20 de mayo de 1915

Alojaba yo cuando iba a Coquimbo en una casa que era los altos de la que él ocupaba.
Esta noche de que voy a hablarle salía la familia a la playa. Temiendo verlo allí, yo no quise ir. Yo sabía que él estaba de novio y evitaba su encuentro. Lo quería todavía y tenía temor de que me leyera en los ojos (él, que tanto sabía de ellos) ese amor que era una vergüenza.
Desde el comedor de la casa se veía el patio de la suya. Me puse a mirar hacia abajo. Había luna. Vi el sirviente que traía de adentro unas ropas que pensé serían de él- de su patrón-; después le oí gritar: «Ya me voy, patrón». Comprendí que el patrón no había salido. Me senté y seguí mirando y oyendo. ¡Lo que vi y lo que escuché! 
La novia había venido a verlo y por evitar, quizás, la presencia del amigo con quien compartía la pieza, salió con ella al patio. Por otra parte, talvez la luna los llamaba afuera. Trajo para ella un sillón; él se sentó en un banquillo. Recostaba la cabeza en las rodillas de ella. Hablaban poco,  o bien era que hablaban bajo. Se miraban y se besaban.  Se acribillaban a besos. La cabeza de él -mi cabeza de cinco años antes- recibía una lluvia de esa boca ardiente. Él la besaba menos, pero la oprimía fuertemente contra sí. Se había sentado sobre el brazo del sillón y la tenía ahora sobre su pecho. (El pecho suyo, sobre el que yo nunca descansé.)  
Yo miraba todo eso, Manuel. La luz era escasa y mis ojos se abrían como para recoger todo eso y reventar los globos. Los ojos me ardían, respiraba apenas; un frío muy grande me iba tomando. Se besaron, se oprimieron, se estrujaron, dos horas. Empezó a nublarse y cuando una nube cubrió la luna,  ya no vi más y esto fue lo más horrible. No pudiendo ver, imaginaba lo que pasaría lo que pasaría allí, entre esos dos seres que se movían en un círculo de fuego. Yo había visto en ella temblores de histérica; él era un hombre frío, pero claro es que era de carne y hueso. 
No pude más. Había que hacer que supieran que alguien los veía de arriba. ¿Gritar? No; habría sido una grosería. Despedace flores de las macetas de arriba y se las eché desmenuzadas sobre lo que yo adivinaba que eras sus cuerpos. Un cuchicheo y después la huida precipitada. 
¿Ha vivido usted, Manuel, unas dos horas de esa especie? Vea Ud.  lo que pasó al otro día. Iba yo a embarcarme para la Serena, cuando al salir me encontré con él. Como otras veces, traté de huirle. Me alcanzó y me dijo: Lucila por favor, óigame. Tenía una mancha violeta alrededor de los ojos: Yo otra un poco roja.  La de él, pensé yo, es de lujuria: la mía era la de llanto de toda la noche. Lucila, me dijo, mi vida de hoy es algo tan sucio que Ud. si la conociera no le tendría ni compasión. Quizás quería contarme todo; pero, yo no le contesté, no le inquirí de nada.  Lucila, le han dicho que me caso. Va Ud. a ver cómo va a ser mi casamiento; lo va a saber luego. 
¿Qué pasaba en ese hombre a quien faltaban diez o quince días para unirse a aquella a quien, a juzgar por lo que yo oí, quería? ¿Qué alianzas son estas, Manuel?  Ella queriéndolo y explotándolo hasta hacer robar; él hablándome de su vida destrozada, a raíz de esa noche de amor, con algo de náusea en los gestos y en la voz. Esas son las alianzas de la carne. A la carne confían el encargo de estrecharlos para siempre y la carne que no puede sino disgregar, les echa todo y los aparta, llenos ambos de repugnancia invencible. Siguió hablándome y acabó por decirme que en mi próximo viaje (que era en fecha fija) me iba a ir a esperar a la estación. No pudo ir, se mató 15 días después. 
Le he contado esto para que crea usted que puede decírseme todo. Yo estoy segura de que no podré sufrir jamás lo que en esa noche de pesadilla. Estoy hecha para esto, para que se quieran a mi vista, para que yo oiga el chasquido de sus besos y les derrame jazmines sobre sus abrazos de fuego.  Aquel en 1909; hoy cualquier otro… 
¿Lo estoy ofendiendo, Manuel? Perdóneme, en mérito de que le evito el relato fatigoso de lo que su carta ha hecho en mí. Los seres buenos se hacen mejores con el dolor; los malos nos hacemos peores. Así yo. Perdóneme.

Su L.

Publicada en Gabriela Mistral, Cartas de amor y desamor, Santiago de Chile, editorial Andrés Bello, 1999.Selección y recopilación de Sergio Fernández Larraín.


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