Ese dulce mal, Patricia Highsmith

Madrid, Alianza, 1982


Toda la novela podr ía resumirse en una respuesta que le hace Dave a su amigo Wes: “No sabría cómo explicártelo”. Y es así, La Situación, como él mismo la llama, no es explicable ni para el amigo ni para el lector. David Kelsey está enamorado de Annabelle y sabe que será su esposa de un momento a otro, aunque Annabelle esté recién casada pero con otro, aunque Annabelle haya dado a luz un pequeño monstruo, aunque Annabelle ni siquiera se haya fijado en Dave.
“La vida era extraña, muy extraña, pero David Kelsey tenía la total convicción de que para él las cosas acabarían saliendo a las mil maravillas”, dice el narrador en la cola del primer capitulillo. Dave, mientras tanto, se inventa una segunda vida, una vida de fin de semana en una casa alejada donde se viste con otro nombre para compartir con el fantasma de ella una vida plena. Por supuesto, también hay muerte.

Sólo después de ducharse distraídamente por segunda vez aquella noche, después de las doce, algo que podría recibir el nombre de idea empezó a formarse en su cerebro: era posible que Annabelle creyera lo que decía. Si no, ¿cómo explicar el tono de sinceridad y de seriedad que se advertía en su voz? Annabelle no mentía. En cuyo caso, la situación requería una mayor dosis de persuasión por su parte, una mayor capacidad para convencerla, y David no había perdido en absoluto la fe en que eso se podía hacer mediante cartas.
Pero aquella noche se sintió tan agotado como si hubiese ido y vuelto de Hartford a pie, o como si le hubiesen aporreado hasta faltarle las fuerzas para seguir de pie, y el deseo de escribirle en seguida otra carta a Annabelle era también muy débil, tan débil como la idea que se le había ocurrido, y que, después de todo, podía no ser correcta. Quizá mañana fuera capaz de pensar con más claridad.
Ya de madrugada, empezaron a caer de nuevo copos de nieve, como billones de blancas y silenciosas lágrimas.

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