un pueblo con sucesivas expectativas que al final se ven frustradas; pero se equivocan porque no se puede engañar a un pueblo educado en una doctrina que le es propia; no nos engañan a nosotros. Por eso es que cuando ellos se preparan a fingir un cambio en el sistema, porque a dictadura torpe y descarada ya no la aguanta nadie, nosotros, como en el ajedrez, les comemos la pieza clave para arruinarles la maniobra y obligarles a jugar improvisadamente. Los resultados han sido claros, el sistema no puede fingir demasiado cuando es tocado en su fibra íntima. Así, Levingston, que pretende devolver a la función presidencial una imagen popular (absolutamente nula en su predecesor) se desnuda en el bombo oficial por el sepelio de Aramburu. Al pueblo le queda claro que el sistema es siempre el mismo cualquiera sea la fachada que presente. Porque con salarios congelados o cono aumentos controlados, el salario real es cada vez menor y el capital internacional cada vez mayor. Por todo esto es que a diario cosechamos, en el apoyo popular creciente, los frutos de este ajusticiamiento histórico. Nos preocupan algunas versiones que hemos recogido, según las cuales nosotros con este hecho hemos estropeado sus planes políticos inmediatos. De más está decir que no está en nuestros propósitos entorpecer la conducción de conjunto que usted realiza para la mejor marcha del Movimiento en su totalidad. Desgraciadamente, además, nuestros actos apuntan a señalar la única estrategia que consideramos correcta, sin tener en general, vinculación táctica con otros sectores del Movimiento. Creemos que no sólo para nosotros, sino para el Movimiento entero, es necesaria su palabra esclarecedora acerca de esta hipotética contradicción entre sus planes y nuestro accionar. 2. Otro hecho de singular importancia es la ejecución de Alonso. Este hecho fue protagonizado por un comando denominado «Montonero Maza». Este comando utiliza el nombre de nuestra organización y el apellido de nuestro primer compañero muerto en combate; no obstante no pertenece a nuestra organización e ignoramos quiénes lo componen. Lo cierto es que el pueblo nos adjudicó la autoría del hecho jubilosamente. El pueblo peronista vio entonces en nosotros a los ejecutores de aquéllos que «si los dirigentes no se ponen a la cabeza, adelante con la cabeza de los dirigentes». Si bien nosotros creemos que nuestra tarea fundamental no consiste en cortarle la cabeza a los burócratas traidores, porque la dinámica que nosotros mismos imponemos a la guerra los obligará a sumarse o a quedar marginados de la historia, sabemos también que es tarea nuestra en la medida en que ellos mismos lo hagan necesario. Es por eso que ante el hecho consumado, y vista la satisfacción popular respecto de él, consideramos necesario convalidarlo con el silencio, aceptando de ese modo la autoría que el pueblo nos atribuía. Como bien dice usted, General, medimos el acierto o el desacierto de una conducción por los resultados que produce. Y aquí los resultados son claros. Fábrica que llegamos para tomar contacto con los compañeros, fábrica en la que se nos pide más cabezas de traidores. No pensamos cortar cabezas porque sí; pero hoy el que piensa transfuguear lo piensa dos veces, y el pueblo confía más en nosotros que en ellos. Hemos observado, General, que usted no ha hecho condenas públicas respecto a la ejecución de Alonso, lo cual significa de algún modo convalidar la acción, pero también sobre este hecho han circulado versiones que indicarían que nuevamente un hecho nuestro o convalidado por nosotros se opone a sus planes tácticos inmediatos. Conociendo las razones que nos han hecho proceder de esta manera, desearíamos que usted nos diera su opinión al respecto. 3. Otro punto sobre el que queremos hacerle llegar nuestras consideraciones es sobre el papel y las posibilidades del ejército. A diario podemos observar en el mundo entero hechos que nos certifican que ésta es la hora de los pueblos. Así vemos en nuestra Latinoamérica gobiernos populares surgidos de revoluciones militares protagonizadas por los ejércitos regulares de estas naciones hermanas, sin lugar a dudas, el caso que más interés ha concitado es el peruano. Y así se ha creado, aparentemente, como opción de la hora del pueblo argentino, una revolución a la peruana, es decir, un golpe militar nacional-populista que con manos férreas llevará adelante la revolución que la hora actual reclama. Ahora bien, nosotros pensamos que esto no es posible en la Argentina , por la sencilla razón de que ya se ha dado, y es precisamente la revolución justicialista con sus diez años de gobierno nacional y popular. Y la historia no se repite. Esto que hoy se da en Perú, lo ha hecho usted en nuestro país hace veinticinco años. Y es justamente por esa diferencia de veinticinco años que el nuestro es el pueblo de mayor política de Sudamérica. Pero creemos que no sólo por esto es imposible, sino también porque sabemos que el ejército de hoy no es el mismo de hace veinticinco años. Hoy el ejército argentino, sus oficiales, están vendidos y subordinados a los dólares yanquis, y no son más que el sostén armado de la oligarquía aliada al imperialismo. No obstante, algunos compañeros del Movimiento confían esperanzados en que «algún sector» del ejército tome el poder y, haciéndose acompañar por el pueblo, salve al país. Nosotros pensamos que dicho «sector» no existe. Que lo único que puede ofrecer este ejército es su sector desarrollista, y los argentinos ya hemos sufrido en carne propia los efectos de esta política, que en última instancia consiste en cambiar algo para que no cambie nada. Lo que sí existen son expresiones individuales, sobre todo a nivel de oficialidad joven, y el compañero Licastro es un exponente de ello. Pero estas expresiones tienen dos limitaciones: en primer lugar, y fundamentalmente, son individuales; en segundo lugar, por su escasa jerarquía carecen de peso suficiente. Además, si bien se puede circunstancialmente confundir al pueblo, sabemos que no se lo puede engañar. Y nuestro pueblo que conoce su doctrina y lucha por una patria libre, justa y soberana, sabe que no se puede pedirle peras al olmo. Por eso es que no puede llamarse a engaño con este ejército al que ha visto sumarse a la contrarrevolución del ’55, al que ha visto fusilar a los generales del pueblo, el que lo ha reprimido tanto en sus movilizaciones como en el Cordobazo, el que le anuló legítimos triunfos electorales, y el que lo frustró definitivamente con la llamada «Revolución Argentina». 4. Otra aparente opción para la hora del pueblo argentino es la salida electoral. Esta perspectiva se ve alimentada por el triunfo de Salvador Allende en Chile. La salida electoral hay que analizarla desde dos puntos de vista: por un lado el del régimen; por otro, el del pueblo. El sistema ha cometido la torpeza de desenmascararse comprometiendo a su ejército en esta farsa llamada «Revolución Argentina», y que a esta altura del partido ha demostrado rotundamente su fracaso. En más de cuatro años de gobierno lo único que ha conseguido es empobrecer al trabajador y descapitalizar el país, dando carta libre al capital internacional que, en general, no trabaja por amor al arte. Fue como escupir al cielo, porque arruinaron a todo el mundo, políticamente no crearon nada nuevo, y entonces lo que consiguieron fue enfurecer al pueblo, hartarlo. Así es como el sistema busca entonces abrir una válvula de escape, engañar al pueblo entregando algunos tránsfugas al estilo de Luco. Como no es suficiente porque además el peronismo ha engendrado organizaciones armadas y temen que éste se transforme en el movimiento armado peronista, buscan desesperadamente la salida electoral que sirva a la vez de escape y para sacarse de encima esa pelota de fuego que les quema entre las manos y con la que ya no saben qué hacer. Ahora bien, los más lúcidos se dan cuenta que de todos modos la única manera de frenar al pueblo es producir un mínimo desarrollo. Esto exige hacer retroceder al capital internacional a ajustarse el cinturón para poder ahorrar divisas, lo cual es imposible sin la fuerza que da el consenso político popular. De ahí la maniobra de tratar de crear el partido de la Revolución Argentina incorporando al peronismo en ella. Logrado esto, entonces sí elecciones. Claro que de todos modos sabemos que esto ya no es posible. Sintetizando: la salida electoral es para el régimen la única salida que les permite durar algún tiempo más sin que el pueblo estalle definitivamente. Veamos qué le ofrece al pueblo la perspectiva electoral, ya sabemos por la cuantiosa experiencia acumulada que no nos ofrece nada; es decir, mientras el enemigo siga manteniendo en sus manos los resortes fundamentales de la economía y el poder de las armas, a nosotros no nos significará ninguna garantía ganar una elección, porque no hay duda de que la ganamos, pero tampoco hay duda de que no van a tolerar un gobierno justicialista, porque justicialismo es socialismo nacional, y éste al capital no le agrada pues va en contra de sus intereses. Precisamente por esto es que no podemos considerar en nuestra estrategia la toma del poder por el camino de las urnas; porque inexorablemente la conseguiremos, pero irremediablemente la perderemos, y entonces estamos siempre en la misma; o sea que considerar las elecciones como camino estratégico para la toma del poder es inoperante y por lo tanto incorrecto. Sin embargo, nuestra experiencia también nos indica que este continuo juego de elecciones fraudulentas seguidas de golpes gorilas sólo tienen un perjudicado: el sistema, porque lo desgasta. De este modo, acosarlo para que dé elecciones en las que inexorablemente tendrá que proscribir, anularlas o dar un cuartelazo, es en definitiva acorralarlo continuamente hasta dejarle sin margen de maniobra. Esto es tácticamente correcto. Y lo es también estratégicamente en el sentido de que, a la larga, termina por destruir la esfera política del poder del sistema. Lo incorrecto es creer que esta maniobra es un fin en sí misma, o sea, que las elecciones sean el camino apto para el retorno del justicialismo al poder. Dentro de estas consideraciones, vemos nosotros como tácticamente acertado el último pacto firmado por el justicialismo, llamado precisamente » La Hora del Pueblo», porque no sólo le quita al enemigo el caudal de votos peronistas, sino también los votos radicales. Ahora bien, para llevar adelante este paso táctico, el compañero Paladino plantea como opciones estratégicamente equivalentes, el camino electoral y el camino revolucionario por la vía armada. Esto, como hemos visto, es incorrecto. Lo que en realidad parece suceder, es que se utiliza la opción revolucionaria armada, es decir nosotros, como factor de presión para reforzar el golpe táctico, o sea las elecciones. Esto puede que sea tácticamente útil, aunque abrigamos algunas dudas. Sobre lo que no abrigamos dudas es sobre la necesidad de mantenernos como opción estratégica, y por lo tanto la absoluta imposibilidad de subordinar nuestro accionar a una opción táctica. En síntesis, no interferiremos al ala política del Movimiento, en tanto » La Hora del Pueblo» es una maniobra útil y por lo tanto, tácticamente acertada, pero nos mantendremos en la actividad señalando la vía armada como único método estratégicamente correcto para tomar el poder, y creemos que sería conveniente, en consecuencia, que los distintos frentes del Movimiento no interfirieran la presentación de la vía armada como una opción estratégica 5. Bien, hemos visto la eficacia de nuestro método de lucha para golpear al régimen con la ejecución de Aramburu, el descreimiento popular sobre el sindicalismo como herramienta capaz de conducir un proceso revolucionario, la imposibilidad de que el ejército pueda generar un proceso de liberación nacional y la insuficiencia del camino electoral para tomar el poder. En fin, hemos querido expresarle en estas consideraciones, dichas aquí un poco a vuelo de pájaro, lo que en realidad constituye nuestra teoría, es decir, un análisis tempo-espacial de la realidad argentina hecho a la luz de la doctrina justicialista. Tenemos clara una doctrina y clara una teoría de la cual extraemos como conclusión una estrategia también clara: el único camino posible para que el pueblo tome el poder e instaure el socialismo nacional, es la guerra revolucionaria total, nacional y prolongada, que tiene como eje fundamental y motor al peronismo. El método a seguir es la guerra de guerrillas urbana y rural. Esto no es un capricho, es una necesidad: a carencia de potencia recurrimos a la movilidad; en fin, no es nada nuevo pero no por ello deja de ser eficaz. Lo cierto es que no somos un tiro al aire. No somos ni tantos ni tan pocos, pero no estamos para hacer mucho ruido y ofrecer pocas nueces. La concepción es clara y la decisión total, como lo prueban nuestros compañeros muertos en combate y los muertos en la trinchera de enfrente. Es para nosotros de fundamental importancia conocer sus opiniones sobre estas consideraciones. Usted ordenará si su respuesta debe hacerse pública o si es de carácter confidencial y secreto. Tenemos entendido que el compañero portador de la presente se va a entrevistar con usted en más de una oportunidad. Naturalmente, tenemos en él la máxima confianza y pensamos que él mismo puede ser el canal para hacernos llegar su carta. General, sus muchachos peronistas saben que ésta es la hora del pueblo argentino. Sabemos que sobre nosotros, su juventud peronista, recae el peso de la responsabilidad y que no tenemos derecho a recostarnos en nadie. No lo defraudaremos.

Perón o Muerte! Viva la Patria !

MONTONEROS

Publicada en ar.geocities.com

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