De Sor Mariana Alcoforado al marquéz Noel Bouton de Chamilly – carta tercera

¿Qué será de mí? ¿Qué es lo que esperáis de mi persona? Me encuentro muy distante de todo aquello que había previsto. Esperaba que me escribierais desde todos los rincones en los que os encontrarais y que vuestras cartas serían extensas. Albergaba en mí la idea de que mantuvierais vivo el fuego de mi pasión, alimentándolo con la esperanza de volver a veros; de que una completa confianza en vuestra fidelidad me concedería una especie de reposo y de que, a pesar de ello, residiría en un estado bastante soportable donde no habría lugar para sufrimientos extremos. Incluso, había pensado en la posibilidad de llevar a cabo algunos nimios proyectos para acometer todos los esfuerzos que mi pobre ser fuera capaz para intentar curarme, siempre y cuando pudiera estar absolutamente segura de que me habríais olvidado plenamente. Vuestro alejamiento, algunos actos de devoción, el temor a arruinar por completo el resto de mi salud por tantos desvelos y tantas inquietudes, el hecho de que aparentemente no regresareis, la frialdad de vuestra Pasión, vuestra partida, basada en muy pobres pretextos, e infinidad de otras razones de gran peso y, por lo tanto, inútiles de recordar, parecían asegurarme un socorro lo suficientemente fiable en el caso de que considerase necesario recurrir a ellas. Entonces sólo me quedaría combatir conmigo misma, aunque no podría desafiar a todas mis debilidades ni sentir todos los sufrimientos que padezco hoy. Pero desgraciadamente soy digna de compasión porque no puedo compartir con vos mi infortunio y me encuentro sola con mi desgracia. Este pensamiento me mata, y al mismo tiempo estoy muriendo de espanto porque jamás fuisteis lo suficientemente sensible a todos nuestros placeres. Sí, ahora soy consciente de la mala fe que os guió en todos vuestros gestos. Me traicionasteis todas las veces que me dijisteis que os sentíais feliz de estar a solas conmigo. Mis inoportunidades sólo son debidas a vuestras atenciones y a vuestra forma de embelesarme. Llevasteis a cabo fríamente vuestro propósito de inflamar mi pecho, contemplando satisfecho mi Pasión como una victoria en la que vuestro corazón no sufrió ningún rasguño. ¿No sois tal vez vos el desgraciado? ¿Acaso vuestra persona carecía de la suficiente delicadeza y no supo por ello disfrutar más que de este modo de mis arrebatos? ¿Cómo es posible que con tanto amor no pude haceros todo lo feliz que debiera? Por vuestro amor sólo lamento los infinitos placeres que os perdisteis, aunque puede ser que en realidad, no quisierais gozar de ellos. ¡Ay si los conocierais! Sabríais que son superiores al placer de haber abusado de mí. Habríais sentido una mayor felicidad y tocado algo que sólo se puede alcanzar y que es más profundo cuando se ama violentamente que cuando se es amado. No soy consciente de lo que sé, ni de lo que soy, ni tampoco de mis actos y menos de lo que deseo. Tengo el alma desgarrada por centenares de pensamientos contradictorios. ¿Es posible imaginarse un estado tan deplorable? Os amo locamente y os guardo en tanta estima que no puedo osar siquiera desear que os encontréis preso de la misma agitación que me arrebata. Creo que llegaría a quitarme la vida, o quizá a morir de dolor sin llegar a la muerte, si estuviera segura de que en vuestra vida no existiera el reposo, de que en ella reinara tan sólo el desconcierto y la agitación, que no cesarais de llorar y de que todo se os presentara insoportable. Si no puedo cargar con mis propios sufrimientos, ¿cómo podría soportar el dolor que me producirían los vuestros, mil veces más hirientes que los míos propios? A pesar de ello, no puedo evitar desear que penséis en mí. Si he de seros sincera, os diré que me atormentan unos enormes celos de todo aquello que os proporciona la felicidad, que os conmueve el corazón y vuestro deseo allá en Francia. No encuentro una razón que me justifique esta carta ya que con ella sólo haré surgir piedad para conmigo y no deseo en absoluto vuestra compasión. No siento más que despecho contra mí misma cuando pienso en todo aquello que os he sacrificado. He perdido mi reputación, me he expuesto a la ira de mis padres, a la severidad de las leyes de este País contra las Religiosas, y a vuestra ingratitud, que se me presenta como el mayor mal de todos. Pero, sin embargo, presiento que mis remordimientos no son verdaderos, que por vuestro amor debería de haber corrido los mayores peligros, y que además albergo un placer funesto por haber arriesgado mi vida y mi felicidad. ¿Acaso debí eludir el poner a vuestra disposición todo lo que poseo de preciado? ¿Acaso no me encuentro satisfecha por haber actuado como lo hice? Mis sentimientos por vuestra persona llegan hasta tal extremo que no me siento lo suficientemente satisfecha ni con mis sufrimientos, ni con el exceso de amor, ya que no me permiten, ¡ay qué gran desgracia!, enorgullecerme adecuadamente para sentirme pagada de vos. Mal que pese sigo viviendo, infeliz de mí, y actúo del mismo modo tanto para conservar mi vida como para perderla. ¡Ay cómo muero de vergüenza! ¿Puede que tal vez mi desesperación no se refleje más que en mis cartas? Si os amara tanto como ya os lo he relatado mil veces ¿no debería de estar muerta hace ya tiempo? Parece que os hubiera engañado, entonces seríais vos quien deberíais estar enfadado conmigo. Si es así, ¿por qué no os enojáis conmigo? Os he visto partir y no puedo consolarme con que no volváis a mí, y sin embargo sigo respirando. Os he traicionado, os pido humildemente perdón y sin embargo ruego que no me concedáis este don. ¡Tratadme severamente! ¿No juzgáis que mis sentimientos son demasiado violentos? ¡Os ruego que no os dejéis aplacar por mis súplicas! ¿Seriáis capaz de mandarme que muriese de amor por vos? Porque si fuera así, os conjuro para que me facilitéis este socorro, para que pueda superar la debilidad de mi sexo y para que acaben todas mis irresoluciones por una verdadera desesperanza. Estoy segura de que un trágico final os obligaría sin duda a pensar a menudo en mí, que mi memoria os sería querida y que, seguramente, os conmovería una muerte extraordinaria porque, ¿no vale para vos más una muerte que el estado al que me habéis recluido? Adiós, desearía no haberos conocido nunca. ¡Ay cómo siento tan profunda en mí la falsedad de este sentimiento! ya que en el momento en el que os escribo estas líneas, puedo aseguraros que prefiero mil veces padecer esta existencia desgraciada amándoos que el no haberos conocido nunca. No concedo a mi destino ni tan siquiera el alivio de poder asirse a cualquier murmullo porque vos no habéis querido hacerlo mejor. Adiós, prometedme que sentiréis dulcemente mi pérdida si muero de dolor y que al menos el fuego de mi pasión os otorgará el desprecio y el alejamiento de todas las cosas. Este consuelo me será suficiente y si es necesario que os abandone para siempre, desearía no dejaros en brazos de otra. ¿Acaso no os conduciríais de forma cruel si os sirvierais de mi desesperación para convertiros en una persona más amable y para datos cuenta de que fuisteis la causa de la mayor Pasión del mundo? Adiós una vez más. Os escribo estas cartas demasiado extensas sin teneros en consideración por lo que os suplico vuestro perdón y oso esperar de vos que concedáis la indulgencia a esta pobre insensata, que antes no lo era, como bien sabéis, pero eso fue antes de que ella os amara. Adiós. Tengo la impresión de que os hablo en demasía del insoportable estado en el que me encuentro. No obstante, os agradezco desde el fondo de mi corazón desesperado que seáis vos la causa, ya que detesto la tranquilidad en la que me encontraba antes de conoceros. Adiós, mi Pasión aumenta con cada instante que pasa. ¡Ah, cuántas cosas me quedan por contaros!

Publicado en Mariana Alcoforado, Cartas de amor de la monja portuguesa, Buenos Aires, Ediciones Obelisco, 2001.

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