París, 12 de octubre de 1967

París, 12 de octubre, 1967

Mis queridas:


Ayer vino a buscarme una rubia alta, con aire de pájaro de laguna o de empuñadura de paraguas, y me llevó a una casa de la rue Jacob, donde me esperaban las personas que querían conocerme. No bien salí del coche pisé un excremento de perro. Rengueando seguí a la mujer, subimos una frágil y empinada escalera de madera y una vez arriba volvimos a bajar: no era ésa la casa. En la entrada nos encontramos con el cineasta Marker: un don Quijote de buen color y sonriente, de cabeza rapada, camisa con el cuello abierto y pantalones de una suerte de gabardina, como los de la casa Eduardo. Aseguró que la casa de Dolores generalmente estaba en el fondo. Entramos en un jardín frondoso y descuidado, con enormes nogales, en el centro de la manzana. Subimos por otra escalera de madera. Abrió la puerta Dolores: morena, de ojos brillantes, de actitud animosa, idéntica a la manicura de la peluquería Los oficiales de Mar del Plata. Ex mujer de un señor que corta diamantes, ex mujer del príncipe Rúspoli, judía, francesa, madre de dos chicas de unos dieciocho y veinte años ahí presentes, cineasta, autora de libretos para cinematógrafo y televisión, autora de un «corto» premiado con no sé qué gran premio. Las dos hijas: una linda, grandes senos, polleras cortísimas, fotógrafa; la otra rubia, de pelo largo, con risas que se ocultan bajo las manos y el pelo, primero por vergüenza, después por coquetería, con una belleza por instantes mayor que la de la hermana. Un joven tímido, borroso, que sonreía como un monigote olvidado. Un joven, viejo para casi todo el mundo, de color pardo aceituna, de rasgos gruesos, especialista en meteoritos, colaborador de Dolores en libretos y folletines. De La invención de Morel Dolores dijo: «El más hermoso relato que se ha escrito.» Marker: «Antes de leerlo, pensaba que la pregunta ‘¿Qué diez libros llevaría usted a una isla desierta?’ era estúpida; ahora sé que llevaría La invención de Morel.» Beatriz (la chica rubia): «Antes de concluir la lectura dejé el libro porque estaba demasiado abrumada. Era la experiencia más importante de mi vida.» Todos me dieron a entender que para ellos el libro había sido una experiencia importante. Restando cuanto hubiese de amistosa y «literaria» exageración, el resultado de sus afirmaciones no podía ser otro que admiración por mi libro. Se describían como fanáticos, miembros de una sociedad de elegidos que dividían al género humano en dos grupos: el de quienes leyeron La invención y el de quienes no la leyeron. Mi situación no era fácil. Pienso que una vida dedicada a prepararse para situaciones como ésa me hubiera sido necesaria para no mostrarme tonto, falsamente modesto, crasamente pedestre, etcétera. La comida, con sus alarmas, me distraía de la preocupación de no parecer demasiado estúpido. Comí salmón ahumado sobre tostadas con manteca, zanahoria cruda, alcauciles, apio (!) y por fin ñoquis de papa nadando en manteca, una manzana y café. El último film de Marker se estrenará el miércoles que viene, en una fábrica de Besançon: trata del Vietnam. 
Volví a casa perdón, al hotel con un estado de espíritu que participaba de la alegría y de la pesadumbre. Había oído lo mejor que un escritor puede oír sobre su obra y me sentía molesto. Parecería que el destino atempera sus dones con un infalible toque de mezquindad. Me trajo a casa el hombre de ciencia, el estudioso de las piedras que caen del cielo. Contó que una muchacha rusa de 27 años, doctora en física, le pidió que fuera a Leningrado para Navidad, porque su hermana (de la rusa) iba a dar exámenes para pasar a cuarto año de física el año próximo, y, si la aprobaban, ya no le permitirían salir nunca de Rusia. La rusa de París quiere que el estudioso de las piedras viaje a Rusia, se case con su hermana y, a los quince días, vuelva. La otra, casada con un francés, a los seis meses podrá venir a Francia. La rusa de Francia espera que el casamiento de los otros dos no concluya en un rápido divorcio. 
Todos estos admiradores del escritor argentino que ustedes saben, no conocen a Cortázar, también argentino, admirable escritor, afín políticamente. 
En los Deux Magots tomé una Coca-Cola con un escritor egipcio cuya alma vaga, escéptica, chambona y fracasada me recordaba al pobre G. Me explicaba que yo, en mi Caracas natal, soñaba con las maravillas de París; él, por su parte, que siempre había vivido aquí, me aseguraba que todas esas maravillas eran merde. Cuando no lo contradije se incomodó. 
Después de una noche con mis admiradores franceses, la nostalgia por Buenos Aires aumenta. 
Las quiero.

A.


Publicada en En viaje, Buenos Aires, Norma, 1996

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