De Norberto a Elba, Tandil, 16 de diciembre de 1960

Dic. 16- 1960
Elba:

Esta vez sí que he demorado en responderte! Antes que excusarme por esto que pareciera una descortesía -y lo es, nomás- me gustaría responderte y responderme a algunas preguntas.
Termina el año 60 y aunque el almanaque no tiene ninguna importancia (salvo a fin de mes, en los días de pago), uno no puede sustraerse a la necesidad de hacer un balance, de dedicar uno de los frecuentes insomnios a meditar sobre personas, hechos y cosas que conforman nuestra vida. Yo, por lo visto, tengo -es irremediable- la mala costumbre de ser muy analítico. No es novedad.
Quiero hablar de la parábola que describe nuestra amistad.
Evidentemente, y como sucede en todos los órdenes, hemos quemado la euforia del principio. Yo, en especial, que siempre he sido muy desaprensivo, me sorprendí de pronto siendo fiel -a mi manera- a una mujer a quien veía muy de tanto en tanto y a quien, en todos los momentos, me sentí atado por lazos que escapaban a los comunes entre dos personas jóvenes de distinto sexo.
Por supuesto, nuestra amistad no pudo ser sino parcialmente manifestada. Mi relación con ELG tiene la permanencia de lo puro, de lo que se ha elaborado invirtiendo lo mejor de cada uno. Estoy orgulloso de ella. Pero aún hoy, a mucho rato de nuestro primer encuentro, encuentro, analizando, que nuestro objetivo ha sido tan ideal (la amistad por la amistad misma) que cuesta atraparlo del todo y reconocerlo como de utilidad cotidiana. El tiempo ha hecho además que sobrevenga, en mí sobretodo, una suerte de malsano acostumbramiento y una relajación que hace irreprimible el enfrentamiento con el «y ahora qué?».
Nosotros, cada uno por su lado, sigue su marcha y se topa con situaciones que «degradan» (no sé si es la palabra) el sutil engranaje de nuestra amistad. Muchas veces, en muchas cartas, te he manifestado que esta armónica inconducencia que los dos hemos idealizado, nos llevaría inevitablemente a una encrucijada difícil porque, quieras que no, cualquier incursión de esta índole hiere nuestra sensibilidad afectiva. Yo, por desgracia, soy un tipo demasiado desapasionado y no corría por eso grandes riesgos. Pero no era lógico admitir que tu naturaleza, por ejemplo, fuera la misma.
Vos me preguntás si quiero seguir sosteniendo esta conversación epistolar. No sé… Estoy «acostumbrado» a escribirte y me gusta mucho hacerlo. Pero desde nuestra primera carta ha corrido demasiado agua por debajo del puente y la distancia y las circunstancias me han obligado a sentirte realmente lejos. Imaginarás que he conocido a muchas chicas en el interín y eso me ha ido llevando a considerarme inmerecedor de esto otro. En los últimos tiempos, en que mi vida se ha hecho más intensa, he prescindido completamente del cuidado, del abrigo que merecía lo nuestro. No me avergüenzo por retribuirte mal, sino sencillamente por ser desleal (yo) a algo que, como nuestra relación, merece todo mi respeto. Estoy seguro que jamás me sucederá nada parecido.
Espero que vos seas así de sincera conmigo, aunque sea como «prostrer» homenaje.
Últimamente me veo bastante a menudo con Lydia (con quien escribí un libreto para la televisión); vamos al cine, charlamos, nos leemos nuestras cosas. A su lado me siento particularmente cómodo. Ante estos «imponderables», ELG, a centenares de kilómetros, no puede competir.
Vos dirás, Elba, si con estas confidencias y con mi comportamiento he mancillado lo que nosotros venimos alentando desde «el fondo de nuestros días».
Creo haber contestado a tu pregunta. En tu carta decís que considerarías «lógico que alguna vez desearas terminar con estas charlas.» No es precisamente eso. Es por lo que la charla y los prolongados silencios implican.
Y bien; dejemos de ser tan solemnes. Sea lo que fuere, creo que siempre tendré ganas de participarte de mis novedades. Aquí van algunas:
Todavía no he terminado de pasar a máquina -nuevamente- mi cuento «Galletitas para el gerente». Comencé a hacer copias con la esperanza de participar en un concurso que organizan en Cuba (mil dólares al primero), pero la verdad es que yo no intervendré porque exigen un mínimo de cinco cuentos -ya te lo dije- y no he tenido tiempo de actualizar uno. No sabes cómo es de absorbente el trabajo de la editorial.
La semana pasada entrevisté al jefe del Servicio Meteorológico Nacional para hacer una nota sobre el clima; ahora estamos preparando una nueva sección en base a reportajes. Estoy, además, convertido en una rata de biblioteca, tomando apuntes para una y otra cosa que, al final, se pierden en el fárrago de palabras que componen cada artículo. Los artículos van firmados por sus autores, pero la asesoría de la revista es permanente. Hay que dar ideas, buscar documentación, preparar las entrevistas. Días pasados recorrimos la calle Corrientes, metiéndonos en mil lugares, para hacer, en el suplemento en color, una nota sobre el Buenos Aires nocturno.
El suplemento en color va a ser incorporado desde el número que saldrá el próximo martes, con carácter permanente. La revista creo que aumentará a 14 pesos.
He ido a ver una película genial: «El séptimo sello», de Ingmar Bergman. (Y a propósito; te gustó el reportaje en el último Vea y Lea? Se titulaba «No es un hombre, es el diablo».) Los críticos dicen que es la mejor película estrenada en 1960. Yo creo que no se equivocan. Por favor, no dejes de verla.
Estoy ultimando los trámites previos para irme en carnaval a Río. Haremos desde allá una nota sobre el carnaval carioca. Si no pasa nada raro creo que esta vez no me falla.
Mucho deseo que no te haya fracasado tu posibilidad de ir a Venezuela. Hacé todo lo posible para que resulte. No me digas que te da un «miedo bárbaro» porque estoy seguro que después te vas a arrepentir «bárbaramente». Espero que me mandes una postal desde Rubio y que yo pueda «retrucarte» con otra de Copacabana.
Estoy escribiendo un cuento policial. He leído «El desperfecto», una novela de Durrenmatt y «En la zona», cuentos de Juan J. Saer (santafesino). Ahora me entretengo (no da para más) con «La odisea de G. Pinfold», de Evelyn Waugh.
Saluda a tu madre y a tu hermana. Estoy tentado de desearte «felices fiestas».
Norberto

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