¿Quién conoce a Greta Garbo?, Norma Huidobro

Buenos Aires, Norma, 2000

Por Lorenzo Corbetto

Claro que se podría dudar de la identidad del emisor de una carta aunque ésta esté firmada. Pero mucho mayor si ni siquiera la impostura mentirosa es lo que se intenta, y se deja la carta anónima, sin la rúbrica que dice, al menos, hacerse cargo de lo que dice. El contenido de la carta está íntimamente ligado con aquel que la firma. ¿Y si no? 
Greta Casares, una adolescente de 14 años, se encontraba en el ensayo de la obra de su padre cuando él le pidió que fuese a buscar uno de los vestuarios al guardarropa. Le llamó la atención cuando le dijeron el nombre de la actriz, ya que no la conocía: Verónica.
De una percha colgaba un chal blanco de lana. Cuando Greta quiso retirarlo, un sobre cayó.Al levantarlo, sintió cómo este sobre se le ofrecía, estaba abierto para su lectura, bastaba con abrir la solapa para enterarse de su secreto: era una carta de amor, con una rosa.
«Verónica, vida mía, quiero verte. Ya no puedo seguir viviendo así. No soporto tu indiferencia. Por favor, no me obligues a cometer una locura», decía la carta que no estaba firmada. Parecía una simple e inocente carta de amor, y Greta creyó que la oración final era sólo una forma de llamar la atención. Días después, Verónica aparece asesinada. Y a quien detienen por este crimen es a quien era su pareja en el momento de la muerte, Eduardo Márquez.
El sobrino de Eduardo, Damián, cree fervientemente que su tío es inocente. Y quiere probarlo.
Un día recibe una llamada de Greta, que le dice que posee un dato sobre Verónica que quizá podría esclarecer el asunto. Este dato es el de la carta que leyó, pero que no volvió a encontrar en el armario, como si alguien la hubiese retirado.
La carta, esa misma inocente carta de amor ya no parecía serlo tanto, contenía algún dato inconfesable quizá para aquel anónimo que la escribió. 

Situación por demás difícil, como bien hizo notar el abogado. De todos modos, tanto Damián como el resto de la familia creían ciegamente en la inocencia del tío Eduardo. Pero, claro, eso no era suficiente para que lo dejaran en libertad. Había que encontrar al verdadero asesino. Y ahora aparecía la historia esta de la carta, pero sin carta. “¿Será de confiar Greta Garbo?”, se preguntó Damián. “A veces, las chicas son muy dadas a inventar historias…”

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